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La identidad nacional bien entendida

Santiago Kovadloff

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LA NACION
Domingo 15 de mayo de 2005

No todo en el pensamiento político argentino es repetición, encubrimiento y senilidad. A veces la oposición genera ideas, promueve hechos fructíferos; a veces, también, lo hace el oficialismo. En el caso que motiva estas líneas, el mérito corresponde al oficialismo. Se ha sabido en estos días que de los miles y miles de científicos y técnicos que más o menos recientemente han abandonado el país en busca de mejores horizontes, son unos doscientos, entre ellos, los que han vuelto a optar por la Argentina. Alentados por los planes de reinserción que promueve el Ministerio de Educación a través del Conicet y la Secretaría de Ciencia y Técnica, parte de esos dos centenares de personas ya ha regresado y parte está por hacerlo. Vienen dispuestas a sumarse al despliegue del proyecto más ambicioso, aunque muy en ciernes todavía, que puede concebir hoy la Argentina: la inscripción gradual y progresiva del país en la sociedad del conocimiento.

Caractericemos someramente esa sociedad. Es la que ha consumado el tránsito desde el trato dominante con las materias primas al trato predominante con la materia gris. Ello significa que no explota ante todo los recursos que la naturaleza le provee, sino que se libera de las imposiciones de la naturaleza y decide qué se debe producir. Invierte, así, una relación de fuerzas milenaria. Funda un orden laboral inédito y un campo gnoseológico insospechado. No se atiene servilmente a la realidad, la crea. Origina lo virtual y da vida a lo inexistente. Lleva a cabo un nuevo programa genesíaco. Hace del hombre un ser más libre al permitirle trascender lo meramente disponible. Dando forma a lo inconcebido, el hombre se convierte en demiurgo. El milagro de la creación no deja de interrogarlo. Pero ahora es él quien participa en la producción de ese milagro.

Por supuesto: esta formidable expansión entraña riesgos de toda índole. Para advertirlos y aun para prevenirlos allí está la filosofía. Es tarea de la filosofía, en el marco de esta radical transformación de lo real, señalar y exigir las indispensables relaciones de interdependencia que la búsqueda de poder y eficacia debe entablar con la ética. Sin sentido humanista, el progreso objetivo puede convertirse en un recurso aniquilador de la subjetividad. Esto es, por lo demás, algo que ya ha empezado a ocurrir en buena parte de las naciones abusivamente concebidas como desarrolladas.

Dicho esto, no puede caber la menor duda: hay que ponerse en marcha en dirección a lo nuevo. Los riesgos que resultan del atraso ya los hemos corrido y los estamos corriendo, y sus consecuencias nos han devastado. Una de ellas ha sido justamente el éxodo de científicos y técnicos; ese despilfarro de conocimiento y experiencia que, desde hace décadas, nos priva de futuro. Decidirse a reincorporar, al menos en parte, a quienes se fueron, así como impedir que se vayan quienes todavía se sienten tentados de hacerlo, equivale a entender por dónde pasa hoy el afianzamiento de la identidad nacional en lo que hace al progreso. Argentina puede producir ciencia y técnica. La mejor prueba de ello es que son compatriotas nuestros los que, sabiendo hacerlo, se han ido de aquí. Convocarlos al regreso sólo tiene sentido si se aspira a rehacer el país que los expulsó. ¿Se trata de eso? ¿Estamos ante un lapsus del Estado espectral o ante el saludable indicio de una conciencia política que, a los tropezones, va aprendiendo a pensar desde el porvenir? Ya lo sabremos. Un paso fructífero ha sido dado y se lo debe celebrar. Si el Gobierno sabrá privilegiar lo que ese paso implica derrotando la afición a lo retrógrado, es cosa que se ha de ver. Lo indudable es que no se podrá conciliar el desarrollo con el atraso tenaz en que vivimos. No hay demagogia capaz de lograrlo. Habrá, en consecuencia, que optar. El tiempo dirá si la lucidez venció a la retórica.

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