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Tackle a la exclusión

Un emprendimiento de Marcos Julianes y Carlos Ramallo, hombres del CASI y el SIC, llevó a más de 200 chicos de escasos recursos a conocer el rugby y, con él, recibir sus virtudes: esfuerzo, integración, solidaridad, respeto a las reglas y a los adversarios; la entidad posee ya un equipo de juveniles en la URBA y en breve tendrá su predio definitivo

Martes 28 de junio de 2005

Entre las muchas cosas malas que generó, el incendio económico-social nacional de 2001-2002 permitió presenciar –y conmoverse– con la solidaridad que se suele reconocer en el argentino medio.

Cuando aún estaban frescos los saqueos y no hacía mucho se habían masificado los piquetes y el comienzo de la recuperación económica todavía no se notaba, a dos ex rugbiers se les ocurrió hacer algo por los que se habían caído de la sociedad. Charlando con sus esposas, que se encargaban de un par de comedores escolares, se propusieron llevar su deporte a los chicos carecientes de San Fernando y Virreyes. Y con el rugby, sus reconocidos valores.

Aunque dificultades a priori no faltaban (la barrera social, el desconocimiento del rugby, la consecución de recursos), el ofrecimiento prendió como una mecha. Marcos Julianes y Carlos Ramallo, hombres del CASI y del SIC, respectivamente, organizaron un par de prácticas en Tigre Rugby Club con alumnitos de los colegios parroquiales San Pablo, San Rafael y Escuela del Rosario. Los llevaron en colectivos y les dieron de comer. Cualquier semejanza con un acto político fue pura coincidencia, porque no tenían más interés que ayudar a otros.

Y la cosa marchó bien. A los chicos les gustó, y a ellos, también. La experiencia piloto había sido un éxito y ya daba lugar a poner en marcha el objetivo inicial: enseñar regularmente rugby a chicos que no tenían acceso a él e inculcarles las virtudes de esa actividad, como la solidaridad colectiva, el esfuerzo, la formación del carácter, el respeto a las reglas, a los compañeros y a los adversarios, la integración. Y a principios de 2003 la cuestión tomó forma seriamente.

Vía padre Juan Pablo Jasminoy, hombre de CUBA y de la parroquia Nuestra Señora de Itatí, de Virreyes, los emprendedores consiguieron que la empresa de neumáticos Fate les cediera una porción de su campito de deportes, situado en Pasteur y Sargento Cabral. Y cada sábado, a las 10 de la mañana, el predio se pobló con niños de entre 8 y 11 años guiados con muchas ganas y sin muchos recursos. No había camisetas ni nada de vestimenta, no había demarcaciones en las canchitas, no había haches..., pero sí terceros tiempos con hamburguesas y gaseosas. Toda una atracción para chicos en cuyas vidas la comida no sobraba; para algunos, incluso, su motivación para asistir.

Y como todo gran proyecto no es fácil, costó bastante al principio esto de hacerles conocer el rugby, y practicarlo, a muchachitos que nunca lo habían siquiera visto. Costó formar un puente de vínculo entre personas de diversas extracciones sociales. Costó poner orden entre chicos en quienes la violencia física era un hábito, y que, al principio desconocedores del juego, se enojaban por recibir un tackle hasta llegar a insultos, escupidas y manotazos. Costó, en muchos casos, disciplinar a alumnos que eran rebeldes en la casa y en la escuela.

Pero lo que cuesta vale. Y la constancia y el esfuerzo son bases de casi todo éxito. Lejos de desanimarse, Julianes y Ramallo fueron sumando voluntades ajenas, voces de apoyo y brazos útiles. Surgieron entrenadores, experimentados y no tanto; emergieron empresas interesadas en una desinteresada colaboración; llegaron más y más jugadores. En junio de 2003, a pocos meses de lanzado el emprendimiento, aparecieron las camisetas de la escuela, verdes con vivos naranjas y amarillos y con la palabra "Virreyes", aportadas por Topper, como las de Los Pumas destinadas a la categoría mosquitos (8 años); las hamburguesas y las gaseosas quedaron garantizadas de la mano de Paty y Pepsi; se sumaron también, con diversos aportes, Farmacity, Delicity, Carrefour, Frigorífico Escobar, Quickfood, Nestlé, Alpargatas, Quilmes y varios particulares. Muchos de ellos, ex compañeros de rugby de Julianes y Ramallo que, enterados de la idea, exclamaron "¡claro! ¡Es lo que había que hacer! ¿Cómo no se nos ocurrió antes?". Y familiares de los creadores y alumnas del colegio Labardén se pusieron a disposición para cocinar y organizar el almuerzo.

Con tanto empeño, la iniciativa no podía sino crecer. Y crecer por metro, como lo hace un adolescente. Hoy aglutina alrededor de 220 jugadores cada semana (aunque los inscriptos son unos 300) entre las siete categorías, que mayormente llegan en colectivos tras encontrarse en sus colegios; la cantidad de pequeños y jóvenes rugbiers obligó a tomar el resto del predio de Fate, en el que ya hay una cancha delimitada y con palos; la expansión hizo crear la categoría de juveniles (hasta 17 años), que ya toma parte en los torneos de la URBA actuando como local en Buenos Aires CRC. Y llevó a un gran cambio de planes: lo que en principio se planteó como una escuelita para niños de hasta 12 años con la intención de que después, llegados a la adolescencia, siguieran su actividad en un club, actualmente es un más que serio proyecto de club por sí mismo. Hoy se gestiona la personería jurídica de Virreyes Rugby Club, y la municipalidad de San Fernando le cedió en comodato por 20 años un terreno de tres hectáreas dentro de Parque de la Reconquista.

En ese predio hay muchísimo por afrontar. Emparejar la tierra para hacer las canchas; levantar vestuarios, un restaurante, un depósito; conseguir material. Se trata de formar un club, nada menos. Pero de imposibles está lleno el mundo y esta gente sabe que se puede. Y sabe cómo se puede. Por su empeño y su solidaridad, Virreyes Rugby Club está a punto de ser una realidad. La inmersión en el mundo del deporte, la incorporación de valores y educación y la inclusión social de sus chicos ya lo son.

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