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Gao Xingjiang: "Hay que resistirse al peso de las ideologías"

La visión del Premio Nobel chino

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LA NACION
Miércoles 18 de mayo de 2005

PARIS.– En su país, su nombre está borrado del mapa. Prohibido. Gao Xingjiang, primer premio Nobel de Literatura en la historia de China, no puede ser mencionado. No figura en la prensa ni en los manuales escolares. En 2000, cuando recibió el preciado galardón, sus 1300 millones de compatriotas no se enteraron: los órganos de propaganda del Partido Comunista bloquearon la información.

El hombre frágil, vestido como siempre de negro, que recibe a LA NACION en su departamento de París –donde vive desde que se refugió aquí, en 1989–, nació en 1940 en la provincia de Jiangxi, en el sur de China. La educación que recibió en sus primeros nueve años de vida –hasta que los comunistas llegaron al poder, en 1949– tuvo una influencia decisiva en el resto de su existencia. Niño superdotado y curioso, criado en el seno de una familia liberal que lo puso en contacto con el arte, Gao, en la gran tradición de los artistas chinos, lo experimentó todo: estudió francés en la universidad para poder leer a los clásicos occidentales, pintó y escribió poesía, novela, ensayo y teatro.

Durante la Revolución Cultural, sus primeras obras lo convirtieron en blanco de la campaña oficial contra la "polución espiritual". Acusado de nihilismo por los guardias rojos de Mao, custodios del realismo revolucionario, fue deportado a un campo de reeducación por cinco años.

"Hay que ser impermeable a las autoridades, a las corrientes", afirma el escritor Gao Xingjiang
"Hay que ser impermeable a las autoridades, a las corrientes", afirma el escritor Gao Xingjiang. Foto: Leonardo Antoniadis

Rehabilitado en 1975 y destinado al teatro popular en 1982, sus piezas fueron nuevamente prohibidas. Gao (su nombre se pronuncia "Kao") comenzó entonces un largo viaje por el sur de China, que lo inspiró para escribir el libro que le abriría las puertas del premio Nobel: "La montaña del alma".

Poco después de la matanza de la plaza Tiananmen, de Pekín, en junio de 1989, Gao renunció al Partido Comunista y se instaló en Francia, donde obtuvo la naturalización en 1998. Desde entonces, sus obras están prohibidas en China, donde es considerado persona no grata.

En su discurso ante la Academia de Estocolmo, en diciembre de 2000, Gao acusó al régimen comunista de intento de asesinato de la cultura china. ¿Cómo interpretar de otra manera la gran empresa maoísta de aniquilación de intelectuales, a quienes Mao consideraba "apestosos de novena categoría"? La decisión lunática que tomó en los años 70 de deportar a todos los intelectuales simplemente porque eran intelectuales afectó a unos 20 millones de personas.

Observándolo -apenas recuperado de dos graves operaciones de carótida, que lo han obligado a permanecer casi recluido-, conociendo su vida de padecimientos y privaciones, es imposible dejar de preguntarse cuál es la fuerza que le permitió soportar esa vida, que fue "más infecta que un pantano, más real que un infierno imaginado, más aterradora que el Ultimo Juicio".

-Según su traductor al francés, Noël Dutrait, no bien conocida la atribución del Nobel, el presidente chino Jiang Zemin anunció que el país tenía cinco prioridades ideológicas. Entre ellas, enumeró la lucha contra los 110 mártires canonizados por Juan Pablo II y contra usted.

-Es posible. En todo caso, yo soy palabra prohibida en China. Es como si no existiera. Recientemente, en mi país se publicó un folleto que presenta a todos los premios Nobel de Literatura desde su creación. Por increíble que parezca, la lista pasa directamente de 1999 a 2001, para no mencionar mi nombre.

-Es paradójico: en China lo acusaron, entre otras cosas, de "modernista". Hoy, esas "desviaciones" han dejado de ser consideradas como tales, pero usted sigue proscripto.

