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Gracias a "Sábado", Ian McEwan es el gran escritor del momento

El autor reflexiona sobre la Londres actual

Martes 06 de septiembre de 2005

NUEVA YORK.– En el noticiero nocturno de la BBC, su conductor anunció oficialmente, en tono solemne, la publicación de “Sábado”, la nueva novela de Ian McEwan, a quien declaró “la voz internacional de la novelística británica”.

El mundillo editorial londinense no recuerda otra ocasión en que una novela haya sido noticia, en un informativo nocturno, sólo por sus méritos literarios. La BBC alentaba las aclamaciones (“¡Oigan! ¡Ha salido un buen libro!”) y envolvía con la bandera del establishment a un escritor otrora bastante marginal. Sus primeros libros fueron extraños, perturbadores, deliberadamente chocantes.

Los críticos británicos lo recibieron con un coro de adulaciones rayanas con la admiración reverente.

Cuando lo visité en su hogar –una casa que derrocha espacio, sobre una plaza milagrosamente tranquila en pleno centro de Londres– McEwan tenía todos los motivos para manifestar una complacencia exuberante. Sin embargo, me saludó con su calma habitual. (Parece un Clint Eastwood amable, intelectual, con lentes, unos ojos que se entornan peligrosamente y un aire de pausada certeza.)

“La publicación de libros está hecha de superlativos –dice con indiferencia–. Tuve muy buena prensa. En verdad, me sorprendió porque después de «Expiación» pensé que, sin duda, me había llegado el turno de recibir un buen puntapié.” El éxito colosal de "Expiación" (2001) fue una obertura para la fanfarria de "Sábado".

Timothy Garton Ash, el historiador y politólogo de Oxford, cree que su amigo Ian ha venido disfrutando de algo más que un lanzamiento triunfal. "Es una coronación -insiste-. La primacía de Ian entre los novelistas ingleses de su generación hoy es un hecho cultural aceptado."

McEwan se niega a dejarse embelesar por el éxito. "El otro día asistí a la presentación de la nueva novela de Ishiguro. Yo estaba junto a Ish cuando Julian Barnes se acercó y le dijo: «Qué grato es conocer al mejor novelista mundial del mes»." Impasible, deja pasar un segundo y pronuncia su veredicto: "Yo tuve mi mes". (Y algo más: a mediados de marzo, seis semanas después de su aparición en el Reino Unido, "Sábado" seguía ocupando el segundo puesto en la lista de best sellers del Times, por encima de John Grisham... y de Kazuo Ishiguro.)

En la fiesta de lanzamiento de "Sábado", la pléyade literaria londinense colmó un club privado en South Kensington. Además de Ishiguro y Barnes, asistieron los novelistas David Lodge y William Boyd. El mundo teatral estuvo representado por los dramaturgos Harold Pinter y Michael Frayn. Huyendo del gentío, me topé con la novelista Edna O´Brien. Según me contó, asombrada por la cantidad de invitados, le había preguntado a Ian si conocía a toda esa gente. "A todos", había respondido él.

Una docena de libros constituyen la base de la excelente reputación literaria de McEwan, única fuente de su celebridad. Si "Sábado" tuviera la mitad de los valores que posee (y conste que, a mi juicio, sólo la supera "Expiación"), su autor todavía estaría en la primera fila de los novelistas actuales que escriben en inglés.

Estilo discreto y controlado

En los últimos quince años, su obra se ha caracterizado por un estilo discreto, muy controlado; escenas elaboradas, aterradoramente vívidas; un argumento cuidado y una clara percepción de la inteligencia y sinceridad del autor. En algunas novelas tempranas, McEwan se controló casi en exceso: había escenas abiertamente artificiosas, escritas en un estilo demasiado brillante. Podía subir la temperatura, pero parecía incapaz de hacerlo sin que el lector advirtiera cómo manipulaba el termostato. Luego, en "Expiación", logró mantener una temperatura elevada del principio al fin. Pese a estar dividida en tres partes muy diferentes, la novela se percibía como una totalidad magnífica. Todas las escenas atrapaban al lector.

"Sábado" también parece una novela integral, en parte porque todo sucede en un solo día y nunca nos apartamos de nuestro héroe, Henry Perowne, un neurocirujano eminente. Casi siempre estamos dentro de su cabeza experimentando el "brillante cine interior del pensamiento, la vista, el sonido y el tacto", como lo llama McEwan, o encaramados sobre su hombro observando todos sus movimientos.

La novela transcurre en Londres el 15 de febrero de 2003, con una manifestación pacifista multitudinaria como telón de fondo. Los acontecimientos del 11 de septiembre ensombrecen la memoria y la guerra inminente es una inquietud ruidosa y divisiva, pero Henry Perowne la pasa bien. Como explicó McEwan: "Me pregunté qué pasaría si le concediera a un hombre todos los recodos felices de la vida. Si le diera placer sexual, amor, vino, comida, vida familiar y un trabajo interesante; si le quitara todo problema inmediato, ya sea doméstico o profesional".

