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Solos & solas, pero contentos

En Gran Bretaña se los llama singletons. En la Argentina, según los censos, son un fenómeno en crecimiento: gente que elige la soltería como una opción de vida

Domingo 18 de septiembre de 2005

Los censos de población indican que, en la Argentina, cada vez son más las personas sin pareja. Pero detrás de este auge de los singles hay algo más que números. Como lo explican los expertos y los propios implicados, la multiplicación de los solos y solas no habría sido posible sin el desarrollo de una serie de cambios culturales que reivindican la autonomía y el espacio personal de los individuos. Cambios que han propiciado, a su vez, que la soltería haya dejado de ser un estigma social para convertirse en una alternativa más.

Gaby Zivec es una joven porteña especialmente celosa de su autonomía. Está sin pareja desde hace tres años; no por gusto, sino porque no termina de encontrar a su media naranja. Cuando habla de su situación, y por si al interlocutor no le queda claro, esta profesora de educación física de 35 años insiste en que su soltería no es ni mucho menos una cuestión de principios. Lo hace de manera enfática, casi con el mismo convencimiento con el que afirma que, hasta que encuentre al compañero idóneo, piensa disfrutar de la vida como si estuviera junto a la mejor de las compañías.

A la historia de Gaby le da réplica la de Sara Constante, una mujer de 62 años que, con tres matrimonios a sus espaldas, declara muy segura que para ella se han terminado las parejas –al menos bajo techo compartido–. Según cuenta, Sara no se arrepiente de nada de lo que ha hecho antes de llegar a su "recuperada" soltería; todo lo contrario. No obstante, sostiene que en la vida hay una ocasión y un tiempo para cada cosa. Y es fácil de imaginar: a su edad, esta mujer de optimismo difusivo –desde hace varios años, Sara organiza encuentros para gente sola– entiende que ya le ha llegado la hora de vivir a su manera.

Aunque diversas en sus circunstancias y expectativas, la condición de solas de Zivec y Constante tienen bastante en común. En parte porque ambas dan cuerpo a las estadísticas que indican que cada vez son más las personas desparejadas y las que viven solas en la Argentina, y, sobre todo, porque ambas prueban con su actitud desacomplejada y su espíritu positivo que, frente a prejuicios de distinto pelaje, el hecho de estar soltero –o single o desemparejado o como quiera llamársele a ese estado– hace tiempo que está dejando de ser un motivo para sentirse menos que el vecino. O, como dice la socióloga Constanza Street, becaria del Conicet e integrante de la Cátedra de Demografía Social de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, "está dejando de ser un estigma social para convertirse en una alternativa más".

Antes que nada: ¿cuáles son esas estadísticas? De acuerdo con las cifras aportadas por la cátedra de Demografía Social de la UBA, en los datos referidos a los censos de población se puede observar un significativo descenso entre la proporción de hombres y mujeres que en la Capital Federal convivían en pareja en 1980 y los que lo hacían veintiún años más tarde. Es un indicio que avala la existencia de un auge de la soltería "en sentido amplio" –esto es, la situación en la que se encuentran las personas no casadas, separadas o divorciadas–, pero no es el único. También cotejando los números de los censos –en este caso, los de 2001 con los de 1991– se puede comprobar que entre los porteños, tanto en el grupo de mujeres como en el de hombres, las proporciones de personas que viven solas van creciendo con los años. En el nivel nacional, se ve que, entre 1991 y 2001, el porcentaje de personas solteras, divorciadas/separadas y viudas pasó del 42 al 45,3 por ciento.

Habrá quien repare, con toda la razón del mundo, que del hecho de que la gente se divorcie o el que viva sola no se puede deducir directamente que esa gente no esté compartiendo su vida en alguna otra versión distinta del matrimonio: a través de un noviazgo convencional, por ejemplo, o en esa modalidad que se conoce como relación con "cama afuera". Lo que sucede es que, en un país tan falto de cifras como la Argentina, el acercamiento a un fenómeno como el de los solos y solas –soltería en sentido laxo: la circunstancia de estar solo, o más o menos solo; descartando en cualquier caso un compromiso de pareja formal– debe hacerse por aproximación y con riesgo de inexactitud. O para que se entienda mejor: cruzando algunas de las cifras que ofrecen las estadísticas con la percepción que comparten tanto los expertos como los ciudadanos de a pie de que, como señala Georgina Binstock, socióloga e investigadora del Centro de Estudios de Población (Cenep), "poco a poco la gente está pasando más tiempo de su vida adulta sola".

