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Opinión

 
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Jueves 11 de agosto de 2005 | Publicado en edición impresa

En el centenario de Aron y Sartre

Dos grandes faros del siglo XX que siguen iluminando el camino

Por Julio María Sanguinetti | Para LA NACION

 
 
 

A partir de esta edición, LA NACION contará con la colaboración regular de Julio María Sanguinetti, ex presidente de Uruguay. Los artículos firmados por el doctor Sanguinetti, uno de los pensadores políticos más influyentes de América latina, aparecerán con frecuencia mensual en la página de Notas.

MONTEVIDEO.– Cuando el ominoso caso Dreyfus ponía fin al siglo XIX, Clemenceau acuñó la expresión “intelectuales” en el célebre manifiesto que reunió a artistas y escritores de la época en protesta contra aquel juicio que hería la sensibilidad de la Francia liberal.

A partir de allí, la expresión ha servido para referirse a ese personaje de la vida artística, humanística o científica que, más allá de la disciplina que lo ha hecho relevante, se considera autorizado para opinar sobre lo divino y lo humano. La propia historia francesa nos dice que ese estereotipo había nacido hacía ya mucho tiempo, y no con Víctor Hugo, ejemplo paradigmático, sino mucho antes, con el gran Voltaire, historiador y filósofo que ejerció de consejero de príncipes, crítico de gobiernos y conciencia moral de la Europa del siglo XVIII.

En el mundo contemporáneo, ese intelectual ha devenido un actor social, a tal punto que es analizado en ese carácter por sociólogos como Max Weber o Wright Mills en función del papel público que desempeña.

De toda esa variedad de figuras, siempre en debate, el siglo XX, en su segunda mitad, perfiló como sobresalientes a Raymond Aron y Jean-Paul Sartre; aquél, sociólogo y filósofo de rigurosa formación germánica; éste, otro literato y filósofo de amplio espectro. Ambos fueron polos principales de la polémica sobre el destino de las sociedades contemporáneas. En su tiempo, cuando ambos resplandecían en sus ámbitos, se acuñó la frase de que en París más valía equivocarse con Sartre que acertar con Aron, aludiendo a lo que era la irrefrenable moda mundial creada en torno de la figura del autor de El ser y la nada y líder del existencialismo filosófico.

Mi generación, ubicada precisamente detrás de la de ellos (en este 2005 estarían cumpliendo ambos cien años), alcanzó a vivir ese debate con particular intensidad, porque, aun en la periferia de la geopolítica ideológica, esos dos pensadores nos marcaban estilos, rumbos y respuestas. Dibujaban el paisaje intelectual que servía de fondo a la Guerra Fría ante la mirada apasionada de los jóvenes. Nosotros hacíamos nuestras definiciones en aquel mundo maniqueo que, pasado el momento de la confrontación con el nazifascismo, se bifurcó drásticamente.

Mi propia experiencia personal, en un instituto secundario público de Montevideo, me recuerda que a través de nuestro profesor de filosofía de entonces, Carlos Benvenuto, abrimos los ojos a ese mundo de la “filosofía de la existencia” (él se negaba a llamarla “existencialismo”) allá por 1954, cuando nos hizo leer el librito de Jean Wahl y luego a Kierkegaard y Sartre.

Ha pasado mucho tiempo. Mucho tiempo desde aquel 1955 en que Raymond Aron, absorto ante la tendencia de los intelectuales a aceptar tiranías, se escapó del ámbito de la sociología científica y la historia de la filosofía para enfrentarse con los que señaló como los grandes mitos engendrados por la teoría: el “izquierdismo”, la “revolución”, el “proletariado”; a partir de lo cual fue vituperado por la implacable maquinaria marxista, ya muy excitada por lo que había sido el rompimiento de Sartre con Albert Camus y Merleau-Ponty.

La cuestión de fondo era nada más ni nada menos que la libertad. Y en todas esas polémicas, antes, durante y después, nos encontraremos siempre con Aron como el riguroso defensor de ese principio en todas sus dimensiones. Naturalmente, con su lógica irrebatible, tantas veces juzgada como fría por no dejarse arrastrar nunca al insulto (al cual tantas veces se deslizó Sartre) ni a la adjetivación. Aun sus clases –como las luminosas Dieciocho lecciones sobre la sociedad industrial, de 1955/1956– preservan ese rigor intelectual en que cada calificación se sustenta en un razonamiento y cada razonamiento en una comprobación.

