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Editorial II

Que los muertos descansen en paz

Opinión

 
 

Fundamentos convincentes respaldan el justificado enojo de quienes se oponen a la realización del espectáculo denominado "Tertulia" en el interior del cementerio de la Recoleta. Se trata de una flagrante intromisión que atenta contra el respeto a la memoria de quienes allí tienen eterno reposo y al que se ha hecho merecedor ese recinto tradicional e histórico.

Nuestra ciudad alberga en estos días al V Festival Internacional de Buenos Aires, suma de actividades artísticas cuya organización ha corrido por cuenta de la Secretaría de Cultura porteña. En ese contexto ha sido previsto "Tertulia", en tres jornadas que habrán de desarrollarse entre el domingo y el martes próximos, de 20 a 23. Ha sido concebido por sus autores como "una intervención sonora y visual que transformará la necrópolis en un laberinto polifónico de sonidos, voces, imágenes y velos", farragosa definición cuyo remate convierte el acto de luz y sonido en "la cartografía de una conversación imposible, apócrifa...".

De por sí, el ambiente de recogimiento que debería predominar en ese sitio y sus inmediaciones es impíamente alterado con motivo de la feria artesanal que en sus propias puertas tiene lugar todos los fines de semana. Tanto más, es previsible, si el interior del cementerio es convertido, tal como se pretende, en "un laberinto polifónico".

Temen los vecinos -con razón- que al silencio perdido se les sumen daños irreparables en las tumbas, provocados por el tendido de cablerío y la colocación de reproductores de sonido y de luces entre y sobre tan venerables construcciones -muchas de ellas son monumento histórico nacional-, con tan sólo el control de personal cuya idoneidad para evitar tales riesgos es por lo menos dudosa. Asimismo, temen que el horario previsto incrementará la inseguridad del vasto cementerio, de hecho dotado de insuficiente custodia.

El camposanto de la Recoleta -aducen los opositores al espectáculo- de hecho se encuentra bajo la jurisdicción de la Comisión Nacional de Museos, Monumentos y Lugares Históricos, dependencia que podría provocar un conflicto jurisdiccional con el gobierno porteño, organizador de la presentación artística.

Sentimientos honda y largamente instalados en nuestra sociedad determinan que los cementerios sean casi vistos como una prolongación de los templos y las iglesias. Hay una generalizada tendencia, pues, a considerarlos sitios en los cuales deben primar el silencio, el comportamiento moderado y las conductas respetuosas.

Esa consideración bastaría para respaldar la razonabilidad de la desconfianza y el rechazo vecinales, de momento traducidos en la presentación de un recurso de amparo. Y tampoco se puede pasar por alto el interés superior planteado por la necesidad de preservar de cualquier clase de daño irreparable a los monumentos históricos que contiene el cementerio de la Recoleta.

Daría la impresión de que los organizadores de estos acontecimientos artísticos no se dan por conformes si no los sazonan con conductas transgresoras: por ejemplo, utilizar un venerable cementerio de Buenos Aires como escenario de una circunstancia muy distante de su naturaleza e imagen. Cabría que una oportuna reflexión determinase que será un acto de sensatez dejar que los muertos descansen en paz y trasladar "la cartografía de una conversación imposible" a un lugar más apropiado. .

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