Nuevas trayectorias biográficas

Como en cualquier otro hecho social, detrás de este fenómeno hay un rosario de causas y razones que tiene que ver, como en otros tantos fenómenos contemporáneos, con lo que Constanza Street llama la "complejización de la vida social y el desarrollo de trayectorias biográficas en las que cada vez más se privilegian la libertad individual, la autonomía y la preservación del espacio propio".

Sin embargo, el fenómeno de los singletons –que es como se denomina a los solos y solas en el Reino Unido, un país en el que, en 2003, según el diario The Guardian, un 30% de los hogares eran unipersonales– se explica, en primera instancia, en una serie de hechos muy concretos. Inventariando algunos de ellos: 1) la extensión de la etapa educativa de los jóvenes, circunstancia que en muchos casos retrasa la formación de parejas; 2) la paulatina postergación de las uniones entre personas, que opta por priorizar el afianzamiento de las carreras profesionales antes que la asunción de las cargas que se derivan de una relación; 3) el aumento en la esperanza de vida, algo que, a la larga y forzosamente, deja a buen número de personas sin su par; 4) el incremento de los divorcios, que es un lance después del cual la posibilidad de nuevas parejas siempre es afrontada con mayor recelo…

Si se toma buena nota de este contexto, un factor con un peso decisivo en la multiplicación del número de hombres y mujeres que, al margen de sus edades, decide vivir por cuenta propia, lo constituyen los cambios que en las últimas décadas se han producido en el concepto tradicional de familia y en el valor que en el imaginario colectivo se les da hoy a las relaciones de pareja. "La seguridad personal en lo económico y en lo afectivo ya no pasa exclusivamente por la pertenencia a una familia –señala Street–. En la medida en que la mujer y el hombre pueden acceder en pie de igualdad al mercado de trabajo, la familia deja de cumplir su sentido fundamental de dar protección y seguridad."

Según la socióloga, estos cambios están propiciando, además, que tanto los matrimonios como las relaciones de pareja de distinto signo (uniones consensuales o cohabitacionales) se empiecen a vivir con criterios de exigencia distintos de como se habrían vivido hasta hace poco los matrimonios. "Ahora el individuo busca cosas nuevas dentro de la familia o de la pareja, más allá de cumplir roles. Se buscan satisfacciones que, en caso de no cumplirse, pueden dar lugar a la ruptura", dice Street. ¿Qué tipo de satisfacciones? "Se busca un par y un compañero con el cual compartir cosas, y que a la vez respete la intimidad del otro. Conscientemente, se negocia con el otro qué cosas forman el espacio común y qué cosas el ámbito individual. Ya no se busca en la pareja sólo protección y resguardo, como se hacía en el pasado."

De todo esto tiene noticia de primera mano Sara Constante, que además de llevar con alegría su condición de sola se dedica desde hace casi una década a »

organizar cenas de vinculación para gente sin compañía. Una situación que le ha permitido desarrollar una psicología muy afinada para detectar cómo piensan muchas de las personas que acaban de dejar atrás una pareja. "La gente ha cambiado en los últimos diez años –afirma Constante–. Y ha variado también la idea de la convivencia. Ahora las exigencias son mayores, y la gente piensa más en sí misma. Y al hacerlo, se valora mucho más como individuo. Esto hace que sea muy difícil que uno aguante a alguien con quien no está bien."

En este proceso de emancipación también ha resultado importante el que, conforme cambian los valores, los argentinos nos hayamos ido sacudiendo algunos prejuicios acerca de la soltería. "Hasta no hace mucho, quedarse solo era visto como un estigma; se veía a los solteros como personas que no habían podido cumplir la pauta dominante, que era formar una familia", comenta Street. Con todo, y tal como lo cuentan algunos de los implicados, muchos solteros reconocen sin complejos que para mucha gente la soltería sigue siendo una rareza. A Gaby Zivec no es esto último lo que le preocupa de los juicios ajenos. Lo que verdaderamente le molesta es que la gente la prejuzgue y piense, por ejemplo, que no sabe lo que le conviene. Sobre todo cuando declara muy ufana que le gustaría vivir en pareja, pero en ningún caso tener hijos. "Parecería que no tengo capacidad de decidir por mí misma lo que quiero y lo que elijo para mí", dice.