El hecho es que el paso del tiempo ha ido agrandando a Aron, paso a paso y sin estrépitos. Mientras Sartre, indefendible en su estalinismo de la peor época, tanto o más indefendible aún en su maoísmo de la revolución cultural, sigue relevante más por sus gestos y su literatura que por su pensamiento.

Aron es la continuidad de una larga tradición intelectual de la filosofía liberal.

Kant, Tocqueville, Montesquieu y Weber pueden configurar el recorrido en el que él da un paso más, analizando el mundo que se estaba gestando. Así como jamás le tentó por vertiente alguna el fascismo –que a tantas mentes lúcidas confundió en los años 20–, siempre tuvo claro el error sustantivo del colectivismo.

Aron se sentía un liberal de izquierda, pese a que la propaganda lo etiquetó en una derecha que, a estas alturas, nadie advierte. Curiosamente, hoy Aron suscita una unanimidad que tiene su lógica, porque la izquierda europea ya no es lo que era y está en condiciones de entender el pensamiento de quien analizaba a Marx en detalle, pero como el clásico que es, sin carga de ideología contemporánea, sin subsumir su obra en los desvíos del leninismo-estalinismo. Con el mismo rigor explicaba las características de la Unión Soviética como sociedad industrial, que en sus años crecía con vigor, pero con sus talones de Aquiles: la falta de libertad como motor de la sociedad y la agricultura, donde avizoraba Aron que estaría un persistente factor de la crisis.

Quienquiera que se asome a los textos de Aron encontrará lo que hoy, sin duda, llamaríamos un socialdemócrata.

Advertía claramente las limitaciones sociales de la economía de mercado y la necesidad del Estado como palanca de equilibrio. Su explicación y defensa del liberalismo no cayó nunca en el conformismo.

Hay en la obra aroniana un escepticismo racional, resultante de la tensión nunca resuelta entre libertad e igualdad, que lo alejaba de los extremos. Ardorosamente defendía el valor superior de las libertades (su famoso ensayo sobre el tema desacreditaba de plano –y con lucidez no superada– la tesis tan en boga en la izquierda antigua de desprecio a las “libertades formales” de la democracia occidental); del mismo modo, y siempre razonando a partir de la realidad, llegaba a la conclusión de que el Estado tiene un rol imprescindible en la paz social, alejándose así de Von Hayek, pese a que era su amigo y admirador.

Aron nunca tuvo dudas sobre la superioridad de la democracia política y la economía de mercado. No siempre creyó, en cambio, que pudieran triunfar, absorto y preocupado ante la expansión soviética.

Desgraciadamente, su muerte, en 1983, le impidió ver la caída del Muro de Berlín. Pero dejó en claro que la revolución no ocurriría en el mundo desarrollado como lo había previsto Marx, porque la sociedad industrial había cambiado los parámetros. Es así que en 1968, en Progreso y desilusión, escribió: “Nuestro análisis nos ha llevado a la conclusión de que cuando lo que está en juego es algo estrictamente económico, los conflictos tienden a perder intensidad, pero que la tensión entre el ideal igualitario de la sociedad industrial y la jerarquía técnica y política no ha quedado resuelta. Al mismo tiempo, las desigualdades entre grupos étnicos tienden a aumentar pese a que la gente, en todos los niveles sociales, tiene la posibilidad de compartir el bienestar general”. Podríamos escribirlo hoy, cuando ya ha pasado largamente el espacio temporal de una nueva generación.

Con motivo de este doble centenario, han proliferado críticas, análisis, recuerdos. De Sartre quedan sus protestas, sus rebeldías, también su teatro. De Aron su pensamiento, su escepticismo crítico. Más allá de su legado particular, son parte sustancial de la historia de ese siglo XX de guerras y tiranías en que alumbraban, como dos faros opuestos y contradictorios, el camino, marcando senderos distintos. .

El autor fue presidente de la República Oriental del Uruguay.
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