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Dos estéticas para la Sinfónica Nacional

Domingo 11 de septiembre de 2005
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Ciclo de conciertos de la Orquesta Sinfónica Nacional. Programa: Concierto Nº 1, en Sol menor, para piano y orquesta, opus 25, de Félix Mendelssohn Bartholdy, y Sinfonía Nº 7, en Do mayor, opus 60 ("Leningrado"), de Dimitri Shostakovich. Solista en piano: Oscar Vetre. Director de orquesta: Pedro Ignacio Calderón. En el Auditorio de Belgrano. Nuestra opinión: muy bueno

Dos estéticas diferentes, dos discursos contrapuestos, confluyen en este nuevo concierto de nuestra Sinfónica Nacional: la claridad y transparencia del primer concierto de Mendelssohn para piano y orquesta, y la séptima sinfonía -la famosa "Leningrado"- de Shostakovich. La observación no será ociosa si, descartando obviamente las épocas (la primera mitad del 1800, en pleno romanticismo, y los cien años posteriores, con el desarrollo del sinfonismo soviético, tras la revolución rusa, en 1917) y también las formas de construcción sonora: el concierto y la sinfonía; uno se detiene en los diversos motivos de una creación y en la plasmación de las ideas musicales.

En primer lugar habrá que celebrar la reaparición de Mendelssohn, demasiado relegado en nuestras salas de concierto. Si bien en esta obra para piano y orquesta, escrita y estrenada en Munich, en 1931, el Mendelssohn de 22 años no alcanza las cimas conquistadas en sus primeras obras maestras de cámara (el Cuarteto de Cuerdas y el Octeto, ambas de 1825, o la obertura "Sueño de una noche de verano", del año siguiente) por lo que quizás en su tiempo se le imputó, no sin alguna razón, un mero virtuosismo con muchas notas y escasa música; no obstante, siempre se encontrarán algunas ideas novedosas, un entretejido impecable y un melodismo natural y espontáneo que nos seduce.

En tal sentido, el pianista argentino Oscar Vetre nos las entregó con palpable fruición y transparencia. Repasó el molto allegro con fuoco inicial, con prolijidad y vitalidad al encarar las sucesivas octavas en la mano derecha (luego en la izquierda) y las recurrentes escalas y arpegios, casi siempre resueltas en staccato. Y supo internarse, en el andante, con sutiles toques en los breves pasajes de lirismo que contiene la partitura, para entregarse finalmente al juego chispeante del presto-molto allegro e vivace, ya asumiendo con transparencia el generoso rol protagónico o entablando con idéntica diafanidad los festivos diálogos con la orquesta.

Llegado este momento, los miembros de la Sinfónica Nacional, que ya habían iniciado su protesta musical con el jazz de sus bronces en el vestíbulo del auditorio, expresaron, vocero mediante, su nuevo reclamo frente al ya viejo cercenamiento de sus conquistas laborales, y a la actual falta de respuesta oficial a las reiteradas demandas de reivindicación, rubricándolos con una categórica versión del "Malambo", de Ginastera, que fue ovacionado.

Sinfonía de la guerra

Sobrevino, entonces, la Séptima Sinfonía de Shostakovich. A propósito de esta séptima, Juan Carlos Paz sostuvo que puede darnos la pauta de su estilo sinfónico disgregado, inútilmente ruidoso y alargado hasta la exasperación. Precisamente, al asentir que Shostakovich era el más renombrado de los compositores soviéticos del siglo pasado, conjeturaba -con implacable ironía- que no sabremos si lo es por su consecuente vulgaridad, su mezcla inhábil de estilos, su incapacidad melódica, su táctica del relleno estruendoso o su orquestación desorbitada. Pero fueron las propias y contradictorias confesiones de Shostakovich sobre la génesis de esta partitura las que alentaron las confusiones para interpretar estas metáforas musicales referidas a la invasión nazi a Leningrado y a su conflicto interior entre las directivas oficiales y su condena al terror de Stalin. De allí el mérito de Calderón y la Sinfónica Nacional al acometer con solidez, empuje y versatilidad, los desafíos de esta proteica "sinfonía de guerra", que se debate entre la furia bélica, los aprestos líricos y una épica triunfal, en constante vaivén de alegorías.

René Vargas Vera

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