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Estudiantes / Una escuela de 100 años

De Zubeldía a Bilardo: la mitad de la biblioteca

Deportiva

Fueron el maestro y el mejor discípulo en la transmisión de un estilo que marcó al equipo platense y le entregó todos sus títulos

Hay una historia. La que encierra la magnética vida de Osvaldo Zubeldía. Hay otra historia. La que se nutre de aquella, la que creó una manera de ver, sentir, apasionarse por el fútbol. Un estilo, una bandera, exitosa, polémica, irrepetible. Aquella y esta, ligadas inequívocamente con Estudiantes, encierran una rica parte de la historia del fútbol argentino. La que se nutre, para todos, con el orden, la disciplina, la táctica, el compromiso colectivo, en suma, la inteligencia puesta al servicio del juego, con un objetivo: el éxito, el remedio de todos los males. La misma que encierra, para otros menos, el fantasma de los alfileres, en definitiva, el famoso antifútbol, más allá de los medios, con el mismo objetivo: el triunfo, el amo y señor.

Al margen de las polémicas, de las ideologías, las mismas que dividieron por décadas a los argentinos, Zubeldía fue el creador de una verdadera revolución en Estudiantes, que recorrió el mundo, siempre con el sabor del éxito. Fue un precursor, un innovador. Buscó siempre las ventajas basado sobre el estudio del rival y del reglamento, aún el de la letra más pequeña. Asumió en Estudiantes para evitar el descenso y fue campeón del mundo en aquellos años 60.

Jugadas preparadas, innovaciones tácticas -el famoso pizarrón-, el exceso por el off side como recurso, la organización, el detalle, costumbres que más de tres décadas atrás no abundaron en el fútbol argentino. "Se decía que era una vergüenza nuestro fútbol, que no dejábamos jugar, que hacíamos tiempo; algo de razón había, pero hay que aclarar las cosas. Esto es un negocio y lo único que importa es ganar", fue una de sus sentencias. Exigente, preparado, sorprendió a un medio que vivía de la nostalgia; se defendió siempre de las críticas, certezas nunca comprobadas, instaladas en el imaginario popular.

"El fútbol dejó de ser un espectáculo para convertirse en un negocio. Jugadores, técnicos y dirigentes saben que su estabilidad depende de los triunfos", dijo, 30 y tantos años atrás. Defender primero, atacar, después. El centro antes que la gambeta. Pierna fuerte y corazón. Y algo de talento, por supuesto. Así fueron sus equipos: combativos, luchadores, corajudos. Tímido, quisquilloso ("a veces me pongo violento o contesto mal, pero digo lo que siento"), se encerró en el llamado laboratorio de Estudiantes para pensar, analizar, estudiar. La utilidad, por encima de la belleza. "La organización siempre le ganará a la improvisación, aunque esta última esté apoyada en el talento", dijo alguna vez Zubeldía, un devoto lector de libros de filosofía.

Fue Bilardo el continuador de su profecía. Defensivo, estudioso, también con buen juego. Fue Bilardo el hombre que tomó la bandera flameada de la escuela pincharrata, un sello distinguido. El que se consagró en un fantástico equipo de 1982, defensivo para muchos, generoso para otros, con hombres del perfil de Sabella, Ponce, Trobbiani y Gottardi, el goleador, entre otros. Como su maestro, asumió como DT, tras sus exitosas batallas como volante, para sacar a Estudiantes de una incómoda posición. Se consagró y dejó la semilla, que cosechó un año después Manera, con otro título. Tuvo cuatro pasos por el club, y siempre destacados.

"Zubeldía cambió el fútbol del mundo. Cambió la forma de pensar de todos. Lo que decía hace 40 años es lo que ahora puede decir cualquiera con respecto a los tiros libres, los córners, la jugada del off side, la concentración, los videos, estudiar al rival. Se usó mucho después, pero todavía hay que aplicar mucho de lo que él dejó", dice del maestro, Zubeldía, el discípulo, Bilardo. El que nunca olvidó cuando una tarde, aquel profesor apareció con una pelota de rugby en una práctica. "Jueguen con esta", les dijo a los sorprendidos futbolistas. Y la ovalada fue impredecible, rebelde. Ingenioso, estudioso, apasionado, a veces, despiadado; también combatido, un buen día se marchó a Medellín, en donde dejó un legado de sus enseñanzas, hasta que la muerte lo sorprendió a los 54 años, mientras disfrutaba de un encuentro hípico, otra de sus pasiones. "A la gloria no se llega por un camino de rosas", fue su mejor enseñanza, escrita minutos antes del inolvidable juego con Manchester, en una vieja y destartalada pizarra...

Sobre antifútbol y alfileres

"Hablaron de antifútbol, por ejemplo, por aquello de jugar al off side. Cuando lo hacíamos, quedaban cinco rivales en posición adelantada: Zubeldía lo explicó un día en Canal 7. Hablaron del antifútbol por el trabajo de «laboratorio», por las jugadas con pelota detenida. Que estaba mal, que no servía... Claro, según ellos, el fútbol es solamente inspiración. Conocer al rival tampoco servía", dice Carlos Bilardo, que ya no se ofende por aquellas historias, las que apuntaron a las demoras premeditadas, a los foules tácticos; a las riñas, a las discusiones, a los supuestos alfileres.

"¿Alfileres? ¿A quién vas a pinchar? ¿Te parece que si pinchás a uno se va a quedar quieto? Lo que pasa es que no convenía poner a Estudiantes en la tapa. No vendía, había que bajarlo. Pero no lo lograron. Nos fuimos nosotros cuando quisimos, porque no pudieron", se ríe hoy Bilardo. .

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