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Editorial II

El descanso y los adolescentes

Opinión

La reconocida revista científica Pediatrics publicó un estudio dedicado a examinar los desajustes que se producen entre el sueño de los adolescentes y los horarios impuestos por el cumplimiento de las obligaciones escolares. Ese trabajo ha sido desarrollado por las investigadoras argentinas Mirta Averbuch, directora del Centro de Investigaciones Médicas del Sueño de Buenos Aires, y Margarita Dubocovich, profesora de la Universidad de Northwestern, de los Estados Unidos.

Esas autoras han registrado los patrones de sueño de grupos de adolescentes de las escuelas medias de uno y otro países. Es fácil asociar esa investigación con una experiencia cotidiana de la mayor parte de los hogares, en los cuales el despertar matutino se torna conflictivo por el choque entre las demandas de mayor descanso por parte de los menores y el compromiso de responder al horario escolar.

Recuerda el trabajo aludido que el organismo en crecimiento requiere alrededor de 9 a 10 horas de sueño diario para poder recuperarse y responder satisfactoriamente a los reclamos del estudio y de la vida social. Levantarse con un déficit de sueño equivale a irritabilidad y desconcentración mental, lo cual perjudica la actividad escolar. Las investigadoras estiman que los adolescentes manifiestan un ritmo de sueño retrasado que podría vincularse con una producción más tardía de la melatonina, hormona inductora del sueño.

Por esa razón o por otras, cada noche muchos jóvenes pierden dos horas de sueño y el fin de semana no compensa la falta de descanso, pues reuniones y entretenimientos llevan a los adolescentes a acostarse durante la madrugada.

A las interesantes conclusiones del estudio pueden sumarse otras observaciones de la vida cotidiana. Las generaciones de tiempos no lejanos no contaban con las horas de atracción nocturna que ahora se ofrecen sólo con oprimir un botón. De ahí que fuera menos crítico para los padres establecer horarios tempranos de descanso a la noche para estar en condiciones al día siguiente.

Muchas cosas han cambiado hoy en día. Una de ellas es el predominio del rechazo de los adolescentes para ir a dormir en horas razonables; también se debilitó la autoridad de los padres, quienes antaño regulaban, sin que mediase discusión en contrario, los tiempos del descanso de sus hijos. La consecuencia es lógica y previsible: los tiempos de reposo no alcanzan. No es extraña, entonces, la disminución del rendimiento escolar, que los profesores y aun los mismos adolescentes se califiquen de "zombis" y que el malhumor residual desemboque en desatención y conductas agresivas.

Es común decir que la naturaleza de cada uno determina un mejor rendimiento diurno o nocturno. El estudio de las investigadoras ensancha la comprensión biológica del tema, aunque podrían formularse interrogantes desde otra perspectiva, por ejemplo: ¿por qué la insistencia en horarios estudiantiles tempranos? El motivo que suele alegarse es que inculcan hábitos de comportamiento que preparan a los chicos para el trabajo y las responsabilidades propias de edades más avanzadas.

En verdad se trata de una cuestión cifrada en tiempos y esfuerzos que reclaman el ejercicio de una disciplina que los padres deben regular. Lo que conspira hoy contra el descanso, por efecto de tantas atracciones sociales -muchas de ellas superfluas-, tiene que ser ubicado en el lugar debido. Las exigencias del reloj biológico y las del reloj social pueden y deberían encontrar su punto de compatibilidad. .

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