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El fin del peronismo

Opinión

Por Marcelo Gioffré
Para LA NACION

¿Existe aún hoy el peronismo? ¿Cuántos hay? ¿Se suman las distintas fracciones en que está dividido? ¿Fue el de Menem el tercer peronismo, como sostiene el sociólogo Ricardo Sidicaro, la continuación del cuarto, como prefiere Alejandro Horowicz, o no fue peronismo? ¿Es Kirchner peronista? Suponiendo que lo fuera, ¿es la continuación del camporismo, la del menemismo, o encarna una versión novedosa?

Visto con la perspectiva de quince años de distancia, el fracaso del plan Bunge & Born, en la primera etapa del gobierno de Carlos Menem, podría trazar una línea divisoria en la política del país. En su libro Los tres peronismos , Sidicaro analiza los períodos peronistas de 1946/55, 1973/76 y 1989/99 a la luz de una premisa muy rica: la capacidad del Estado para arbitrar entre los distintos factores de poder.

Si bien el ocultamiento de las opiniones disidentes durante el primer peronismo torna dificultoso el análisis, es indudable que esa política se construyó como un conjunto de decisiones destinadas a arbitrar -no sin un sesgo antiagrarista y antiexportador- entre los distintos sectores. Y ese mismo propósito anidaba en el formato que el Perón de 1973 trató de imprimir a su segundo período, cuando entregó el Ministerio de Trabajo al sindicalista Ricardo Otero y el Ministerio de Economía al dirigente empresarial José Ber Gelbard.

En esa misma dirección apuntaron las primeras designaciones de Menem: el dirigente sindical Jorge Triaca como ministro de Trabajo y Miguel Roig y Néstor Rapanelli, altos directivos de Bunge & Born, a cargo del Ministerio de Economía.

Lo que quizás no se advirtió en las últimas dos tentativas fue que los aparatos estatales, indispensables para ejercer el papel de árbitro, habían ido sufriendo un desgaste creciente, hasta quedar reducidos a una caricatura, lo que hizo que ambos ensayos derivaran en dos de las mayores frustraciones argentinas: el golpe militar y el terror, en 1976, y la hiperinflación, en 1990/91.

Aun durante los hiatos no peronistas posteriores a 1955 este intento corporativo siguió prevaleciendo. A ello obedece, sin duda, que en la asunción de Juan Carlos Onganía hayan estado presentes altos dirigentes de la CGT, que veían en aquel jefe militar la posibilidad de reflotar el pacto originario del peronismo. Y no es casual que uno de los motivos fundamentales del triunfo de Alfonsín en 1983, cuando cundía el pavor por la vuelta del peronismo, haya sido la oportuna denuncia del pacto militar-sindical.

La creciente anemia estatal es una causa necesaria, pero no suficiente, para el apagón del peronismo. Otros tres matices ejercen un papel crucial. El primero es la ausencia de líderes cuyo pintoresquismo suscite el vértigo de las masas populares. Perón y su motoneta; Perón y sus guiños cargados de pícara complicidad; Eva y su mezcla de pasado oscuro y presente fastuoso o Menem y su simpatía campechana, que combinaba furcios históricos con bailes árabes, deportes y dotes de seductor, fueron los fundamentos últimos con los que esos políticos cautivaron a las masas, deseosas de que un héroe visible soñara el sueño colectivo y, de ese modo vicario, las redimiera de la opacidad de la rutina diaria.

Ni los Duhalde ni los Kirchner parecen dotados de las notas requeridas para desempeñar ese papel providencial.

El segundo matiz es la imposibilidad de mantener un sesgo antiexportador en un país sobreendeudado, cuya necesidad de conseguir divisas para pagar a los acreedores no resulta un tema trivial. Renovar el espejismo que pudieron producir Perón y Menem con la movilización artificial del mercado interno ya no es asequible, como en el pasado, por la simple razón de que las formas de financiar esas fiestas (sean la emisión monetaria, el endeudamiento o la venta de activos) están agotadas.

