ROSARIO.- Rito, cábala, costumbre. Ni siquiera ellos se ponen de acuerdo en cuanto a por qué lo hacen, pero, pase lo que pase, Les Luthiers estrenan en esta ciudad. Y eso fue lo que sucedió anteanoche cuando desembarcaron con "Los premios Mastropiero", su flamante espectáculo, en el coqueto escenario del Auditorio Fundación Astengo.
Un éxito, como era de esperar. Una vez más, el grupo se dio el gusto de actuar con el cartel de "localidades agotadas" colgado en la boletería del teatro. No bien el quinteto que integran Carlos López Puccio, Jorge Maronna, Marcos Mundstock, Carlos Núñez Cortés y Daniel Rabinovich apareció en escena, fue recibido por una calurosa ovación, un guiño que los artistas sólo reciben mansamente de los públicos cómplices. Los espectadores rosarinos, que reconocen el privilegio que significa ser los únicos del interior del país que van a disfrutar este año de "Los premios Mastropiero" y, como si eso fuera poco, en primera audición, son fieles seguidores de Les Luthiers. Y es así porque conocen su estilo inteligente de hacer humor, lo disfrutan y, sobre todo, lo festejan efusivamente.
Desde el primer acorde, que insinuó una de esas melodías grandilocuentes características de las ceremonias de entrega de los premios hollywoodenses, la sala estalló en carcajadas al ver que el brillante sonido de clarines que escuchaba no era tal, sino, en verdad, el agudo chillido de un par de silbatos metálicos. Un gag naïf, pura cepa Les Luthiers, que confirmó que la magia del grupo sigue intacta. "Los premios Mastropiero" evoca las grandes fiestas de la farándula, como la de los Oscar o, más acá, la de los Martín Fierro, con sus tics habituales aumentados y reforzados. Bajo la lupa del humor, el repertorio clásico de estas ceremonias, con sus nominados, ganadores y discursos de ocasión, aparece como un catálogo de las miserias cotidianas del mundo del espectáculo. Mundstock y Rabinovich son los encargados de oficiar de maestros de ceremonia. Son ellos quienes presentan las ternas, entregan las estatuillas y ponen en marcha esa maquinaria incesante en la que se convierte este puñado de músicos cultos cuando salen a escena a hacer lo que más les gusta y que mejor hacen: poner a pensar a la gente con una sonrisa en los labios.
Ahí es cuando les llega el turno a las canciones, que en este espectáculo van siendo presentadas, a medida que avanza la entrega de premios, como las candidatas en el rubro mejor canción. Son temas de películas o programas de televisión, con ritmos caribeños, rockeros, tangueros o de bossa nova, y letras que se ríen de los motivos que abundan hoy la pantalla grande y chica. "Juana Isabel" desnuda con cadencia de merengue los excesos de los culebrones televisivos; "Los milagros de San Dádivo" revela con un coro clerical los intereses económicos que mueven a las iglesias electrónicas, y "Ella me engaña con otro" exalta en clave de tango las exageraciones en las que caen, en manos de libretistas apurados, los dramas románticos.
Para el final el grupo, que una vez más contó con la colaboración del "Negro" Fontanarrosa, se guarda la presentación de la última creación de Hugo Domínguez, el luthier de Les Luthiers, el alambique encantador, un instrumento informal que desempeña un papel decisivo en "Valdemar y el Hechicero", la comedia infantil que cierra el espectáculo y en la que presta su voz Norma Aleandro.
Pero eso no es todo, por supuesto. Hay también una obra "fuera de programa", una partitura de Johann Sebastian Mastropiero que con una visita a varios viejos conocidos del grupo corona el espectáculo y empuja al público a saltar de las butacas y a aplaudir de pie.
Ricardo Luque