Realización personal

Para Georgina Binstock, investigadora del Cenep, otro componente que ha influido en el surgimiento de un repertorio de estados civiles que no se agota en tener pareja o en la simple soltería, ha venido propiciado por los nuevos patrones de comportamiento social derivados de la tan mentada liberación sexual. En primer lugar, porque esa liberación ha permitido a las personas de talante más liberal resolver su vida sexual sin necesidad de contar con una pareja estable. "En todo esto hay algo importante que se relaciona con el hecho de que ya no hay una unión entre la actividad sexual y la vida en pareja. Antes, había una especie de mandato, que hacía que el inicio de tu vida sexual coincidiera con la formación de la familia. Ahora eso ya se separó, con lo cual uno ya no necesita estar en pareja…", dice Binstock.

En un sentido más amplio, los cambios culturales han introducido también nuevas maneras de entender el modo en que los individuos se quieren insertar dentro de la vida familiar. "Antes, la familia estaba por sobre el individuo, pero eso ha cambiado –tercia la socióloga Constanza Street–. Y lo que revelan estos cambios es una ampliación en las esferas de autorrealización personal, que hoy en día pueden no pasar por armar una familia o estar en pareja. Estas pueden ser etapas en la vida de la gente, pero no definen el rol principal de las mujeres y de los hombres."

De lo anterior puede dar fe Alejandro Manara, que tras un matrimonio de catorce años se separó de su mujer hace cinco. No es que Manara, escritor y traductor de profesión, haya recuperado cotas de libertad de las que no podía disfrutar de casado, ya que este porteño, nacido en 1954, asegura que su matrimonio siempre le permitió disponer de su tiempo y de su espacio.

Lo llamativo de su caso es que su nueva condición de solo le ha permitido ahondar en aspectos de su vida, como la paternidad, que –cabría suponer– son más fácil de ser cultivados en el seno de una pareja. "Ahora, de alguna manera, tengo una relación más intensa con mis hijas. El matrimonio te ofrece una comodidad un poco falsa, que en mi circunstancia estaba favorecida por el hecho de que mi mujer se ocupara de muchas cosas que obviamente ahora debo hacer yo… Desde que estoy solo, además, estoy más pendiente de mis hijas (Olivia, de 14 años, y Lucila, de 10) y les brindo una atención mucho mayor de la que le brindaba antes", dice Manara, que participa activamente en la formación de sus chicas porque convive con ellas la misma cantidad de tiempo que la madre. Como no podía ser de otro modo, los especialistas » también asocian la paulatina proliferación de los solos y solas con la promoción de una mentalidad que privilegia lo individual. "Es evidente que las personas hoy priorizan más su satisfacción personal –comenta Binstock–. Por eso, en tanto una persona no está satisfecha con su matrimonio, socialmente está muchísimo más permitido romper esa relación poniendo por encima el bienestar propio. Incluso en familias con hijos… Si la cosa no funciona, es mucho más aceptado que se resguarde la felicidad individual." Y Street, por su parte, añade: "Es bastante claro que mucha gente prioriza la autorrealización personal y su autonomía. Y se ha producido, además, una desacralización evidente de la institución del matrimonio".

Gaby Zivec es hasta cierto punto un ejemplo de lo anterior. En situación de "soltería" desde hace tres años, Zivec explica que, a pesar de que la idea de compartir su vida con otra persona forma parte de lo que sería su imagen de la felicidad, no se va a confiar a ninguna relación en la que no se cumplan algunos mínimos que ella estima imprescindibles.

