Marsalis hace poesía con la trompeta, mientras las manos de Henriquez en el contrabajo ponen el ritmo Foto: Andrea Knight
Presentación de la Lincoln Center Jazz Orchestra , con Wynton Marsalis en trompeta y dirección; Sean Jones, Ryan Kisor y Marcus Printup en trompetas; Steve Davis, Andre Hayward y Vincent Gardner en trombones; Ted Nash y Wess Anderson en saxos alto, soprano y clarinete; Victor Goines y Walter Blanding en saxos tenor, soprano y clarinete; Joe Temperley en saxo barítono; Aaron Goldberg en piano; Carlos Henriquez en contrabajo, y Herlin Riley en batería. Presentado por el Mozarteum. En el Gran Rex.
Es una de las instituciones de la cultura norteamericana; tanto en los colegios como en las universidades, en los hoteles como en los cruceros y hasta en el ejército, las big bands reflejan, quizás, un sueño musical de unidad, libertad y potencia.
Como pocas orquestas en la actualidad, la Lincoln Center Jazz Orchestra, dirigida por el virtuoso trompetista Wynton Marsalis, consiguió hacer realidad este anhelo, al que además le sumó en su presentación en el Gran Rex un humor elegante.
Marsalis, inteligente, planteó un repertorio sin fisuras y con claras señales de apertura estilística. Eligió un pequeño puñado de compositores de lograda pluma, como la dupla Ellington-Strayhorn, Benny Carter, Tad Jones y Ornette Coleman, para desarrollar lo que se podría definir como una orquesta de perfecta simetría.
En efecto, Marsalis se ha convertido en un alegre perfeccionista. Un músico que maneja su banda con mano férrea y guante de terciopelo puso sobre el escenario a una orquesta con medidos solistas que se apoyan en un desarrollo colectivo de enorme precisión y de un arrasador swing.
Por cierto, de sus tres visitas esta última mostró un trabajo más profundo en las relaciones tímbricas, con las que logró armar una paleta de coloridas texturas que enriqueció el repertorio.
Una primera parte con mucha presencia de la sección rítmica (contrabajo, batería y piano) y una segunda entrada donde se lució el set melódico (trompetas, trombones y saxofones), formas de dejar en evidencia la ductilidad de una orquesta en la que se lucieron los saxofonistas tenores Walter Blanding y Victor Goines, el contrabajista Carlos Henriquez, el baterista Herlin Riley, un bailarín en los tambores y, ocasionalmente, el trompetista Marcus Printup.
A lo largo del concierto, fueron pocos los momentos en los que hubo solos prolongados. El grupo prefiere, evidentemente, que haya varios solos cortos y de diferentes instrumentistas, lo cual da a la música una fuerte agilidad. Por otra parte, esta forma de desarrollar las piezas muestra toda una dirección de pensamiento hacia las formas más clásicas del jazz.
Marsalis logró reunir con la orquesta Lincoln al clasicismo con la modernidad sin esfuerzo. Sin falsas posturas hacia alguna de estas dos propuestas, se hamaca libremente de una a otra, según la conveniencia.
De la nada, a telón abierto, sale Henriquez en camisa. Se acomoda en su instrumento y arranca las primeras notas de una línea de blues plagada de silencios. Solo, como el sentimiento que explora tan hábilmente este género, repasa un walking de 16 compases, hasta que del extremo opuesto surge un elegante Marsalis, con su trompeta bañada en oro, sin boquilla. Un Adonis del jazz acomete con sentimiento la frase del “Big Jam Blues”, de la pianista Mary Lou Williams.
Van entrando lentamente, con estudiada parsimonia y comienza así una noche de afinadísimo swing, donde calidad y sentimiento lograron reunirse en torno del jazz, que sonó a las formas polifónicas de la tradición neorlandesa, aunque sanamente despojada de clichés.
La segunda pieza fue un tema de Tad Jones, trompetista en el borde mismo del bebop como compositor. Aquí la orquesta decidió sonar a la manera de Ellington y, entonces, hicieron un trabajo muy diferenciado por secciones, dominado por los reeds que desarrollaron una suerte de mullida alfombra sonora, acariciada a contrapelo por los suaves ataques de las trompetas.
A continuación hicieron cuatro movimientos de la “Kansas City Suite”, de Beny Carter, en donde se jugaron su prestigio, pues es una obra de difícil interpretación de la que salieron airosos. Un final de set con el “Feliz cumpleaños”, dedicado a Henriquez en su natalicio, con un solo antológico de Blanding en el soprano.
Segunda parte dedicada a los trenes, con cinco piezas firmadas por Ellington y por Strayhorn, demostraron que el grupo logró en el curioso campo del sonido del tren traspasar toda frontera conocida.
Luego dos piezas excelentes, “Free to Be”, de Marsalis, en el que hizo un solo definitivamente magistral, y “Rambling”, de Coleman, un blues con arreglos modernos y de una rica belleza sonora.
La Lincoln Jazz Orchestra mostró su mejor faceta, la ductilidad estilística y un elegante ensamble colectivo. Marsalis tiene, por fin, una verdadera máquina del swing.