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Gran homenaje a Bruckner

Domingo 14 de agosto de 2005
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Concierto de la Orquesta Sinfónica y el Coro Polifónico Nacional (director: Roberto Luvini), con la participación de los cantantes Susana Caligari (soprano), Susana Moncayo, (Mezzosoprano), Daniel Benchimol (tenor) y Juan Fernández Mendy (bajo), y la dirección general del maestro Jordi Mora (España). Programa: Adagio para cuerdas del Quinteto en Fa mayor (arr. de Fritz Deser) y Gran Misa en Fa menor, de Anton Bruckner. En el Auditorio de Belgrano. Nuestra opinión: muy bueno

Un auténtico homenaje a Anton Bruckner cumplieron la Sinfónica y el Coro Polifónico Nacional, con la dirección del maestro Jordi Mora, ofreciendo al público porteño una de las más grandes realizaciones de la música religiosa del siglo diecinueve, como lo es su Gran Misa en Fa menor. Un público numeroso siguió las alternativas de esta magna obra, surgida de una convicción religiosa profunda, no obstante su compleja estructura, en la que el texto litúrgico cantado se proyecta así hacia planos místicos.

Su audición estuvo precedida por el Adagio para cuerdas del Quinteto en Fa mayor, cuya concepción camarística, entre las escasas obras que Bruckner dedicó al género, mantiene en la orquestación de Fritz Deser el carácter de serena contemplación y elevación espiritual que impregnan muchas obras del compositor austríaco. Fue una oportuna elección, avalada por la sonoridad homogénea de las cuerdas de la Sinfónica, muy cuidada en el gesto de Mora, vuelo lírico en su amplio arco expresivo y profundidad orquestal y calidad expresiva en el sector grave de las cuerdas.

La Sinfónica Nacional, dirigida por Jordi Mora, en una muy buena interpretación
La Sinfónica Nacional, dirigida por Jordi Mora, en una muy buena interpretación. Foto: Gustavo Seiguer

La Misa en Fa menor registra la síntesis más acabada de las tradiciones sinfónicas clásicas a las que Bruckner fue fiel, influencias que se remontan hasta Palestrina; es ésta la más sinfónica de todas las misas que compuso. Pero, tratándose de Bruckner, debe advertirse que el sentimiento religioso –fue un católico devoto– se intensifica aquí de tal manera que llega a sobreponerse a su suntuosa orquestación. Las empinadas melodías y el espesor semántico de sus armonías resultan depuradas, enriquecidas al amalgamarse con el carácter devocional de los textos litúrgicos.

Fusión de palabra y música

Lógico es, entonces, que la exposición requiera de un equilibrio entre los distintos cuerpos sonoros que no se limita a lo específicamente musical, a las imponentes sonoridades vocales y orquestales, sino que contemple además esa fusión magistral de la palabra y la música capaz de elevar en la misa el espíritu hacia planos superiores. Este fue el mérito de la versión ofrecida, una coincidencia de fondo y de sentido, resultado de una lectura y una traducción cuidadosas de la obra, con buen manejo de los contrastes expresivos.

Jordi Mora contó con un coro disciplinado y bien preparado y una orquesta que respondió a sus detalladas indicaciones desde el Kyrie inicial, impregnado de la unción que caracterizó la serena introducción del coro y de la orquesta, en acertada fusión sonora, con un excepcional “pianíssimo” del coro “a capella” (“Kyrie eléison”). Algo ajena al contexto devocional resultó la intervención inicial de la soprano por la proyección que dio a su voz (en ésta y otras partes, salvo en dúos con la excelente mezzo Moncayo). La portentosa fuga que siguió reflejó un júbilo desbordante, pero también vibrante fue la intervención del coro y los bronces en el Gloria, elevándose en su línea melódica hacia zonas más exaltadas y luminosas, dieron cuenta de la concepción sinfónica de Bruckner.

Fueron espectaculares los cierres de la fanfarria de metales en el Gloria (“Et resurrexit…”) y en el Credo, de rico material contrapuntístico vocal-orquestal, hubo una loable intervención del tenor Benchimol (“Et incarnatus est…”). El Benedictus, con expresión intimista, preparó el quejumbroso tema del Agnus Dei, y el espectacular final de la obra.

Héctor Coda

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