Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí

Britten: vibrante alegato

Por Héctor Coda

Domingo 12 de junio de 2005

Concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional , con la dirección de Pedro Ignacio Calderón y la participación del Coro Polifónico Nacional (dirección: Roberto Luvini), el Coro Nacional de Niños (dirección: Vilma Gorini), y la soprano Mónica Ferracani, el tenor Ricardo González Dorrego y el barítono Víctor Torres. Organo: Luis Caparra. Programa: Réquiem de guerra, de Benjamin Britten. En el Auditorio de Belgrano.

Como advertencia sobre el flagelo de la guerra y urgente apelación a la razón y la compasión humanas, esta obra maestra de Benjamin Britten causa en el oyente una impresión inmediata; su mensaje alcanzó momentos de una elocuencia conmovedora en la admirable versión ofrecida por la acción conjunta de voces solistas, coro y orquesta. El Réquiem de guerra, o misa de difuntos, tal como acontece con los textos sagrados, pertenece a ese tipo de creaciones que parecen estar a la espera de una audiencia potencial para que se descubra, una y otra vez, la vigencia de su mensaje. En este caso, el mensaje trasciende la postura ideológica antibélica de su autor, concentrando toda su fuerza en la admirable sabiduría musical que encierra al amalgamar el melos con la palabra. Los textos del latín litúrgico del réquiem canónico se alternan aquí con poemas de guerra de Wilfred Owen, que conmovieron a Britten durante toda su vida y cuya vocalidad inglesa supo insertar en esta obra de manera ejemplar.

El Réquiem fue comisionado por las autoridades inglesas a Britten a su regreso a Gran Bretaña, con motivo de la reconstrucción de la histórica catedral de Coventry, destruida por los bombardeos durante la Segunda Guerra Mundial; fue la primera vez que el compositor empleó voces solistas, coros y orquesta en el tratamiento de un tema tan específico. En la obra parece concentrarse todo el eclecticismo creativo de su estilo en el que convergen Purcell y Haendel; la ópera italiana, con el último Verdi y Puccini, y naturalmente varios compositores del siglo XX, entre ellos Stravinsky, Berg, Bartok o Mahler, con un oficio admirable al que siempre infundió su originalísimo sello creador.

Soberbia línea sonora

El notable impacto dramático que Britten, destacado operista, infunde con la separación espacial de planos sonoros en el escenario estuvo presente en esta memorable exhumación del Réquiem que el director Pedro Ignacio Calderón vertió con encomiable dignidad en su soberbia línea sonora de mahleriana instrumentación. La orquesta tuvo solos notables en los metales, una percusión siempre eficaz. El Coro Nacional de Niños, diestramente preparado por Vilma Gorini, en sus intervenciones junto al órgano, transmitió la candorosa e impasible expresión del texto latino aludiendo a la esperanza de la resurrección con extrema eficacia desde el "Requiem aeternam?" inicial, con las notas graves de las cuerdas y las campanas, y la evocación de la lucha bélica. En contraste, las súplicas y los lamentos de toda la humanidad, confiados a la soprano y la masa coral, tuvo en el Coro Polifónico Nacional expresiones tocantes de intensos acentos dramáticos, junto a las amplias texturas orquestales elaboradas por Britten.

La soprano Mónica Ferracani, junto al coro, al asumir el texto de la misa a partir del vibrante "Dies Irae", tuvo un desempeño destacado por su afinación, su emisión perfecta y segura en la tesitura riesgosa requerida para superar el volumen sonoro de la orquesta, sin perder expresividad. Las voces del expresivo tenor González Dorrego y del relevante barítono Víctor Torres, junto al tejido camarístico de la orquesta, evocaron a los muertos en la contienda y cantaron los textos poéticos de Owen, presumiblemente expresivos y explícitos sobre su tragedia personal y la de los combatientes; su inexplicable ausencia junto al ilustrativo comentario del programa de mano logró que la audiencia se viera privada de ellos para seguir los pormenores de esta obra maestra.

Te puede interesar