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De Fuenteovejuna a Pasteur 633

Opinión

Por Abraham Skorka
Para LA NACION

En 1619 fue publicada por primera vez Fuenteovejuna, la famosa comedia de Lope de Vega. El relato, que se sitúa en dicho pueblo en 1476, describe el asesinato de su comendador, "que mil insultos hacía;/fue el autor de tanto daño./Las haciendas nos robaba/y las doncellas forzaba,/ siendo de piedad extraño".

Si bien el homicida había sido uno, todos los habitantes del pueblo se incriminaron a sí mismos.

El caso llegó al rey Fernando de Aragón, quien ante la disyuntiva planteada por el juez -"O los has de perdonar/o matar la villa toda"-, decide: "Aunque fue grave el delito/por fuerza ha de perdonarse".

Los habitantes del pueblo, al igual que los jueces, buscaron afanosamente la justicia. Los unos, asesinando al déspota que los atormentaba y expoliaba; los otros, tratando de hallar y castigar al asesino. Cada una de las partes se mantuvo incólume en su postura y fiel a sus convicciones. El juez, hurgando afanosamente en el delito, y el pueblo, respondiendo al unísono a la pregunta de quién lo había hecho: "Fuenteovejuna".

Ni en Fuenteovejuna ni en el crimen cometido hace once años en Pasteur 633, en el que perecieron 85 inocentes, hubo castigo para los perpetradores. Sin embargo, el uno es, en algunos aspectos, la contracara del otro. En Pasteur 633 nadie asumió la autoría, y mucho menos la culpa, pues sus motivaciones fueron tan horrendas que hasta los propios perpetradores prefirieron callarlas. La Justicia, que condujo el juicio más largo de la historia, arribó a nada. En Fuenteovejuna, el juez no pudo escribir tan siquiera una hoja "que fuera en comprobación"; en Pasteur 633, miles de hojas, en un sinfín de expedientes, fueron escritas. En el primer caso, la sinceridad de las partes fue tan grande que nada pudo escribirse. En el segundo, la ignominia fue tan grande que se necesitaron miles y miles de vacuas palabras para cubrirla.

Sin embargo, el relato del Fénix de los Ingenios termina revelando una triste realidad. El rey, si bien respeta formalmente a la Justicia, no emite disposición alguna para restringir el poder de los comendadores corruptos, raíz y base de la injusticia. Tampoco se escuchan palabras condenatorias por su actitud. Se pone en un mismo plano al victimario y a las víctimas.

Los que detentaban el poder en la España de aquel entonces aceptaban descaradamente la presencia de los que martirizaban a su pueblo, al igual que la persecución de los judíos que en el país habitaban. En el reinado de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, la Inquisición tuvo su máxima expresión, al culminar con la expulsión de los judíos de España, en 1492.

Pasteur 633 y su resolución judicial hasta el presente son una afrenta para gran parte de un pueblo que brega por la instauración de una realidad democrática plena, que se manifiesta mediante la justicia. Un pueblo que supo marchar unido hace once años, que expresó mancomunadamente el dolor por sus muertos y heridos, que repudió a quienes siembran la destrucción y el odio y que aún no obtuvo la respuesta requerida a sus funcionarios.

Un pueblo que aspira a una justicia profunda y no coyuntural, como la de Fuenteovejuna. Aquella justicia que comienza por no aceptar privilegios ni prerrogativas, tal como enseña la Biblia: "Una sola justicia tendréis" (Levítico 24: 22, Números 15:16).

Fuenteovejuna y Pasteur 633 poseen, pese a sus diferencias, el mismo triste final. Se buscó limpiar las manchas de sangre, pero no la afrenta. Se emitió una sentencia, pero no se alcanzó la justicia.

Los escombros fueron removidos, un nuevo edificio fue erigido en Pasteur 633, pero la sangre sigue intacta, empapando aquella parcela y clamando por justicia. El paso del tiempo no mitiga el dolor de los sufrientes ni el de toda una sociedad que, con un sentimiento de constante frustración, mantiene, sin embargo, incólume la esperanza de ver resplandecer algún día la luz de la equidad en su seno.

En los once años transcurridos desde entonces se sumó a la lista de crímenes impunes una serie larga y tenebrosa. Tanto los asesinados por el odio como las víctimas de la desidia, indolencia y deshonestidad de las autoridades esperan en sus tumbas la justicia que pueda acallar el clamor de su sangre derramada. Es la única esperanza que les queda para darle sentido a lo que fueron sus truncadas vidas.

El imperio de la justicia es, en la cosmovisión judía, la base que permite el desarrollo espiritual del individuo, la condición necesaria (aunque no suficiente) para acercarse al Creador, como exclamó el salmista (17:15): "Yo, con justicia, veré Tu rostro". ¿Será por esto que nos resulta tan difícil percibir el rostro de Dios en nuestra existencia?

El autor es rector del Seminario Rabínico Latinoamericano M. T. Meyer y rabino de la Comunidad Benei Tikva.
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