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Opinión

 
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Martes 07 de junio de 2005 | Publicado en edición impresa

Pecados y vitudes del periodismo

Por Jorge Fernández Díaz | LA NACION

 
 
 

Este texto fue leído en una mesa redonda organizada por la Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas (Adepa) el 31 de marzo último. Se trató de un debate sobre los nuevos desafíos de la prensa. Consideramos oportuna su publicación al celebrarse, hoy, el Día del Periodista.

Los años noventa serán recordados, entre otras cosas, por el gran auge de los medios de comunicación. Las privatizaciones de los canales y de las radios y la explosión de la sociedad mediática multiplicaron por miles las voces del periodismo. La verdad se transformó en un gran negocio. Y el periodismo político fue la vedette del momento.

Confundido por el caos informativo y sin tiempo para entender tantas y tan diversas complejidades de este mundo hiperinformado, el público comienza a buscar referentes (periodistas o medios) en quienes delegar el trabajo. Busca comunicadores que lo representen ideológicamente (utilizando la palabra “ideología” en su sentido más amplio) y en quienes pueda confiar. Esos comunicadores deben hacer dos cosas fundamentales: seleccionar qué es lo verdaderamente importante y establecer qué se debe pensar sobre los temas centrales de la actualidad.

Este último punto no implica, por supuesto, una actitud pasiva por parte del receptor. Pero desnuda, sí, una tendencia creciente: el público no sólo compra información; compra también pensamiento. No tiene tiempo para pensar en profundidad si está bien o está mal abolir las listas sábana. Adopta, entonces, la opinión de sus delegados, los periodistas o medios que eligió previamente, quienes tienen el tiempo y el conocimiento para procesar los datos, formarse una opinión y transmitirla con eficacia.

Comienza, de este modo, la gran era de los periodistas referenciales. Y, con ellos, la democracia del contestador automático.

Por un lado, los ciudadanos empiezan a participar en los medios de opinión pública: lo hacen, principalmente, a través de las radios. Y, por otro, van generado como efecto no deseado el periodismo demagógico.

Expliquemos esto. Un periodista gráfico comienza a trabajar en radio. ¿Qué quiere? Contar la verdad y expresar su mirada sobre el mundo. Pero, digámoslo con sinceridad, sobre todo quiere tener éxito personal.

Conozco a algunos amigos que entraron en la radio con una idea política y salieron de la radio con otra. Uno de ellos el primer día hizo un comentario y recibió cincuenta llamadas castigándolo. Al día siguiente, lo llamaron otros cien oyentes para recriminarle. Al tercer día, empezó a morigerar su posición: sólo recibió veinte mensajes en contra, y dos a favor. Lentamente fue virando su posición y siendo complaciente con su audiencia y hubo un momento en el que recibió cincuenta llamadas a favor. Y siguió ese camino. Y se convirtió en un superperiodista, en un referente social y en un héroe de la democracia. Es decir, en un predicador electrónico y en un demagogo mediático.

Estos ejemplos son muy peligrosos. Se supone que los periodistas tenemos acceso privilegiado y cierta formación para entender los hechos. Si no decimos lo que tenemos que decir, sino lo que el público quiere escuchar, estamos practicando una especie de “clientelismo periodístico”. El cliente, en periodismo, no siempre tiene la razón.

Es el caso extremo de un médico. La cosa funcionaría así: un médico me dice que tengo que hacer un régimen estricto para bajar la presión arterial. Y otro médico me asegura que no es tan grave. Yo elijo la verdad que me conviene y sigo con mi vida. Pero resulta que un día tengo un pico de tensión y termino en terapia intensiva.

El periodismo político fue demagógico. Y se volvió maniqueo.

Todos eran héroes o villanos. Todo era blanco o negro. Los matices no entraban entre tanda y tanda.

La vida enseña que las cosas no son blancas y negras. Las cosas tienen la costumbre de ser desconsideradamente grises. La historia argentina demuestra que grandes canallas llevaron a cabo enormes actos heroicos. Y que grandes héroes cometieron también grandes canalladas. Pero la complejidad de la verdad era “densa” y no daba rating.

