Historias
El lugar del escritor
Proust escribía en una habitación forrada con corcho; Balzac completó La comedia humana en un perdido cuarto de París, donde se ocultaba de sus acreedores; Juan Carlos Onetti se inspiraba en la cama. Aquí, diez destacadas plumas argentinas develan el refugio secreto donde crean su obra
Juan José Hernández
Naderías *
Cuando se enteraron de que habías ganado un premio en un concurso juvenil de poesía te compraron un escritorio y pusieron sobre él un enfático tintero, con el busto de Sarmiento, que había pertenecido a uno de tus abuelos. Enviaron a enmarcar el diploma del premio, y para tu cumpleaños recibiste de regalo un ejemplar encuadernado de las Rimas de Bécquer ¡Tanta solicitud sin que nadie te pidiera, por simple curiosidad, que recitaras algunos de los poemas premiados, o una copia para leerlos!
Durante varios años, continuaste escribiendo bajo la mirada severa del prócer sanjuanino y el aparente beneplácito de tus mayores. No tardaste en descubrir que a ellos les parecía lamentable tu vocación poética: un berretín anacrónico, mujeril e improductivo. Opinaban, como Borges en un soneto, que el arte entreteje naderías. Sin embargo, ocultaron sus pensamientos. Confiaban en que sería un mal pasajero, una especie de sarpullido, típico de la edad. Desaparecería no bien cumplieras con el servicio militar obligatorio.
No se concretaron sus expectativas mezquinas. Por el contrario, ocurrió un episodio, en apariencia intrascendente, que modificó tu vida. Una noche de verano, para refrescar tu habitación, que daba a la calle, abriste de par en par las puertas del balcón. Los naranjos de la vereda habían florecido. Llovía a cántaros. Acodado en el balcón, mientras la lluvia te empapaba la cara, cerraste los ojos y aspiraste con fruición el olor de los azahares tucumanos. De pronto, a través de los sentidos, pudiste vislumbrar la plenitud inefable de la poesía; su música y su espacio intemporal. A partir de aquella lejana epifanía, escribes tus poemas en cualquier lugar: en un café de la Avenida de Mayo, como Carlos Mastronardi; en los ojos de un gato, como Baudelaire; en una pizarra de escolar, como Alejandra Pizarnik, o en una choza de paja en el trópico, a orillas del Orinoco, como Enrique Molina.
* El texto pertenece al cuentista y poeta tucumano, autor de La ciudad de los sueños; fue escrito especialmente para esta nota.
Vicente Battista
Cocinar historias
Su cuarto de trabajo tiene ventana a la calle, pero la ventana que lo desvela es el monitor de la computadora. Ha intentado leer y escribir en lugares públicos, con muy poco éxito, y siempre regresa a su cuarto. "Las veces que recurrí a la notebook con el fin de escribir recostado en un sillón o sobre la cama no conseguí nada", dice.
Hay otro rincón, sin embargo, que tiene un gran valor en su creación literaria. "Cada vez que padezco alguna traba en la escritura, voy a la cocina y me dedico a preparar alguna exquisitez. Resulta un remedio eficaz: no bien dejo las hornallas y regreso a la computadora, me reencuentro con las musas; han vuelto, tal vez seducidas por el aroma de lo que estoy cocinando", confiesa el autor de Sucesos argentinos.
Battista recuerda que las musas también lo visitaron cuando, en una oportunidad, viajaba a Córdoba en un ómnibus que tuvo un desperfecto a las tres de la madrugada. "Se detuvo en un dantesco bar de ruta a la altura de San Nicolás. Pensé que de allí tendría que salir un cuento. Frente de tormenta debo agradecérselo a ese bar."
Mario Goloboff
Espacios esenciales
Un simple cuaderno, liso o rayado, algo viejo, si es posible de escuela, constituye su lugar fundamental para la escritura. En la cocina, en el comedor diario, sobre una mesa de madera, rodeado de objetos primordiales. "Cuando era chico, andaba por allí mi madre; cuando crecí, mi mujer o alguna de mis hijas. Esas presencias femeninas dan tibieza al cuerpo, a la escritura", dice Mario Goloboff.
Para el ensayista y novelista, escribir es una tarea recatada, donde lo esencial parece ser la soledad y el pudor. "No concibo hacerlo en un espacio público, exhibiéndome", aclara el autor de La luna que cae.
El ejercicio de la docencia lo llevó a vivir en diversos países y ciudades. "Si algún espacio grande inspiró mis textos, fue el de la memoria, ese río donde cada uno descifra la corriente a su modo. Como la música, como el amor, como las cosas serias de la vida, escribir exige una gran concentración, y hay que evitar las distracciones", afirma.
Esther Cross
Inventarse un mundo
Tuvo una época en que podía escribir en cualquier lado. Luego, la autora de Kavanagh se volvió sedentaria y echó el ancla en su escritorio. "Cada lugar tiene lo suyo, y fundar un cuarto propio para trabajar se parece a escribir: es inventar un mundo. Ahora escribo en un cuarto que ya siento propio. Cerca de mi casa hay bares donde me siento a leer, para después volver a escribir, como siempre."
Raúl Brasca
Rituales mínimos
Especialista en cuentos breves, Brasca encuentra en los bares un ritual que favorece sus ideas. "Sentarme a una mesa apartada y con luz, ir recuperándome a mí mismo mientras tomo un primer café y miro distraídamente las otras mesas, fijar la vista en un televisor cuyo sonido no oigo, adivinar las palabras que corresponden a las imágenes, esperar." Así lo hace, por ejemplo, en El Nacional (Humberto Primo y Bolívar).