Para empezar, esta porteña dice haber descartado la posibilidad de la maternidad –"(…) no quiero tener a alguien que dependa enteramente de mí", explica–. Y ésa es una condición con la cual debería contar su eventual compañero. Además, Gaby querría que, en cualquier relación que ella emprendiera, se respetara parte de la libertad de movimientos de la que goza estando sola. "Mi libertad y mi independencia son prioritarias: son las cosas que más disfruto", comenta. Previendo la opinión de quien pueda considerar que es una persona difícil –"(…) vos debés ser rejodida", dice que le censuran a menudo, más o menos en broma–, Zivec propone una expresión que resume muy bien cómo concibe la vida de a dos: "Una pareja son dos personas que quieren compartir sus libertades".

Al hablar del fenómeno single, los especialistas advierten de que no se trata ni de magnificar el hecho ni de hacer pronósticos sociales, pero sí de dejar en claro que vivir solo constituye una alternativa que, al menos durante períodos acotados de su vida, eligen cada vez más individuos. "Todo esto refleja cómo las trayectorias biográficas se han vuelto con el tiempo más complejas. Ya no hay destinos tan fuertemente marcados –resume Street–. Antes los roles eran más rígidos, mientras que hoy en día existe mayor flexibilidad y mayor capacidad de elección."

"El fenómeno –concluye la socióloga– también está asociado al contexto de incertidumbre de la vida moderna. Ahora ya no está tan claro lo que va a ser la vida de una persona. Se ve en lo profesional, donde la vida laboral se ha vuelto incierta; no como antes, cuando una persona accedía a un empleo y era para toda la vida. Todo esto plantea inseguridades en lo personal."

Por Sergio Sotelo

Un perfil

No todas las personas que están solas en la Argentina pueden ser caracterizadas en un único retrato. Para entender el fenómeno y poder colocar a cada cual en su sitio, resulta muy útil atender a una especie de tipología muy básica. De un lado, estarían aquellas personas que posponen, por distintas razones, la llegada del matrimonio o la convivencia: gente entre los 25 y los 35 años. Y, luego, los solteros de "segunda vuelta": hombres y mujeres con edades diversas, muchas veces con experiencias de pareja truncadas en su haber. Según los expertos, los primeros se caracterizarían por privilegiar su desarrollo personal, con un apego muy fuerte al individualismo. Los segundos serían aquellos que, después de haber quemado distintas etapas de su vida (juventud, matrimonio, paternidad…), se esfuerzan por recuperar un proyecto de vida personal.

En la mira de las empresas

En Estados Unidos y Europa, la multiplicación de los solos y solas ha convertido a este grupo social, sobre todo en determinados niveles socioeconómicos, en un target especialmente buscado por empresas y anunciantes. Por dos razones: se presume que los singles tienen muchas veces una capacidad de consumo por encima de la media –debido a sus menores cargas familiares–, y también una cierta tendencia a darse, con la soledad como fácil coartada, más caprichos que la gente con pareja. Según Mariela Mociulsky, directora de Consumer Trends, una empresa especializada en la detección de tendencias y en el estudio de nuevos grupos sociales a partir del análisis de los hábitos de consumo, algo de eso podría decirse de los "solteros argentinos" . Eso sí, para no magnificar la entidad de ese grupo de consumo habría que limitar su búsqueda a lo que constituye el 30% de la población con un alto poder adquisitivo. Según Mociulsky, los solteros buscados por las empresas son personas que "viven la soledad como un valor", y con características muy particulares: "Tienen rasgos egocéntricos y responden a las premisas centradas en el placer y el goce inmediato. También valoran los bienes materiales. Tienen dinero para gastar y menos responsabilidades familiares. En muchas ocasiones buscan la conveniencia y el lujo. Lo primero porque, por lo general, es gente bastante ocupada, que dispone de poco tiempo, y que por eso busca cosas prácticas. Por ejemplo, valoran mucho los servicios como el delivery… Los nuevos solteros son los que más gastan en entretenimiento, moda, belleza… y en todas las categorías de cuidado personal –continúa Mociulsky–. Tienen predilección por las cosas que ayudan a nutrirse a uno mismo: los viajes, el arte, la tecnología… Y una obsesión por la juventud, por la vida sana y por la salud. Se puede decir que son los más apegados a los productos que permiten construir personalidad. A productos que hablen de ellos mismos".

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