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De Paganini a Shostakovich

Domingo 10 de julio de 2005
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Orquesta Sinfónica Nacional. Director: Alejo Pérez. Solistas: Roberto Rutkauskas, violín; Soledad de la Rosa, soprano; Guillermo Gutkin, bajo. Programa: Fabián Panisello: "Cuadernos para orquesta"; Paganini: Concierto Nº 2 para violín y orquesta, op. 7; Shostakovich: Sinfonía Nº 14, op. 135. Auditorio de Belgrano.

Una suma de diferentes circunstancias acallaron temporalmente a la Filarmónica de Buenos Aires. Por lo tanto, de un tiempo a esta parte, la Sinfónica Nacional es la única orquesta que está ofreciendo conciertos públicos en la ciudad. Y más allá de las virtudes o menoscabos que se le puedan comentar a sus realizaciones, es de valorar que la programación que viene brindando es sumamente atractiva, variada y "moderna", si es que las obras del siglo XX pueden ser incluidas bajo este calificativo. A pesar de los riesgos que para cierto tipo de programadores este tipo de repertorio podría suponer, el público sigue concurriendo y el Auditorio de Belgrano continúa luciendo aspectos imponentes. Incluso, como en esta ocasión, cuando estaban anunciadas una de las sinfonías más angustiosas y despojadas de Shostakovich y una obra de compositor argentino, para más, del siglo XXI. Entre ambas, y en sentido inverso al enunciado, hubo un concierto de Paganini que, con semejantes vecinos, pareció demasiado inocente, hueco y excesivamente reiterado en una propuesta circense un tanto extensa.

Es posible que la suma de Paganini y de Roberto Rutkauskas, un violinista joven, merecidamente promocionado y, además, uno de los dos concertini de la Sinfónica, haya sido el disparador para la gran convocatoria. De por sí, cualquier violinista que se anime con un concierto de Paganini ya se hace acreedor a todos los elogios. Con todo, la interpretación de Rutkauskas del segundo de ellos no fue tan gloriosa como hubiera sido deseable. Hay que convenir que, salvo algunas excepciones notables, la sustancia musical no es lo que caracteriza a las obras del compositor italiano sino su reconocida espectacularidad. Pero para poder disfrutar de una obra de Paganini, el violinista tiene que estar impecable, perfecto en su virtuosismo. Y lo de Roberto no fue exactamente así. Su sonido un tanto despojado y, mayormente, sin vibrato, incluso en los pasajes cantables y algunas afinaciones por aproximación en momentos poco oportunos, desmerecieron una labor que, no obstante, al final, cosechó una ovación atronadora.

En el comienzo del concierto, la Sinfónica, muy bien conducida por Alejo Pérez, director con amplia experiencia en los lenguajes musicales de este tiempo, había presentado "Cuadernos para orquesta", una obra de Fabián Panisello escrita a la memoria de su padre. Independientemente de descripciones puntuales sobre líneas descendentes, pasajes tonales en estilo de coral opuestos a clusters compactos y combinaciones tímbricas muy sugerentes, la obra, en un todo, es maciza, cambiante, muy atractiva en su variedad y en su unicidad y denota el profundo conocimiento de Panisello sobre la escritura orquestal. Obviamente, ante lo inhabitual de la propuesta y sus códigos, los aplausos no salieron más allá de lo que la buena educación y el respeto imponen.

En la segunda parte, con mucha sensibilidad, Pérez condujo al ensamble de cámara al que se redujo la Sinfónica, apenas algo más que una veintena de músicos, para hacer la penúltima sinfonía de Shostakovich, obra construida como un ciclo de canciones orquestales. En total, son once poemas sucesivos de Lorca (cantados en ruso), de Rilke, de Apollinaire y de Küchelbeker, todos angustiosos y relacionados con el tema de la muerte. La sinfonía es tan austera de espectacularidad como rebosante de ideas, gestos y muchísimo arte. La tarea de los solistas fue más que digna. El bajo Guillermo Gutkin denotó una sólida personalidad y Soledad de la Rosa, nuevamente, impactó con su voz expresiva, plena de matices y pareja a lo largo de toda ella.

Una última mención a una carencia no musical. Así como se puede disfrutar intensamente de una cantata de Bach, de un aria de Mozart o de un soliloquio de Wagner aun sin conocer los significados del texto cantado, es una pena que la valoración y la audición se reduzcan únicamente a sus aspectos sonoros. Algo similar sucedió en este concierto. La existencia en el programa de mano de alguna referencia a los contenidos de cada poema le hubiera facilitado a la audiencia prestar atención y admirar los elementos simbólicos y la prodigiosa fantasía con la cual Shostakovich trabajó y comentó las temáticas de esas poesías, un plus que hubiera permitido apreciar aún más el hecho artístico.

Pablo Kohan

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