El tercero y último rasgo es el cambio social operado en los últimos años, que pulverizó a las clases sociales en tanto tales, quitándoles una cohesión que había ejercido cierto importancia en el reparto de responsabilidades políticas: un tripartidismo articulado sobre la base de la clase baja, representada por el peronismo; la clase media, por el radicalismo, y la clase más alta, por el "partido militar". Los trabajadores, que tuvieron un papel central en la llegada al poder de Perón, en 1945, pasaron a ser individuos pobres, cartoneros o excluidos, sin ninguna articulación clasista. Basta recordar que las cajas PAN que repartía Alfonsín y los subsidios que administran los piqueteros tienen pocos puntos de contacto con los festivos regalos navideños de sidra y pan dulce con que Eva Perón encantaba a las barriadas populares.

Pero también en las clases medias, que fueron definitorias en las elecciones de 1983, se manifestaron cambios decisivos: la decadencia de los servicios brindados por el Estado, tanto en materia de salud como de educación y seguridad, condujo a una suerte de sálvese quien pueda, que desembocó en la mudanza a los countries, en la multiplicación de escuelas, sanatorios y cementerios privados, en el florecimiento de los shoppings e hipermercados y hasta en el surgimiento de límpidas autopistas, cuyos blindados andariveles atraviesan las villas miseria sin mayor contacto que la molestia visual y una tenue sensación de amenaza.

Ello se vio nutrido en el segundo subperíodo del tercer peronismo, iniciado en 1991, cuando Menem hizo populismo no para las clases bajas sino para las medias -con lo que debilitó al radicalismo- y convocó a su gobierno al elenco estable de economistas de los regímenes militares, con lo que consiguió la adhesión de las clases altas. Provocó, así, una promiscuidad inigualable, que terminó por fulminar el imperfecto sistema tripartidista. No es casualidad que en 1995 Menem haya ganado con un conglomerado de votantes francamente heterogéneo, que iba del "voto cuota" de la clase media al voto popular de Villa Lugano y La Matanza, llegando hasta al voto conservador de Barrio Norte.

Hoy, el peronismo no cuenta con un aparato estatal adecuado para jugar su papel de mediador, no tiene una figura carismática, no tiene clases cohesionadas, no tiene posibilidad de ser antiexportador ni de alentar artificialmente el consumo interno. ¿Qué le queda? Nada. Y esto es, quizá, lo que advierte con sagacidad el presidente Kirchner cuando se distancia tanto del factor sindical como del empresarial.

Pero este aparente sesgo antifascista, por desgracia, no lo convierte en un referente liberal, tan pronto como se advierte su afán hegemónico, su intolerancia frente a las críticas de la prensa o de los opositores, su despareja actitud frente al piqueterismo y su reivindicación insólita de una militancia identificada con valores de la izquierda marxista. Una forma de ver las cosas sería perfilar a este gobierno como una nueva versión del peronismo. Podríamos, empero, en lugar de seguir sumando variantes en un esfuerzo de plasticidad cada vez más titánico, pensar que la noción de peronismo en estado puro quedó clausurada con el fallido plan B y B, en 1990, y que lo que sobrevino a ese fracaso no es sino el acomodamiento del polvo suspendido después de la entropía peronista. En esta hipótesis, el menemismo tardío, Duhalde y Kirchner serían polvo de estrellas. Por eso Tulio Halperín Dongui sostuvo en 1994, premonitoria y magistralmente, que la Argentina que había logrado salir de su callejón se resignaba a vivir en la más dura intemperie. A nada menos que once años de aquella afirmación, perdura la intemperie y el nuevo mapa político sigue sin siquiera insinuarse, atascado por un peronismo que no termina de derrumbarse. .

El autor es escritor, periodista y abogado. Su último libro es la novela Mancha venenosa .
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