Ana María Shua
Donde sea, pero cómoda
E lla asegura que podría escribir parada, como Flaubert; sentada en un café, como Beatriz Guido, o con ayuda de una mecanógrafa, como Dostoievsky. "Podría escribir en los aeropuertos, en los aviones, en los baños. Podría escribir en una manifestación, sostenida por la presión y la energía de la masa humana. Podría escribir en el ascensor, en la peluquería, en las discotecas, en la calle, en el balcón, en una nave espacial, en la cama o en la luna", dice la autora de La sueñera."Podría, pero no lo hago. En la práctica, desde hace veinte años escribo en un departamento de la calle Pueyrredón, sentada frente a mi computadora. Es muchísimo más cómodo."
Luisa Valenzuela
Ruido de lluvia
Siempre aspiró a escribir en cualquier lado y en todo momento. Pocas veces lo consiguió. Tras una larga permanencia en el extranjero, donde nacieron muchas de sus obras, Luisa Valenzuela erigió en Buenos Aires su estudio secreto: un simple galpón. "Me compré este lugar por el galpón. Era una pequeña fábrica abandonada, horrible y oscura. Yo espiaba dentro del galpón, al que no podía acceder porque los dueños no encontraban la llave del candado, y soñaba con el estudio. Era el espacio perfecto", dice la autora de Novela negra con argentinos. Hoy es un lugar muy amplio, barroco, repleto de libros, máscaras, pinturas y objetos que son señales de mundos lejanos.
"Son focos para un mirar hacia dentro. Conservé el techo de chapas, abovedado, y lo hice aislar por afuera para no achicharrarme en el verano. Igual, la lluvia suena lindo." Allí, cada tanto tiene que combatir con algunas goteras del techo, y siempre con las del alma. "A estas últimas las enfrento con la laptop, que nunca muevo de acá, ni siquiera para salir al jardín."
Federico Andahazi
Solo en los bares
Regla general: trabajar en los bares. Requisito esencial: ocupar una mesa junto a la ventana. "No me molesta el ruido; ante la inexistencia del silencio perfecto, prefiero un bullicio sostenido. Me resulta imposible concentrarme en una biblioteca: el vuelo de una mosca se escucha como la turbina de un avión; el rechinar de una silla, como un movimiento tectónico, y un susurro, como el coro de una hinchada de fútbol", dice.
El bar La Academia, en Callao y Corrientes, fue su oficina durante años. Tenía cuenta corriente y una mesa reservada junto a la ventana. Uno de los mozos llegó a ser un muy buen amigo suyo. "Cuando reemplazaron al personal, supe que también yo debía migrar. El anatomista y Las piadosas nacieron en ese bar. Ahora, por mera vecindad, suelo ir a alguno de los bares de Palermo que circundan la plaza Serrano."
Viaja con más frecuencia de la que le gustaría. Pero gracias a las giras de presentación fue descubriendo rincones en distintas ciudades. "En Moscú existe un bar, el café Pushkin, donde escribí algunos pasajes de Errante en la sombra. En Estambul hay un hotel británico en cuyo café comencé a escribir El secreto de los flamencos."
Antonio Dal Masetto
Mi lugar cómplice
Afirma que si las ideas acuden, cualquier sitio es bueno para escribir. "Durante un viaje de unos tres meses andaba detrás de una novela y tomé apuntes en un grabador; cuando había tiempo, en una pieza de hotel, en una plaza, a mano, pasaba lo grabado a cuadernos", dice Antonio Dal Masetto. Este material es luego sometido a un prolongado trabajo de la elaboración, y es entonces cuando aparece el sitio preferido. Cuenta que siempre le bastó con un espacio mínimo, desde la mesita en una pieza de pensión hasta el rincón de un departamento.
El autor de Siete de oro trabaja de mañana. Hay una ventana con buena luz, una pared de frente con apuntes pinchados en un panel de corcho, un desnudo de Modigliani. También, silencio. "Teléfono desenchufado, prevención de que no sonará el timbre. Buen lugar ese rincón de mi casa, lugar cómplice y de resguardo; sé que está esperándome e intento no defraudarlo. Cada día, empujado por la angustia y el placer de la obsesión del trabajo, trato de instalarme. Ahí permanezco mientras dure la fiebre y haya nafta en el tanque; luego, será hasta la próxima cita."
Carlos Dámaso Martínez
Iluminado y en compañía
Señala el caso de Hemingway, que escribía parado, o el de Onetti, que lo hacía en su cama. Y el de Faulkner, que decía que el lugar ideal era el prostíbulo donde trabajaba como portero. Para el autor de El informante, sentarse ante una mesa es algo ineludible; la de su departamento, mucho mejor. "Allí tengo un escritorio grande lleno de papeles y libros donde me hago un espacio cuando escribo a mano. Pero el trabajo más intenso y continuo lo hago en la computadora, que está al lado del escritorio, siempre encendida."
Bien cerca, su biblioteca y la radio de un equipo de audio encendida. La música y las voces de la radio le ofrecen compañía. Las persianas, eso sí, siempre abiertas. "Hay que sentirse iluminado. Creo que no podría escribir en un sótano. Imprimo mis escritos y luego los corrijo sobre el papel. Me gusta hacerlo a veces en algún bar cercano." Cambia seguido de bares, pero prefiere uno que está frente al parque Lezama. Mientras toma un café, corrige sus textos sin dejar de observar a quienes lo rodean. Y, claro, alguna vez esos seres reales le sirvieron para delinear sus personajes de ficción. .
Por Orlando Romano