-Es cierto. Se me acusó de modernista por mi estilo, inspirado por Samuel Beckett y Marguerite Duras. En la actualidad, Marguerite Duras es traducida y publicada en China, al igual que Beckett.

-¿Qué es usted antes que nada: escritor, pintor, dramaturgo...?

-Quizás habría que decir pintor, porque comencé a pintar antes que a escribir. Tenía menos de ocho años. Era un niño enfermizo y, como los demás me dejaban de lado, me divertía solo: leía, escribía, pintaba. Nací en una familia atípica, liberal y privilegiada. Antes de que Mao llegara al poder, mi padre trabajaba en un banco y podía comprarme pintura al óleo, que era muy cara en China. Ese fue el método que utilicé hasta que, durante mi primer viaje a Europa como intérprete oficial del régimen, en 1978, descubrí las obras de arte occidentales en el Museo del Louvre, en París, y en la Galería de los Oficios, en Florencia. Quedé desalentado. ¿Qué otra cosa se podía inventar aún en pintura? Fue entonces cuando decidí buscar otra vía.

-Así llegó a la tinta china.

-Pero no a la sempiterna caligrafía. En la caligrafía no existe la luz, mientras que en la pintura, la luz y la sombra son elementos fundamentales.

-¿Por qué, entonces, no se dedicó de lleno a la pintura?

-Lo hice hasta que, a la hora de entrar en la universidad, atravesé mi primera crisis. ¿Qué hacer? ¿Estudiar pintura, literatura, ciencias o hacer teatro? Todo se decidió rápidamente: para ser actor, había que medir más de un metro setenta, y yo soy mucho más pequeño. Al mismo tiempo, mi madre se negó terminantemente a que fuera pintor. Para ella, los pintores eran gente miserable que se muere de hambre. Terminé por escoger literatura francesa, aunque seguí pintando sólo para mí. Y ésa fue, en realidad, la actividad que siempre evitó que me muriera de hambre: cada vez que pasé por un momento difícil, la venta de algún cuadro resolvió el problema.

-¿Cuándo comenzó a escribir?

-También de pequeño. Mi madre, que era actriz de teatro, me pidió que escribiera un diario íntimo. Lo hacía todos los días como parte de mis deberes. Lo seguí hasta terminar mis estudios universitarios: tomaba notas de mis lecturas, mis fantasmas, mis proyectos de piezas de teatro, de los ensayos filosóficos que leía. Esa necesidad sigue formando parte de mi vida. Pero durante la Revolución Cultural quemé todo. No quedó nada.

-¿Cuándo descubrió la literatura occidental?

-También en la infancia. En casa leía los cuentos de Grimm y de Andersen traducidos al chino, y también novelas de aventuras en inglés. Descubrí la literatura francesa en el secundario: Maupassant, Balzac, Zola, Anatole France. Como la literatura moderna no estaba autorizada en China, no era traducida. Por eso decidí aprender francés. Quería saber lo que se escribía fuera de mi país.

-¿Y fue en la universidad donde descubrió la represión practicada por el régimen?

-La vida del campus estaba controlada por la Juventud Comunista, que alentaba a los estudiantes a denunciar a sus camaradas. ¡Cuántas veces fui denunciado por alguna de mis novias! Cuando se está en pareja, en la intimidad, uno se confía fácilmente. En esas ocasiones yo evocaba libremente mis pensamientos, mis ideas. Ellas se asustaban y hacían un informe al responsable del campus. Pronto aprendí la importancia de permanecer aislado.

-Una vez que obtuvo su diploma fue incorporado al grupo de traductores oficiales en Pekín.

-Sí. Y mientras tanto había comenzado a escribir seriamente, a escondidas, en mi departamento. Había que tener mucho cuidado: los guardias rojos inspeccionaban todo en busca de manuscritos. Cuando los terminaba, los quemaba. Así transformé en cenizas varios kilos de manuscritos. Pero aun sabiendo que destruiría todo, tenía que escribir: era necesario expresar mi pensamiento; era una forma de reconocimiento de mí mismo.

