Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí
lanacion.com | Las noticias que importan y los temas que interesan

Entrevista con Julian Barnes

Amar y mentir hasta el final

Suplemento Cultura

El escritor británico habla de La mesa limón (Anagrama), una colección de cuentos cortos que acaba de aparecer. En ellos, el autor narra historias actuales, pero también de hace dos siglos

Por   | LA NACION

Cuando los Rolling Stones anunciaron los planes para una nueva gira mundial, tocando su hit de hace 34 años "Brown Sugar" en la conferencia de prensa, el tema del día se volvió, con el tradicional sarcasmo británico, el de "sexagenarios, drogas y rock and roll". La estocada no podría aplicarse a Julian Barnes. El autor de El loro de Flaubert, de 59 años y miembro del dream team de novelistas británicos (con Martin Amis, Ian McEwan, Kazuo Ishiguro), nunca entendió por qué se espera que, en la vejez, la gente empiece a comportarse de manera distinta o a desear hacer otras cosas que las que siempre disfrutaron.

"Supongo que una de las razones por las que el novelista escribe es para decirle al mundo ?¡Las cosas no son así!´ Si bien el motivo detrás de un libro de ficción es usualmente descriptivo y narrativo, también puede ser correctivo. En este caso, quise rebelarme contra la idea de la vejez como un momento de gran serenidad. Es una de las mayores mentiras de nuestra sociedad", explica respecto a su último libro, La mesa limón, recién traducido al castellano (Anagrama).

La "mesa limón" a la que alude el título de la flamante colección de cuentos cortos era una mesa de un restaurante de Helsinki al que iba el compositor Sibelius a comienzos del siglo XX. Se llamaba la "mesa limón", porque el limón es el símbolo chino de la muerte, y cuando uno se sentaba a esa mesa, estaba obligado a abordar el tema, por poco que le gustase.

El nuevo libro de Barnes (autor de obras célebres como La historia del mundo en diez capítulos y medio, Inglaterra, Inglaterra, Amor, etc. y Hablando del asunto) trata precisamente de los años que anteceden al final de nuestras vidas, en los cuales la muerte está, clara e inevitablemente, en el horizonte cercano. Sus personajes no por eso pierden la capacidad de vivir, amar, mentir y ser infieles, de tal manera que Mick Jagger casi parece un tímido escolar en comparación. Y aunque el tema es brutalmente deprimente, el encanto y el humor que Barnes despliega tanto en el libro como en la charla con LA NACION convierten una experiencia de lectura que se anticipa amarga, a la vez, en deliciosa. ("Un libro sutil, erudito y sabio; lo mejor del Barnes profundo", lo calificó Esquire; "La performance de un virtuoso, con formidable conocimiento y percepción", escribió Los Angeles Times Book Review).

"Todos podemos ver, pasada cierta edad, cómo el cuerpo decae, y de alguna manera asumimos que lo mismo ocurre con los espíritus y las pasiones, pero eso es muy poco probable y siempre fue poco probable", explica Barnes en una tarde gris y lluviosa de Londres que le garantiza que "el mundo gira como siempre".

-¿Las pasiones no decaen por el Viagra?

-Por el Viagra hoy, pero es en respuesta a una necesidad universal y eterna que es la de seguir persiguiendo nuestros sueños de juventud a lo largo de la vida. Hoy la sociedad permite hacer cosas que 50 años atrás hubiesen sido impensables, fuese por la Iglesia o por el qué dirán, pero yo estoy seguro de que esto causaba unas frustraciones terribles, no es que entonces la gente lo aceptase más que con una aparente serenidad. No hay nada de nuevo en el miedo a envejecer. Una de las historias del libro se me ocurrió al leer una biografía de Balzac donde cuenta que su padre estaba determinado a no morir nunca por lo que comenzó una dieta basada en el tronco de ciertos árboles. Las historias de mi libro no transcurren todas en la Inglaterra del siglo XXI, sino también en Suecia, Francia, Rusia, y algunas se remontan dos siglos atrás. Las manifestaciones son distintas, ahora los hombres no mordemos troncos sino que tomamos Viagra, las mujeres se inyectan Botox o se hacen cirugía plástica, todos usamos las ropas de los jovencitos o el pelo de cierta manera, pero se mantiene la disparidad entre lo que nos pasa por dentro y por fuera. Lo que yo quería era escribir contra la idea de serenidad en la vejez. Ese es el subtítulo escondido del libro.

-Sin embargo, ¿la gente no habla menos de la muerte hoy? ¿Podría existir una mesa limón en el siglo XXI?

