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Reflexiones sobre la muerte y la soledad

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LA NACION
Jueves 21 de julio de 2005
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"Canto de amor contra la muerte". De Ariel Barchilón. Puesta en escena y dirección general: Alejandro Giles. Con Franklin Caicedo y Anahí Martella. Voces en off: Manuel Callau y Marcelo Mazzarello. Escenografía y vestuario: Marianela Gómez. Música: Pablo Pamt Menegozzo. Producción general: Susana García. Producción ejecutiva: Roberto Lachivita. Luces: Jorge González y A. Giles. Asistente de dirección: Cristina Echeveste. En La Casona del Teatro, Corrientes 1975. Duración: 70 minutos.

Desde los primeros minutos, lo que ocurre arriba del escenario tiene un halo de misterio, e inquieta. Una mujer de unos cuarenta años, algo alterada, se estremece cuando escucha el paso del tren. Está encerrada en su casa, reflejo fiel de sí misma. De pronto, ve por la ventana lo último que hubiese querido ver: un hombre que se está por suicidar. Baja como puede y lo salva. Es nada menos que Eugenio Sereno, "el rey de los insomnes", y conductor de un programa de radio de trasnoche. A partir de ahí surge todo.

Ellos viven en un mundo de poemas, donde todo pasa por versos maravillosos. Están hermanados en una locura sutil, la negación por la muerte, y separados por su vínculo con la soledad. El quiere huir de ésta; a ella, le cuesta. Son dos almas perdidas que, en su desesperación, encuentran un camino en común que los aferra: el deseo.

Anahí Martella y Franklin Caicedo, en bellas interpretaciones
Anahí Martella y Franklin Caicedo, en bellas interpretaciones.

La obra de Ariel Barchilón toca fibras muy sensibles en una anécdota enmarcada en el realismo mágico. La soledad, la muerte, los afectos, y ese frío que se siente en una casa llena de recuerdos, pero vacía de afectos.

Su estructura es sencilla y cada situación tiene un efecto consecuente, que se desarrolla y desemboca en algo que, aunque previsible, es sensible y grato a los ojos del espectador. Sólo es extraña la forma en que dibujó los primeros momentos del personaje femenino. Deambula entre la locura y la cordura, hasta que, de repente, se asienta sólo en su forma consciente.

Una dupla brillante

Alejandro Giles basó su puesta en el trabajo intenso con los actores. Logró mover sus fibras más íntimas y supo cómo conseguir que se conmovieran y se provocaran. Es muy interesante el trabajo logrado entre Anahí Martella y Franklin Caicedo. La conexión que consiguen llega a instantes de inmensa ternura y a otros de gran inquietud. Asimismo, Giles supo dónde plantar límites sin dejar que éstos afecten la creatividad. En ningún momento hay un mínimo atisbo de sobreactuación o de declamación descontrolada.

En la piel de este hombre desesperado y misterioso, Franklin Caicedo les pone intensidad a sus palabras y se planta con oficio. Pero la gran sorpresa es Anahí Martella, en una magnífica composición de esta mujer que vive entre relojes parados a la misma hora desde hace cuarenta años. Cree y tiene certeza de su criatura, y se apoya en una composición, principalmente física, pero intensa desde el trabajo interior. Tiene un tránsito interesante hasta en alguna complicación que le brinda el texto.

Un trabajo digno de destacar es la escenografía realista diseñada por Marianela Gómez. Es cuidadosa hasta el detalle y optó por una abundancia de elementos. Pero ninguno está de más. Desde ese ámbito mismo, el espectador se hace una idea de la criatura que allí vive. Asimismo, la iluminación de Jorge González es precisa en los momentos y en los climas más intensos. Los maquilla de emoción con cromatismos sencillos, pero certeros.

Si no tuviera un final tan edulcorado, la obra hubiera quedado mucho mejor.

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