-Sin embargo, en 1970 lo enviaron a un laogai, un campo de trabajo.

-También a mi familia. Mi padre pasó allí tres años y murió poco después de salir. Mi madre no soportó la experiencia y se suicidó... Cuando se entra allí, uno tiene la certeza de que permanecerá hasta la muerte. Después de recuperar la libertad, fui destinado al Teatro Popular de Pekín. Mi independencia no duró demasiado: una de mis primeras obras fue acusada de modernista. Fue entonces cuando inicié esa serie de viajes al interior de mi país, que me inspiró más tarde para escribir "La montaña del alma".

-¿Qué es, para usted, un escritor?

-Lo que llamamos "escritor" es sólo un individuo que se expresa a través de la escritura. Los demás pueden escucharlo o no; leerlo o no. El escritor no es un héroe que lucha en favor de un pueblo ni un ídolo a quien se podría adorar. Tampoco es un criminal o un enemigo del pueblo. Y si a veces tiene problemas a causa de sus obras, es sólo por culpa de terceros. Cuando el poder necesita fabricarse enemigos para distraer la atención del pueblo, el escritor se transforma en víctima expiatoria ideal. Hay algo peor aún: que el escritor que padece esos tormentos crea que ser víctima es una gloria.

-Si no hay ninguna responsabilidad política o ideológica de parte del autor, ¿cuál es la relación que existe entre el escritor y el lector?

-En realidad, las relaciones entre el escritor y el lector son sólo una suerte de lazo espiritual que se establece a través de una obra entre dos o más individuos que no tienen necesidad de verse ni de estar en contacto. No es un contrato. El autor no tiene la más mínima responsabilidad frente al lector. El lector tampoco debe ser demasiado exigente con el autor: leer o no leer depende exclusivamente de su decisión.

-Usted suele decir que un escritor jamás debe expresarse como si fuera vocero del pueblo; que de esta forma, su voz es aún más auténtica.

-Detesto las actitudes colectivas que aplastan toda creatividad. Y no me refiero sólo a los regímenes totalitarios. El escritor debe ser antes que nada testigo de la naturaleza humana. Sólo debe responder al imperativo de la realidad. Esa búsqueda es su ética suprema. Un escritor debe esforzarse en expresarse sólo en su propio nombre. La literatura sólo tiene valor cuando hace oír la voz de un individuo. Cuando se vuelve oda a un país, estandarte de una nación, eco de un partido, vocera de una clase social o de un grupo, pierde su verdadera naturaleza, se transforma en objeto utilitario al servicio del poder y de intereses particulares. Todo escritor que pone el acento en una cultura nacional es sospechoso.

-¿Por eso dice usted que la literatura comprometida es una de las plagas del siglo XX?

-En realidad, ese tipo de literatura existió siempre, desde la antigüedad. Esa actitud ha sido la desgracia de la creación. La literatura no debe estar al servicio de un poder o de un sistema de valores. Siempre hubo escritores -Dante, por citar sólo uno- que se rebelaron contra ello. Es la independencia misma de la literatura la que le confiere su valor.

-Sin embargo, a juzgar por su dura crítica al régimen chino en 2000, cuando recibió su Nobel de Literatura, no se puede negar que usted tiene una actitud política bien definida.

-¿Conoce usted a alguien que no tenga ideas políticas? Esto no quiere decir que yo pertenezca a alguna escuela política. En 1981, cuando defendí un tipo de novela que no correspondía a las normas vigentes en China, me calificaron de modernista. En 1983, después de la prohibición de una de mis piezas de teatro en Pekín, me llamaron defensor del teatro del absurdo. Más tarde, en 1985, me alinearon entre aquellos que se dedicaban a la "búsqueda de las raíces". Y en 1990 me denunciaron simplemente como reaccionario. Cuando critiqué, en 2000, al régimen de mi país, lo hice en nombre de la literatura. La verdad es que sólo creo en un dogma: la literatura es un medio para salvarse a sí mismo. Si yo mismo no consigo cambiarme, ¿cómo podría tener la pretensión de cambiar a alguien más?

