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Los enemigos de la democracia

Por Félix V. Lonigro Para LA NACION

Miércoles 31 de agosto de 2005

Cuando en un país como la Argentina, cuya Constitución adoptó un sistema de gobierno democrático, hay hambre, pobreza, desocupación, corrupción e inseguridad; cuando las instituciones republicanas no funcionan como corresponde; cuando la justicia es lenta; cuando las autoridades están ausentes; cuando unos pocos reclaman adueñándose de las calles y perjudicando a miles de ciudadanos que nada tienen que ver con sus problemas; o cuando otros hacen lo propio a costa de poner en riesgo la vida y la educación de niños, indudablemente la sociedad percibe la existencia de caos y anarquía.

Ante esta situación, algunos adjudican responsabilidad a las autoridades o gobernantes, otros directamente a la democracia, y un tercer grupo distribuye culpas en forma indiscriminada sin advertir diferencia alguna entre los términos "gobierno" y "democracia".

Por lo tanto, un correcto análisis de la situación debe comenzar por diferenciar bien ambos conceptos que, si bien están muy ligados, son absolutamente diferentes. La "democracia" es un sistema de gobierno que se caracteriza por ser el pueblo el titular del poder o de la capacidad de mando que, por necesidad y organización, transfiere a unos pocos, para que lo ejerzan en su representación y conduzcan los destinos de la Nación. Estos últimos son, precisamente, los gobernantes o integrantes del "gobierno" que representa al pueblo.

Sin embargo, la democracia no se agota con la simple aunque trascendente elección de autoridades, sino que, además, constituye un estilo de gobierno que debe caracterizarse por la permanente búsqueda, por parte de los gobernantes, de satisfacer el interés general y de respetar y tolerar el ejercicio de los derechos y libertades que la Constitución Nacional otorga a los habitantes.

Quiere decir que, para ser democrático, un gobierno no sólo debe ser elegido por el pueblo (legitimidad democrática de origen), sino que además debe tener un estilo de gobierno democrático (legitimidad de ejercicio).

Por lo tanto, queda claro que "democracia" y "gobierno" son dos términos muy identificados, pero que no deben ser confundidos.

Quienes entienden esta diferencia y adjudican a las autoridades (gobierno) la responsabilidad de los problemas políticos, sociales y económicos que vivimos los argentinos, tendrán sus motivos, y utilizarán los actos eleccionarios para premiar o castigar a quienes corresponda según sus criterios, que otros podrán o no compartir, pero que siempre es necesario respetar para que también sea democrático el estilo de convivencia entre los integrantes de la comunidad.

Por su parte, quienes no logran distinguir estos conceptos, son aquellos que, indiscriminadamente, imputan la responsabilidad de todos los males a los gobernantes o a la democracia, y suelen repetir frases tales como "así la democracia no sirve" o "esta democracia no funciona". Son los ciudadanos que no logran entender que si los gobernantes no saben, no quieren o no pueden resolver los problemas que heredaron o ellos mismos crearon, no corresponde responsabilizar por eso al sistema, y que si consideran que aquéllos no cumplen con su deber, la misma Constitución Nacional fija los tiempos electorales necesarios para que la confianza oportunamente conferida sea o no ratificada. Es que si un gobierno es ineficiente o inepto es la misma democracia la que nos brindará la oportunidad de modificar rumbos por medio del sufragio.

Es cierto que esta confusión conceptual es grave, pero si se confía en las instituciones educativas y se tiene la paciencia necesaria para esperar los resultados, la cuestión puede resolverse con el tiempo.

En cambio el problema radica en la existencia de algún sector de la sociedad, que conoce bien la diferencia entre los términos "democracia" y "gobierno" y, sin embargo, considera que los permanentes problemas de nuestro país son pura y exclusiva responsabilidad del sistema democrático.

Hace unos días, el líder gremial del hospital Garrahan ha dicho de viva voz que la democracia no sirve; sin embargo, no dudó un instante en aprovechar las libertades y ejercer los derechos que las autoridades deben respetar (a fin de no incurrir en un estilo de gobierno antidemocrático) para plantear públicamente sus reivindicaciones salariales, poniendo en riesgo la salud y la vida de cientos de niños.

Esto es más grave que la ignorancia cívica, porque estamos ante enemigos declarados de la democracia que crecen y se desarrollan dentro de su propio seno, hacen política, utilizan sus herramientas, sus derechos y libertades e, incluso, gracias a ellas, pueden permitirse, en algún momento, reclamar el voto popular para ocupar cargos de gobierno.

En este caso, es probable que la educación cívica del resto de la sociedad no pueda actuar sobre esos sujetos, pero sí para aprender a reconocerlos y evitar su influencia; una influencia que pretenderá hacernos creer, a partir de la generación del caos y la convulsión social, que la democracia es débil y que no sirve para solucionar los problemas de la gente.

Es indispensable entender que si bien la democracia, al exaltar la libertad, genera cierto grado de conflicto social, también reclama la elección de gobernantes que pongan las cosas en su lugar, tornándola absolutamente compatible con la existencia de autoridades, de autoridad, de orden y de normas que regulen el funcionamiento de las instituciones y la convivencia social.

El autor es profesor de Derecho Constitucional de la UBA.

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