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Sólo la magia de Fliter

Domingo 22 de mayo de 2005
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Orquesta Sinfónica Nacional. Director: Pedro Ignacio Calderón. Solista: Ingrid Fliter, piano. Programa: Francisco Kröpfl: "Adagio in memoriam para orquesta de cuerdas"; Beethoven: Concierto Nº 5 para piano y orquesta, Op. 73 "El emperador"; Brahms: Sinfonía Nº 4 en mi menor, Op. 98. Auditorio de Belgrano.

Colmadísimo, el Auditorio de Belgrano presentaba un aspecto imponente para la apertura de la temporada regular de la Sinfónica Nacional. También resultaba muy atrayente observar que, para esta ocasión inaugural, se hubiera programado una obra de Francisco Kröpfl, compositor con una historia apoyada en mucho trabajo y con profusa y renombrada "descendencia" en la música contemporánea argentina. Sin embargo, los resultados musicales no fueron los que la circunstancia hubiera merecido. Más aún, si no hubieran estado Ingrid Fliter y su magia sobre el escenario, este concierto habría adolecido de una llamativa inercia.

"Adagio in memoriam" es una creación extraña dentro de la producción de Kröpfl, artista asociado, casi de modo automático, con la música electroacústica en la Argentina. Imbuido de un repentino amor por la estética y las propuestas expresivas del romanticismo tardío, Kröpfl escribió esta obra con Mahler y Berg en su alma, aunque con un lenguaje muy personal y, al mismo tiempo, un tanto contradictorio. Si los movimientos lentos de las obras de estos compositores se caracterizan por un vuelo melódico particular y admirable, el discurso de Kröpfl tiende mayormente a lo fragmentario, con sonidos que no se articulan en largos pensamientos horizontales sino en pequeños instantes, casi individuales, en texturas densas o más abiertas.

Ingrid Fliter, recibió un merecido aplauso
Ingrid Fliter, recibió un merecido aplauso. Foto: Soledad Aznarez

Por lo tanto, hubiera sido de desear que su realización hubiera tenido en cuenta esta peculiaridad -y muchas otras también- para lograr una concreción más feliz. Pero Calderón clavó sus ojos en la partitura a lo largo de toda la interpretación y sus movimientos, lanzados, en abstracto, hacia una orquesta a la que prácticamente no miró, sólo apuntaron a consensuar muy mínimamente los asuntos como para poder arribar al final sin contratiempos. Efectivamente así fue, aunque también sin ninguna emocionalidad especial.

El aplauso que continuó a "Adagio in memoriam" fue escaso y frío. En contraposición, estalló una muy sonora ovación para recibir a Ingrid Fliter. Según su modalidad acostumbrada, y muy poco atenida a los flemáticos convencionalismos de la música académica, Fliter irrumpió enérgica, sonriente e impetuosa. Batalló brevemente contra una banqueta, que insistía en no querer afirmarse; miró al director para confirmar que estaba lista a pesar del balanceo y ahí mismo arrancó con el concierto "El emperador". También, como siempre, lo que ofreció fue estupendo.

Su comienzo fue avasallante. Pero en contra de cierta manera de leer a Beethoven invariablemente fogoso, volcánico y heroico, Ingrid se paseó con musicalidad y arte por sus pasajes poéticos, indagó en detalles de infinita sutileza y todo fue vertido con precisión extrema, con infinitos toques diferentes y con mucha solvencia. Pero "El emperador" es un concierto y no una sonata, y quienes estaban para acompañarla en su aventura de fantasía musical estuvieron bastante alejados de sus búsquedas y sus resultados. La chatura, la falta de variantes y lo monocorde caracterizaron la producción orquestal.

Calderón, nuevamente conectado en exclusividad con la partitura -es extraño ver a un director que no da indicaciones y que ni siquiera mira a su solista- condujo a la orquesta por caminos de rutina. Así, se fueron consolidando las distancias entre las propuestas de excelencia alcanzadas por Fliter y la medianía de una orquesta que no estuvo a la altura de las circunstancias. Fuera de programa, y con una lectura muy original, Ingrid tocó el Preludio en La bemol mayor del Op. 28 de Chopin.

La segunda parte

En la segunda parte, Calderón dirigió de memoria la cuarta sinfonía de Brahms. Ahora sí, más expansivo en su gestualidad, con la vista sobre los músicos y estimulándolos con otras marcaciones diferentes de las únicamente metronómicas o dinámicas, presentó una interpretación correcta de la obra, muy amplia y sin adentrarse en los misterios y en los prodigios de Brahms.

Las texturas contrapuntísticas, los planos y los detalles que hacen de Brahms un compositor único y magistral quedaron sumidos en alguna penumbra dentro de una interpretación que apuntó, sencillamente, a lo general.

Pablo Kohan

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