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Sutil transcurrir del tiempo

Jueves 01 de septiembre de 2005
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LA NACION
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"Como pasan las horas" (Idem, Argentina/2004, color; hablada en español). Dirección: Inés de Oliveira Cézar. Con Roxana Berco, Guillermo Arengo, Susana Campos, Agustín Alcoba, Pedro Recalde, Javier Fainzaig, María del Rosario Quaranta, Carlos Lanari. Guión: Inés de Oliveira Cézar y Daniel Veronese. Fotografía: Gerardo Silvatici. Música: Martín Pavlovski. Edición: Ana Poliak. Presentada por Primer Plano Film Group. 85 minutos. Apta para todo público. Nuestra opinión: muy buena

Primero hay que aclarar que "Como pasan las horas" carece de una estructura narrativa convencional, de modo que resulta poco aconsejable para quienes prefieren un cine argumental y son poco afectos a la experimentación en el lenguaje. Aquí no hay una anécdota desarrollada en torno de un conflicto o el típico esquema de planteo, desarrollo y desenlace (por lo menos, no lo hay en apariencia), sino el registro de unas pocas horas en la vida de cuatro personajes: una mujer y su madre; el marido de aquélla y el pequeño hijo de los dos. De ese registro, que se apoya más en las imágenes, los climas, los silencios y los pequeños gestos que en el progreso de alguna construcción dramática, se desprende una observación sutil de los sentimientos que los vinculan -en especial, los que unen a padre e hijo y madre e hija-; un tratamiento expresivo del entorno natural en el que parece corporizarse el paisaje interior de cada uno, y en fin, o sobre todo, una percepción del tiempo, cuyo lento paso sugiere la sensación de alguna transformación inminente aunque difusa.

Es un film de sensaciones, de atmósferas dominadas por cierta mansa y melancólica dulzura. Envuelto quizás en un cierto misterio, no porque adopte un lenguaje hermético, sino porque así es de inmaterial e indefinible lo que busca apresar y transmitir: el transcurrir del tiempo (o mejor: el modo en que los personajes perciben ese transcurrir) y porque el film busca la vía poética para alcanzar ese territorio delicado e intangible.

Cohesión formal

Hay un sutil, pero perceptible vínculo entre el ánimo de los personajes y el ambiente en que se desarrolla esta jornada, un paraje agreste y escasamente habitado entre los bosques y las anchas playas de la costa del sur bonaerense. Con una rara sensibilidad para percibir ese nexo, Inés de Oliveira Cézar encuentra el modo de volcarlo en sus imágenes estilizadas (es excelente el trabajo de Gerardo Silvatici), así como logra deslizar bajo la superficie de una conversación trivial el callado malestar, la inquietud, el temor o la pena de sus personajes.

Así sucede desde el principio, en ese largo introito del desayuno -casi un monólogo del hombre- que opera como un virtual informe de situación y destapa alguna divergencia bajo el trato cordial del matrimonio. La tenue línea argumental se separa luego en dos direcciones: ella va en busca de su madre enferma para pasar juntas una jornada en el campo; él sale con el chico rumbo a la playa. El film articula con naturalidad y gran cohesión formal esos dos encuentros: la excursión de padre e hijo, con su tibia sencillez y su frescura, tiene su contracara melancólica, pero igualmente entrañable en las escenas en que madre e hija comparten, casi sin palabras, su tierna intimidad y su sorda pena, alguna vieja canción, alguna tímida confidencia, alguna secreta perplejidad.

Podría decirse que "Como pasan las horas" (así, con el como sin acento), es un film en voz baja, sin acentuaciones ni discursos, tan discreto y parco en su expresión que hasta la muerte, cuando llega, lo hace sin escándalo, en silencio. Todo transcurre en un sosegado tono de parsimoniosa contemplación que vuelve casi perceptible el fugaz paso del tiempo y que no se altera sino para acompañar los vaivenes de la naturaleza: la cambiante luz del día, el viento, el estruendo del mar, el ruido de los leños quemándose en el hogar. El film habla con la sugestión de sus elaboradas imágenes tanto como a través de sus ritmos y sus silencios. En ese contexto, la reiterada distorsión de imágenes que remite a Alexander Sokurov (y en especial a "Madre e hijo") produce un distanciamiento que puede resultar contraproducente.

En cambio, es decisiva la presencia de la recordada Susana Campos, con su máscara elocuente y conmovedora en la que se mezclan las huellas del dolor y cierto gesto de sabia mansedumbre. Nadie podría haber entablado con ella un diálogo tan elocuente, tan sentido y tan terso como Roxana Berco, su hija en la ficción y en la vida real. La convicción y la expresión cálida de Guillermo Arengo y la sorpresiva naturalidad del pequeño Agustín Alcoba revelan otros méritos de Oliveira Cézar, así como de los de sus colaboradores, entre quienes se hace visible el aporte de Daniel Veronese.

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