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Editorial I

La escuela de antes y la de ahora

Opinión

La escuela parece haber ido perdiendo la confianza que merecía en el pasado. Por lo menos ésa es una de las conclusiones de un estudio en el cual se indagó la percepción de 304 padres de alumnos de establecimientos escolares de la ciudad de Buenos Aires, quienes evaluaron la educación que reciben sus hijos en los niveles primario y medio.

Los datos reunidos hacen propicia la ocasión para reflexionar también acerca de la evolución de nuestra enseñanza, sobre todo a partir del juicio de valor enunciado por el 61% de las personas consultadas, que coincidió en estimar que la calidad educativa ha empeorado si se compara a la escuela de hoy con el pasado de la educación pública que ellas vivieron.

El sondeo, llevado a cabo por Catterberg y Asociados y luego analizado por la consultora educativa Diéresis, permite conocer el perfil de las estimaciones por parte de los padres. Si se seleccionan algunos datos significativos y, sin dejar de ver que en el fundamento de las apreciaciones paternales influyen variables de distinta gravitación en el tiempo, es importante destacar las razones críticas aludidas al evaluar el cumplimiento de los objetivos en la escuela actual. El 63,5% cree que no se prepara a los alumnos para proseguir estudios terciarios y el 69,1% que no se capacita tampoco para el trabajo. Además, la escuela no formaría personas autónomas e inteligentes, según el 57,6%, ni lograría que su enseñanza de los valores morales sea satisfactoria para el 51,4 por ciento.

El juicio adverso de los padres revela que la confianza en la escuela ha caído respecto de la que supo ganar en el pasado. Los propósitos de introducir cambios parciales en la segunda mitad del siglo último, movidos por la percepción de fallas, fueron por lo común inestables e ineficaces, hasta llegar a la aspiración de una transformación del sistema cuya culminación fue la reforma educativa, sustentada por la ley federal, que ha generado, a su vez, decepciones y críticas fundadas.

De modo claro se ha observado cuánto perjudicaron a la enseñanza en las últimas décadas las políticas de facilismo y cuánto afectó a la escuela la crisis económica y social que padeció el país o la permanente situación conflictiva de los docentes por razones salariales, que han tenido como efecto inmediato la pérdida de tantos días de clase.

De esto pueden desprenderse dos conclusiones. La primera es reafirmar que los objetivos del proceso educativo se centran principalmente en logros de aprendizajes por medio de un nivel de exigencia que privilegie una pedagogía del esfuerzo. La otra verdad es que el proceso educativo tiene dos protagonistas: docentes y alumnos. Todo lo que contribuya a crear mejores condiciones para que esa relación prospere será beneficioso. Eso implica fortalecer el estatus profesional del docente, es decir, ingresos, reconocimiento, autoridad y capacitación para que pueda consagrarse efectivamente a su función.

Es menester, pues, revisar con hondura el cumplimiento de los objetivos de la educación a la luz de la crítica de los padres. Una escuela que no satisfaga expectativas razonables de preparación para estudios superiores o para la inserción laboral pierde importancia para el alumno y su familia.

Asimismo, las demandas de contención afectiva y de asistencia social, aunque justificadas en tiempos de necesidades agudas para muchos, deben dejar paso a la tarea esencial de estudiar y aprender a medida que se superan los problemas. De lo contrario, a pesar de los buenos propósitos, se estará contribuyendo a promover desigualdades tales en los niveles de conocimiento que afectarán el presente y el futuro de los alumnos y del país. .

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