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Jueves 28 de julio de 2005 | 14:14

Nota publicada el 27 de junio

El futuro ya llegó, por Juan Pablo Varsky

 
 
 

"Ve en el campo lo que los demás ven desde la tribuna", dijo Iñaki Sáez, seleccionador juvenil español, aun antes de ese golazo que eliminó a sus chicos del Mundial de Holanda. Una pieza de colección en la que se sacó de encima a dos rivales haciendo malabares sin que la pelota tocara el piso, para después humillar al arquero y dejarlo fuera de la foto. Lionel Messi es distinto. Capaz de cambiar la historia en una sola jugada. Con cada intervención le pega martillazos al partido. Ningún futbolista de la Copa del Mundo Juvenil puede hacer la diferencia en el juego como él. Quien haya visto los partidos del equipo argentino ha comprobado la tremenda influencia de este chico de 18 años recién cumplidos.

Hacía mucho tiempo que la Argentina no contaba con un jugador así. Zurdo, con gambeta en velocidad, con gol, guapo para pedirla siempre. Un fanático del fútbol que llega media hora antes al entrenamiento, tan obsesivo de la perfección que se queda horas analizando un error de un partido que lo tuvo como figura y goleador.

Hay que llevarlo de a poco, coinciden Francisco Ferraro y Frank Rijkaard. Lo del holandés se entiende desde el aún emergente lugar que ocupa en el equipo de su protector Ronaldinho, "mi hermanito mayor", según sus propias palabras. En Holanda, Ferraro corrigió su desatino inicial de dejarlo en el banco. Desde que es titular, el equipo ganó todos los partidos, él marcó tres goles importantes y mañana será el líder en la semifinal ante Brasil.

Acostumbrado a la precocidad y a dar ventajas de edad y de altura, Messi está en condiciones de romper un aspecto conservador del seleccionado argentino. Desde que se juegan los Mundiales juveniles (Túnez, 1977), ningún futbolista nacional pudo estar consecutivamente en una Copa Sub 20 y luego en una de mayores. Ejemplos: Riquelme y Aimar, campeones en Malasia 97, no figuraron en Francia 98. Saviola, goleador y campeón en Buenos Aires 01, quedó al margen de Corea-Japón 02. Más atrás, y aunque sin un Mundial juvenil atrás, Menotti no incluyó en la lista de Argentina 78 a un chico de rulos, zurdo, que ya era crack, que ya habló con Messi y que ya maneja el fútbol profesional de Boca. Recuerdan su nombre, ¿no?

Otros países han sido más atrevidos. Después de Malasia, Francia promovió a Trezeguet y a Henry, quienes al año siguiente festejaron en Champs Elysses. Michael Owen se enfrentó con Samuel en 1997 y, meses más tarde, volvió loco a Ayala en Saint Etienne. El brasileño Kaká se fue temprano de Buenos Aires 2001 y se quedó hasta el final con el pentacampeón en Corea-Japón.

Paradójicamente, el fútbol argentino debe promover, por necesidad o convicción, cada vez más juveniles a primera. Este equipo tiene a Zabaleta o a Cardozo ya con dos temporadas completas en el gran circo. Para nuestro país, la Sub 20 dejó de ser una categoría formativa para convertirse en profesional. Sin embargo, la selección mayor históricamente ha estirado los tiempos para los precoces talentos.

Si Messi lograra destacarse en la próxima temporada de Barcelona, podríamos poner a debate esta costumbre argentina. De exacto pulso para manejar estas situaciones, José Pekerman sabe que este chico es especial. Humilde y disciplinado, su eventual inclusión entre los 23 grandes para Alemania no tendría contraindicaciones. En la lista siempre hay vacantes para jugadores complementarios, últimamente ocupadas por veteranos como Balbo en 1998 y Caniggia en 2002. ¿Por qué no animarse con Messi en Alemania?

La "pulguita", así le dicen en casa, es el orgullo de su familia, pero no la salvación. Su padre no lo atosiga y su hermano trabaja en un restaurante. Introvertido afuera, se transforma dentro de la cancha. Elude a los rivales como si fueran esos conitos naranjas de entrenamiento. Es tan rápido para jugar como para pensar. Si sigue creciendo, quizás en 2006 vea en el campo lo que muchos verán desde la tribuna: el mismísimo Mundial. .

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