Otra mutación del periodismo político fue la que lo llevó a convertirse en simple periodismo policial. Esto respondió, en principio, a la judicialización de la política. Pero el fenómeno es mucho más complejo.

La corrupción se transformó, por esos años, en el gran tema central. Y seamos justos: el periodismo hizo aportes extraordinarios en esta materia. Investigó con rigor y con valentía y ayudó a oxigenar la política argentina. Hay innumerables ejemplos de periodistas rigurosos que han hecho aportes notables. Y hay muchos periodistas que fuimos perseguidos por contar la verdad en aquellos años calientes.

Sin embargo, de la sana costumbre de la investigación se pasó al “periodismo de denuncia”. Derribar ministros, diputados y concejales se convirtió en un deporte periodístico. Rendía en materia de rating y en circulación, era premiado, conllevaba un gran prestigio, y entonces todos quisieron hacer una muesca en su arma. “¿Cuántos políticos derribaste vos? ¿Cuatro? Yo, nueve”. Esa actitud bastardeó al periodismo de investigación. Y mucho tuvo que ver que la televisión se haya apropiado de su tecnología y de su modus operandi y que lo haya hecho, más allá de algunas excepciones, de manera frívola. Todos tenían en aquellos tiempos un “papelito”, es decir, un expediente de un político en un juzgado. Se arrojaba por la ventana a un juez a las ocho de la noche, se le ponía una cámara oculta a un fiscal a las nueve, se denunciaba a un ministro a las diez y se obligaba a renunciar a un funcionario a las once. Eso ocurría todos los días. Había un Watergate berreta cada sesenta minutos. En eso se había convertido el periodismo político. Tire al blanco, que no hay problema.

Admitamos este pecado: había gatillo fácil en la prensa argentina, y se produjeron verdaderos estropicios en nombre de la libertad de expresión.

No hay posibilidades humanas ni económicas de llevar a cabo investigaciones rigurosas a repetición. Luego, entre los jueces complacientes con el poder y el hecho de que las pruebas presentadas eran insustanciales o directamente equivocadas, se fue creando un clima de gran frustración. “Para qué voy a seguir viendo esos programas si al final todo termina en la nada”, decía la gente en las encuestas.

La denuncia hartó, fueron cayendo el rating y las tiradas y el público buscó otra cosa. Buscó comprender.

“Comprender” es el verbo que sucedió al verbo “denunciar”, y ahí el asunto no fue tan fácil. Ya no estaba en el poder el hombre que cargaba con todas las culpas. Llegaba al gobierno una coalición distinta en medio de una recesión profunda. Había que comprender qué habíamos hecho mal y qué nos esperaba.

“La verdad es que contra Menem estábamos mejor”, me dijo un colega en aquellos días, desesperado porque se había quedado sin brújula. Es que, preparados para rastrear corruptos, los periodistas tuvieron que vérselas con fenómenos mucho más complejos, para los que no habían sido formados. Tuvieron que mostrar los libros que habían leído, la ideología que tenían y el poder de análisis que eran capaces de desarrollar.

Pocos cazacorruptos pudieron con ese desafío. Que es el verdadero desafío del periodismo político. Pocos “corruptólogos” entienden de verdad la historia argentina. Es relativamente fácil encontrar un culpable; es dificilísimo entender la multicausalidad de un hecho histórico, de una tendencia social, de un malentendido político.

Luego llegó la gran debacle de 2001. Los medios, como las empresas en general, vieron de cerca el abismo. Y los periodistas también. Acobardados, al borde de la quiebra y la inanición, los medios se hicieron débiles y comenzaron a hablar en voz baja, y los periodistas tuvieron que lidiar con esa situación inédita. Es indudable que en ese período, en la medida en que se perdía calidad institucional, se perdía también independencia periodística. La verdad dejó de ser un gran negocio.