-Cuando yo era chico era muy común, y no sólo en Inglaterra, que los tres temas tabú fuesen sexo, política y muerte, por lo que mis padres nunca me dijeron de dónde venía, nunca me dijeron por quién votaban y ciertamente no discutíamos sobre la muerte. Ahora hablamos de sexo todo el tiempo, de política ni que hablar, pero la muerte no se menciona. Tengo un amigo que es muy inteligente y está seriamente deprimido y con él hablamos o nos intercambiamos emails sobre la muerte cada tanto, pero es la excepción. En cambio, la generación de fines del siglo XIX pensaba y hablaba sobre la muerte mucho más. Por ejemplo, en el diario de los hermanos Goncourt, vemos cómo los grandes escritores de la época se encontraban para comer y hablar de la muerte en París y luego los Goncourt anotaban todo lo que decían como si nada. Vivimos en una era confesionaria, como uno puede comprobar prendiendo en cualquier momento la televisión, pero me parece que ellos miraban la vida -y por ende la muerte- mucho más a la cara. Yo traduje del francés La Doulou [publicado en castellano como En la tierra del dolor], el diario íntimo de Alphonse Daudet, ya muy enfermo, y el texto claramente obedece el principio flaubertiano de que la única manera de manejar el horror en la vida es inspeccionarlo con ojo clínico. Flaubert incluso dijo que "es sólo al mirar el pozo negro que se extiende a nuestros pies cuando podemos mantenernos calmos". Mi actitud es bastante similar, pero debe de haber algo temperamental y no genético en ello.

-¿Por qué?

-Mi hermano, que nació de los mismos padres que yo, tiene una actitud completamente distinta: piensa que la muerte no es algo que le guste, pero como no hay nada que se pueda hacer al respecto, no se detiene a meditar sobre ella. Yo, en cambio, pienso en la muerte regularmente desde la adolescencia, aunque no es he llegado a ninguna respuesta. Se podría decir que ignorar la muerte es una manera tan buena de lidiar con ella como pensar sobre el tema cada día, salvo que si uno piensa en la muerte todos los días? ¡al final termina con un libro de cuentos cortos!

-Usted menciona la política como un tema del que hoy todo el mundo opina. Sin embargo, cuando recientemente un diario publicó el mismo día una larga nota suya en que atacaba al gobierno de Bush y la queja que había mandado sobre una receta de cocina que el medio había publicado, se llevó una sorpresa, ¿verdad?

-Fue muy gracioso. Escribí una nota de opinión furibunda cuando la guerra en Irak teóricamente había terminado, es decir, cuando la invasión teóricamente había terminado. Por supuesto, no todo el mundo estaba contra la guerra como yo y supuse que la nota iba a ser provocadora para ciertos lectores, por lo que no me sorprendí cuando empezaron a llegar cartas insultantes. Lo que sí me llamó la atención fue que ninguna de éstas fuese sobre la nota de Irak, ¡eran por mi crítica a una receta de cocina publicada el mismo día! Yo intenté explicármelo a mí mismo diciendo algo así como que había elaborado los argumentos de la nota sobre Irak de manera tan convincente que nadie pudo dejar de creer que yo estaba en lo cierto. En cambio, en la cocina, cada chef cree que sólo él está en lo cierto, todo el mundo piensa que sabe más de cocina que yo, y simplemente escribieron para hacérmelo saber. Una vez más se confirmó que, como bien saben los periodistas, los lectores son impredecibles. Nunca se sabe qué va a pasar con lo que uno publica, uno puede recibir una enorme respuesta a una pieza que considera pequeñita y luego matarse en una gran pieza y que nadie le preste atención.

-Usted no es ningún improvisado en los temas culinarios e incluso un par de años atrás publicó un libro de cocina. ¿Planes de volver a ponerse el delantal?

-No creo. Lo que me interesaría hacer, más bien, es escribir sobre la comida en la literatura, sobre la relación de los autores con los alimentos. Hace poco estaba leyendo la nueva traducción al inglés de Don Quijote y una idea podría ser basarme en su relato de una de las primeras degustaciones de vino. Lo narra en la voz de Sancho Panza, y es fantástico. De recetas, en cambio, me parece que ya he dicho todo lo que tenía que decir.

-Hablando del Quijote, ¿lo afecta leer libros traducidos?