Obtendría un hombre cuya existencia sería un eco de su propia vida. Henry Perowne vive en una casa que se asemeja a la de McEwan en casi todos los detalles elegantes y costosos. Hasta el par de pichones descongelándose junto a la heladera, en su cocina amplia y terriblemente limpia, cuadra al estilo de vida de Perowne. La esposa de Henry está haciendo carrera, a toda marcha, en un importante diario londinense; la de Ian también. Perowne tiene dos hijos en edad de ir al college, talentosos y sociables, con los que se lleva bien; McEwan ídem. Uno de los placeres incidentales de "Sábado" es la brillante descripción de un partido de squash muy reñido. Aunque el novelista de 56 años ha debido casi renunciar a este deporte a causa de su rodilla lesionada, el neurocirujano, de 48, sigue practicándolo más o menos al mismo nivel que McEwan.

Se parecen en cuestiones importantes y en pequeñeces: comparten una ambivalencia sincera respecto de la guerra en Irak y un materialismo vocinglero e intransigente; aman los blues y les repele arrojar langostas vivas a una olla con agua hirviendo. Sin embargo, difieren mucho en aspectos importantes. Al consagrarse a su profesión con la intensidad que ella exige, Perowne ha caído en una gran estrechez de miras.

Henry Perowne jamás es ilógico o perverso; su acto más extraño es orinar sentado sobre el inodoro. En un tiempo, Ian McEwan tuvo mala fama por la perversidad de sus primeras novelas. Como él mismo ha dicho, eran "sexualmente extrañas, oscuras" y le valieron el apodo de "Ian McAbre". ¿Acaso ha dejado atrás todo eso? El calla. En las entrevistas, muestra el mismo dominio de sí que en sus novelas. Una agudeza seca, casi amarga, y una cadencia reflexiva al hablar delatan al racionalista confiada y relajadamente dueño de sus facultades. No comete un solo error.

El enfoque de "Sábado", ceñido a lo cotidiano, se cruza con las preocupaciones más amplias del momento histórico. Vemos cómo una manifestación de terrorismo local opera en un nivel personal, en el living de Perowne, copia fiel del suntuoso living, de techo alto, donde conversamos McEwan y yo.

"Si no lo hubiéramos visto en nuestras pantallas, el 11 de septiembre sería tan sólo uno más en la lista de hechos terribles acaecidos en todo el mundo. No nos perseguiría de este modo obsesivo", escribió McEwan en un comentario conmovedor para la prensa británica inmediatamente después de los ataques.

Sostiene que ese acontecimiento ha causado un impacto profundo y duradero: "Estados Unidos cambió. Su política exterior cambió. Todo el eje de atención cambió". Su compasión por Estados Unidos, en tanto víctima del terrorismo, no lo indujo a apoyar la guerra en Irak aun cuando, para consternación de algunos amigos izquierdistas, tampoco se opuso a ella.

McEwan sigue siendo ambivalente. Habla de la guerra con convicción; en tono pausado, desovilla una serie de opiniones informadas que lo dejan en posición segura. "La ocupación fue un desastre -dice-. Un gobierno que nunca creyó realmente en el poder del Estado tuvo que inventar un Estado en un lugar remoto. [...] Las elecciones [en Irak] me reconfortaron en cierto modo. Uno de los aspectos más desagradables de algunos ángulos de la izquierda británica, y, según me han dicho, también de la norteamericana, es que alienten a los insurgentes. Preferirían el fracaso de la democracia en Irak al triunfo de Bush; es una política profundamente cínica o asombrosamente estrecha. No me importa un comino la reputación de Bush, pero sí me importa la estabilidad que debería tener Irak. Por eso quiero que él triunfe."

Se esfuerza por no rechazar a Bush de un modo reflejo: "Cuando él habla, debo recordarme a mí mismo que esas cosas no son mentiras sólo porque él las diga". Aun así, valora poco su política interna: "George Bush quizá tenga visiones respecto de la democracia mundial, pero, ciertamente, no tiene la menor visión de qué tipo de país quiere gobernar. Su política es la de un rentista del siglo XIX".

Henry Perowne se mofa del "pensamiento primitivo de quienes son afectos a lo sobrenatural". McEwan lo rechaza abiertamente: "No tengo paciencia con los creyentes". Tampoco tolera los eufemismos confusos: "No comprendo a qué se refiere la gente cuando habla de lo espiritual. ¿A un tipo barbudo que está en el cielo? ¿A sentimientos elevados? La experiencia artística ¿es espiritual? Cuando oigo esa palabra echo mano a mi revólver". Luego de esta andanada contra la religión, y a modo de contrapeso, ensalza las maravillas del materialismo, a su juicio "la cosmovisión más liberadora".