Sólo empresas fuertes garantizan independencia. Se trata de una ley muy vieja, pero sigue siendo verdadera y eficaz. La política hizo un crac y el periodismo trató de juntar los pedazos del piso. En eso estaba cuando llegó Néstor Kirchner.

Este año, usurpando el espacio dominical de Mariano Grondona, escribí una estampa de Kirchner. Allí decía textualmente: “Todas las mañanas, alrededor de las 8, el Presidente y su jefe de Gabinete se sientan a leer juntos los diarios nacionales y extranjeros. Es un ritual inquietante que suele durar una hora y que está lleno de comentarios feroces, párrafos recitados en voz alta, intercambio de elucubraciones, rabietas íntimas y nerviosas llamadas telefónicas para pedir a un funcionario una explicación o para darle a un ministro una reprimenda. Kirchner es temible cuando la realidad publicada lo contradice. Tiene una habilidad extraordinaria para detectar las fuentes anónimas echándole un solo vistazo a una nota y posee una extraña paranoia que convierte la casualidad, el error o el simple ejercicio de la verdad informativa en fantasiosas conspiraciones.

“Luego, durante el día, exigirá ser informado cada hora de lo que se escribe en las agencias noticiosas y de lo que se dice en la radio y en la televisión. Trabaja con el televisor encendido y pide estrategias para instalar tal o cual tema, o para bajarles línea a los periodistas, y exige que sus colaboradores llamen a los columnistas radiales o televisivos y les recriminen personalmente algún comentario o la puesta en el aire de determinada nota. Son llamadas persuasivas. El gobierno nacional es uno de los más importantes anunciantes de la Argentina y aplica premios y castigos con la publicidad oficial. La política mediática es la más eficiente política de Estado de la administración Kirchner.”

Aclaro, por las dudas, que luego de escribir esta nota el jefe de Gabinete tuvo la deferencia de no cerrarme las puertas de la Casa Rosada en la cara. Un extraño privilegio, en el contexto de una administración vengativa.

Las rabietas presidenciales con la prensa son por todos conocidas. Joaquín Morales Solá, José Claudio Escribano y el diario LA NACION han recibido andanadas verbales casi semanalmente durante los primeros meses del año.

Lo curioso es que el gobierno de Kirchner tiene la particularidad de saber enmendar algunos de sus errores. Cuando se equivocó en el acto de la ESMA, se enmendó. Cuando se fue de boca, se enmendó. En cada una de esas oportunidades las cosas sucedieron así:

* El periodismo le señalaba el error.

* Kirchner se enfurecía y atacaba al periodismo.

* Kirchner enmendaba el error.

* El periodismo se lo reconocía.

Y vuelta a empezar.

El periodismo está para señalar los errores, y el Gobierno para enmendarlos. Y el Presidente para ahorrarse esas rabietas, que tan mal le hacen al estrés público y privado.

Pero es innegable que la llegada de Kirchner a la Casa Rosada produjo cambios en el periodismo nacional. El Gobierno tiene para cada medio una pauta publicitaria, un negocio, un castigo. Divide entre amigos y enemigos y discrimina con la información. Otorga primicias oficiales a los que son complacientes y deja fuera de la información a los díscolos. Y a veces llama a un periodista progre que se atreve a la mínima crítica y le pregunta: “¿Por qué le estás haciendo el juego al neoliberalismo?”. Una curiosa imputación ideológica que yo no había oído en mis veinticinco años de trinchera periodística.

Toda esta política mediática provocó dilemas en la comunidad de prensa. Un periodismo progresista que atacaba a Menem y a las corporaciones políticas se encontró con un presidente que encarnaba su discurso y no pudo sustraerse a apoyarlo decididamente. Dejó así su célebre aunque discutible concepto de que el único periodismo era el periodismo crítico del poder. “Si la prensa no critica, hace propaganda”, decía ese mismo periodismo, que hoy dejó la crítica de lado para practicar un oficialismo militante.

Otro periodismo combativo, sin embargo, siguió siendo crítico, bajo la consigna de ser, como decía Cela, defensor del hombre común y fiscal del poder.