-Sin duda uno debe de perder un porcentaje -y con un mal traductor, un gran porcentaje- del original, pero, por ejemplo, releyendo el Quijote no podía parar de reírme a lo loco, ¡y estamos hablando de un libro en otro idioma y que tiene 400 años! ¡Ese sí que no envejeció! En una buena traducción no debería perderse más del 5% del original. Mi primera experiencia como traductor fue pasar del francés al inglés el diario de Daudet. Traducir es una mezcla curiosa de responsabilidad e irresponsabilidad, no es el texto de uno, pero uno se siente profundamente vinculado a quien lo escribió y quiere hacerlo bien en su honor. Es una experiencia liberadora porque uno puede acercarse a la gente y decirle "Vayan a comprar este libro maravilloso" sin que le dé vergüenza porque no es el libro propio. Aunque debo reconocer que quizá me tomó más tiempo a mí traducir el diario de Daudet que a él escribirlo.

-Acaban de cumplirse veinte años de la publicación de El loro de Flaubert, ganadora del premio Goncourt en Francia. ¿Le molesta que siga siendo su obra más conocida?

-Los escritores somos criaturas muy paranoicas. En este momento la gente dice "¿Julian Barnes?, ah... el autor de El loro de Flaubert". Pero, por otro lado, el doble de personas compró Una historia del mundo en diez capítulos y medio, así que, presumiblemente, toda esa gente piensa que soy el autor de Una historia.... Siendo un escritor en Inglaterra, un país culto pero no terriblemente culto, y habiendo pasado el último cuarto de siglo publicando novelas que todavía siguen imprimiéndose, me parece que sería un error preocuparme por si me conocen por un libro u otro. Pensando así uno se vuelve loco y no es muy bueno para un novelista volverse loco. Recuerdo que una vez entré en una librería y encontré una faja alrededor de la última novela de uno de esos escritores británicos del montón que decía "Esta es su 21» novela". Yo pensé "Eso es todo lo que pueden decir porque nunca ha escrito un libro del que alguien haya oído hablar". Con que eso no me pase a mí, estoy conforme. Tomo la filosofía de Kingsley Amis: cierta vez, respecto a su obra más conocida, Lucky Jim, le preguntaron si no se había vuelto como un albatros alrededor del cuello y él respondió que eso era mejor que no tener ningún maldito albatros. Además, ¿quién sabe? ¡Quizá mi próxima novela sea la que reemplace a El loro de Flaubert!

-¿Es tan disciplinado como cuentan para trabajar?

-Soy bastante disciplinado, en parte porque después de tantos años sé que si paso un tiempo prolongado sin escribir nada, me pongo malhumorado y descontento, y me convierto en una persona poco agradable para convivir. Así que escribir es una alegría y un placer, pero también una necesidad tanto para mi bienestar como para el de mi mujer.

-¿Cuán distinto le resulta escribir cuentos cortos que novelas?

-Es muy distinto. En un cuento corto uno puede mantenerlo todo en la cabeza al escribir, con la desventaja de que cada falla en la historia se pone en evidencia inmediatamente. La novela es más difícil de mantener entera en la cabeza, con las distracciones de la vida cotidiana, pero es más relajado saber que no existe la novela perfecta. Hay grandes novelas, pero aun éstas no son perfectas. Escribir novela es tan distinto de escribir cuentos que, desde el comienzo, para mí está claro si una idea es para una obra de ficción larga o breve.

-El peluquero es una imagen recurrente en su nuevo libro. ¿En honor a alguno en particular?

-En realidad fui a muchos peluqueros a lo largo de mi vida y usé pedacitos de cada uno para componer mis personajes, pero me pareció que el tema de los peluqueros era bueno para esta colección de cuentos porque el pelo, el color, el corte, (ni que hablar la falta de) es lo que más nos hace darnos cuenta del paso del tiempo. Además, el tema servía para reforzar esta idea de que el corazón y el cuerpo envejecen a velocidades distintas. En lo personal, encuentro tremendamente aburrido ir a la peluquería, así que para mantenerme despierto y que no me corten una oreja, les doy charla a los peluqueros y me entero de sus vidas. Esa es una de las ventajas de ser novelista, una situación objetivamente aburrida o un encuentro con una persona desagradable no son aburridos o desagradables porque son material potencial para una historia. Esto no quiere decir que cuando me cortaban el flequillo de niño pensara "Ah, esto lo voy a usar para una novela", ni siquiera que se me haya ocurrido cuando le dije por primera vez al peluquero "No me muestre cómo quedó atrás", pero la realidad es que más adelante toda experiencia se vuelve útil.

-Y su propia vejez, ¿va a ser como suponemos será entonces la de sus compatriotas, los Rolling Stones?

-Espero que cuando cumpla ochenta y pico, alguien diga de mí "Se la pasa leyendo todo el día". Sería el mayor halago. .

TEMAS DE HOYProyecto de reforma laboralMauricio MacriEl caso Mariano BeneditCristina Kirchner