Con un neurocirujano

Como parte de los preparativos de "Sábado", McEwan pasó dos años observando el trabajo de un neurocirujano. "Descubrí que no me causaba repugnancia alguna. Estaba demasiado interesado por ver un cerebro. Eso tiene un atractivo inmenso para un materialista como yo. Uno mira esa cosa material y no puede creer que sea consciente... o que lo será cuando desaparezca el efecto de la anestesia."

Con todo, hay un obstáculo. "El lado repulsivo de la neurocirugía es el olor -admite-. La sierra o craneótomo chamusca el hueso. El olor es horrible." Presenta este hecho desagradable con evidente satisfacción, recostado sobre el diván tapizado en cuero, con los tobillos cruzados y las manos entrelazadas detrás de la cabeza.

Al comienzo de la novela, y, nuevamente, al final, entramos con Perowne en el quirófano y presenciamos de cerca una operación. McEwan describe el procedimiento con una transparencia notable. Cuando está trabajando, Henry Perowne "se siente tranquilo y espacioso, plenamente capacitado para existir. Es una sensación de vacío clarificado, de alegría profunda y callada". Domina su mundo como un dios, igual que un novelista. "Cuando un escritor, sea quien fuere, se adentra en la obra de otro, siempre deja traslucir su propia introspección", reconoce McEwan. Dice haber orquestado la escena final en el quirófano "de manera tal que se refiriera a la escritura: el acto de escribir tendría algo que ver con la cirugía en sí".

Tal era su afán por establecer un nexo entre la ciencia del neurocirujano y el acto creador de un artista que en los primeros borradores de la novela Perowne metía un pincel en un bol con una solución de Betadine y pintaba el cuero cabelludo de un paciente de un color "amarillo girasol". Cuando le mostró la novela al neurocirujano cuyo trabajo había observado éste le dijo: "Yo no uso pincel". McEwan no quiso creerle: "Yo lo vi con un pincel". "No, no. Es una esponja sujeta por una pinza", insistió el cirujano. "Dígame, por favor, ¿usted nunca usa pincel? ¿Alguien lo usa?", rogó McEwan. "No tengo noticia." Así, para no cometer una inexactitud, McEwan sustituyó el pincel por la pinza con la esponja. "Tuve que conformarme con una mera sensación de Van Gogh, como lo es una piel coloreada de amarillo con Betadine."

Hace unos años, McEwan me contó que su prosa "ideal" sería "una tela con una pálida base mate, a la que añadiría un conjunto de pinceladas en colores intensos". Esta vez, insinuando una burla de sí mismo, proclamó su preferencia por un estilo "neoclásico": "Quiero claridad, precisión y comprensión".

Una reseña había dicho que "Sábado" "le debe demasiado" a "La señora Dalloway", pero cuando le mencioné a McEwan esta novela de Virginia Woolf, me dijo que más bien había pensado en Saul Bellow y su "maestría de la digresión" en Herzog ("siempre la tuve a mano mientras escribía esta novela"). También en John Updike y su uso "hipnótico" del tiempo presente en las novelas del Conejo. "Hay cierto tipo de novela que se propone captar, aprehender, a una persona, una ciudad, un siglo. Los norteamericanos sobresalieron en él en la segunda mitad del siglo XX."

En "Sábado" el novelista ha alcanzado un dominio absoluto de su oficio. Aquí no hay accidentes; sólo hay efectos deseados. McEwan admite la dificultad de crear una obra tan precariamente artificiosa: "Es algo así como hacer girar varios platos en la punta de un palo. Quiero llegar a ese momento dando pasos que tengan sentido dentro del mundo físico reconocible".

Por ahora, se ha tomado un descanso. "De veras, me gusta dejar de escribir por un tiempo, pero en algún momento lo detestaré. Podría ser dentro de un año o dentro de seis meses. Esta es una fase realmente agradable", dice. Timothy Garton Ash me advirtió que esta "fase agradable" podría no durar por otras razones. Tal vez, su actual reinado le resulte incómodo a su amigo (hasta proveyó la cita pertinente: "Intranquila yace la cabeza que lleva corona"). "Sin duda, Ian tendrá que habérselas con los celos de sus contemporáneos", comentó. Pero McEwan no está dispuesto a dejarse afligir por eso. "Mis viejos compañeros literarios han sido muy amables", ronronea.

Cuando viajó a Nueva York para publicitar "Sábado", McEwan se desvió hasta Uruguay para visitar a Martin Amis, un viejo compañero literario a quien un día aclamaron como el mejor novelista británico de su generación. Como dice la cita de Herzog que McEwan eligió para epígrafe de su novela: "Así transcurre el tiempo".

Por Adam Begley De The New York Observer

Traducción: Zoraida J. Valcárcel

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