Se trata de dos doctrinas opuestas. Para dar dos ejemplos internacionales, mencionemos a El País de Madrid y a The Washington Post, dos de los mejores periódicos del mundo. El País acompañó el proceso socialista en España. Lo hizo en nombre de su honestidad intelectual. El espacio crítico que dejaba lo ocupó el diario El Mundo. Fue un costo bastante caro el que pagó El País, le nació un competidor temible, pero tuvo la lucidez de seguir haciendo un producto de gran profesionalismo y logró, a pesar de todo, mantener el espíritu crítico y el liderazgo.

The Washington Post tiene otra idea. Una vez, un editor argentino le preguntó a Katharine Graham, su legendaria editora, cuál era la línea de su prestigioso diario. Y ella respondió: la línea editorial consiste en criticar al gobierno de los Estados Unidos.

Confundido, el editor argentino le preguntó:

“–Sí, ¿pero a qué gobierno?

–Al gobierno de los Estados Unidos. Cualquiera sea”.

Criticar al poder, para Graham, es la manera de aceptar un rol indelegable del periodismo independiente.

Pero la era Kirchner también abrió otro debate periodístico entre quienes siguen defendiendo la fría objetividad de los hechos, es decir, la vieja escuela norteamericana, y quienes propugnan un periodismo ideológico, con fuerte toma de posición. El compromiso de los hechos frente al compromiso de las convicciones ideológicas. Digamos: entre Bob Woodward y Rodolfo Walsh. Entre Ben Bradlee y Domingo Faustino Sarmiento. Es un debate incipiente en la Argentina y, a la vez, es el más viejo debate del periodismo político.

Como sea, criticar al gobierno de Néstor Kirchner e investigarlo a fondo, es decir, practicar todas las formas del periodismo político, no es tarea fácil en la Argentina de hoy. A la cantidad de triquiñuelas que el Gobierno utiliza con la prensa se agregan episodios inéditos. Se podrían contar muchas anécdotas de esta administración. Pero contaré aquí una que es bastante simbólica. No voy a nombrar al funcionario, por delicadeza y porque terminó siendo una víctima. Baste decir que una redactora trajo un día una larga entrevista con un ministro de Kirchner. En ese reportaje, con fotos y grabador de por medio, el ministro repasaba múltiples temas. Advertimos que, como al pasar, hacía un importante anuncio sobre un asunto candente. Le pedimos, entonces, a la redactora que tomara esa información, la contrastara con otras fuentes y pidiera opiniones críticas. Abrimos el diario de ese domingo con el anuncio y con la cita textual del ministro.

Esa mañana, el Presidente leyó en Olivos la nota, llamó al ministro y, hecho una furia, lo reprendió con dureza. Le recriminaba, en realidad, haber dado una buena noticia. Las buenas noticias las tiene que dar el Presidente. También le ordenó, sin derecho a queja, que saliera a desmentir la información. A decir que el diario había mentido. El vocero del ministro elaboró un comunicado y se lo dio a todas las agencias de noticias. Durante cuarenta y ocho horas la desmentida fue multiplicada por todos los medios. El vocero, avergonzado, llamó a un editor de nuestro diario y le pidió perdón, le dijo que eran órdenes de arriba. Tres meses después, cuando ya nadie recordaba el episodio, el Gobierno confirmó el anticipo de LA NACION.

Me atrevo a puntualizar los desafíos que tenemos hoy los periodistas: dudar, formarnos de manera incesante, no hacer reduccionismos, evitar las simplificaciones, contar los matices de la realidad. Ser autocríticos, rigurosos, anticíclicos. Y ser, ante todo, independientes, por encima del miedo, de las conveniencias y de los negocios. Ser capaces de criticar al Gobierno en sus errores y de elogiarlo en sus muchas virtudes. Ser capaces de eso, aun teniendo siempre en cuenta la vieja máxima de Voltaire: “Es peligroso tener razón cuando el gobierno está equivocado”. .

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