-Tanto en "Libro para un hombre solo", considerado su autobiografía, como en "El testimonio de la literatura", usted hace una auténtica declaración de guerra a todos los "ismos".

-No hay que dejarse enceguecer por las supersticiones. Hay que ser impermeable a las autoridades, a las corrientes; resistirse al peso de las ideologías. Yo llamo a eso escapar de los "ismos", lo que significa oponerse a cualquier dictadura, se llame ésta fascismo, comunismo, nacionalismo, racismo, integrismo. No ser portaestandarte ni lacayo. No ser esclavo de un "ismo" no es una cuestión de empirismo ni de relativismo ni de nihilismo, eclecticismo, anarquismo o pragmatismo: es un rechazo al aplastamiento del hombre como si fuera la última de las basuras.

-¿Usted se está refiriendo al estado actual de la literatura china?

-Desde hace casi un siglo, la literatura china fue azotada por políticas y éticas de todo tipo; sumergida en todo tipo de "ismos". El escritor sólo puede salvarse a sí mismo escapando lo más lejos posible de esas disputas interminables y oscuras. Sólo el escritor que consigue permanecer aislado de toda tendencia política puede ganar una libertad total. Por eso creo que el mejor sitio para un escritor es al margen de la sociedad, para poder observarla con calma y proceder a la introspección.

-¿Eso es lo que usted llama una "literatura fría"?

-Sí. La literatura, como actividad humana, no puede prescindir de dos cosas: leer y escribir, que son dos gestos libremente consentidos. Por eso la literatura no tiene ningún deber con las masas o con la sociedad. El juicio sobre lo verdadero o lo falso en un plano ético suele ser establecido después por los críticos, que se meten en todo. Pero esto no tiene nada que ver con el autor. Cuando la literatura ha recuperado esos valores intrínsecos, podría llamarse "literatura fría", para diferenciarla de aquella que es considerada "vehículo de la Gran Palabra", de esa que se ocupa de la política contemporánea, que se confunde con las cuestiones sociales o que busca el éxito. Asimismo, la "literatura fría" no tiene ningún interés para los medios de comunicación y tampoco suele atraer al gran público. Naturalmente, este tipo de literatura representa para el autor una mayor dificultad para publicar. En ese caso, se verá forzado a buscar otro medio de subsistencia.

-¿Por eso dice usted que la creación literaria es un lujo?

-Sí. Es una auténtica satisfacción del espíritu.

-¿Alguna vez volverá a China?

-Nunca. La página china pertenece al pasado. El régimen enterró esa China que yo adoraba. Pero puedo hallar mi país natal en todo momento; basta con evocarlo. Mi nostalgia no es geográfica, sino psíquica. Además, viajo con frecuencia a Hong Kong. Allí puedo recuperar muchas de las sensaciones perdidas a causa del destierro.

-¿Qué piensa de su país en este momento?

-No se puede negar que, en los últimos tiempos, se ha producido una cierta apertura. Sin embargo, políticamente, el régimen sigue siendo totalitario. En mi caso, es como si yo no existiera. No puedo ponerme en contacto con nadie, a riesgo de crearle graves problemas. Los periodistas que han osado citarme han sido echados en el acto. Tampoco tengo noticias de mi hermano, y mis padres -como sabe- murieron hace años.

-En "Libro de un hombre solo" hay una interpelación póstuma a Mao, con la que podríamos terminar esta entrevista...

-Allí escribo que se puede estrangular a un hombre, pero que, cualquiera sea su debilidad, no se puede estrangular su dignidad. La dignidad es la conciencia de la existencia. En ella radica la fuerza de los hombres indefensos. Si la conciencia de la existencia desaparece, la vida adquiere la forma de la muerte.

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