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Ciencia mecanicista, una gloria del pasado

Opinión

Por Eitel H. Lauría
Para LA NACION

Desde fines del siglo XVI y durante el siglo XVII tuvieron lugar en Europa acontecimientos científicos de enorme trascendencia: se enunciaron principios, se formularon teorías y se aplicaron metodologías experimentales que provocaron un cambio profundo y espectacular en la cosmovisión del mundo físico.

Muchas son las personalidades brillantes que contribuyeron a ello, entre ellas, Galileo, Newton y Huygens. En particular, la obra de Isaac Newton es tan extensa y transformadora que la ciencia desarrollada a partir de entonces es designada, frecuentemente, física o mecánica clásica o newtoniana.

La visión clásica del universo, con plena vigencia durante los siglos XVII, XVIII y XIX, contribuyó inmensamente al avance de la ciencia, suministrando poderosas herramientas matemáticas y una clara estructura de pensamiento para el estudio de un vasto conjunto de fenómenos físicos. Esa visión newtoniana del universo es, en esencia, una doctrina mecanicista, según la cual el mundo es un gigantesco mecanismo de relojería, cuyo conjunto de componentes materiales -estrellas, astros del sistema solar y cuerpos terrestres- cumplen con el principio de causalidad y realizan movimientos ajustados a rigurosas leyes matemáticas. En otros términos, se trata de un estricto determinismo que permite, si se tiene un conocimiento adecuado de la situación de un sistema material, determinar con precisión las trayectorias y posiciones futuras de sus componentes.

Resumiendo, mecanicismo, causalidad y determinismo son conceptos estrechamente vinculados cuya vigencia en la física asoció la evolución del universo con la dinámica de los mecanismos y de las máquinas.

Según el filósofo Thomas Kuhn, la ciencia elabora sus concepciones del mundo físico en función de paradigmas, es decir, a partir de estructuras conceptuales aptas para definir funciones y explicar evoluciones.

Un paradigma no pretende describir la realidad del mundo, sino que su finalidad es organizar aquello que puede decirse del mundo; pero, según muestra la historia, a medida que se acumulan datos y experiencias, los paradigmas han cambiado. Eso es, precisamente, lo que ha sucedido durante el transcurso del siglo anterior.

El aporte del siglo XX

El paradigma mecanicista produjo, durante los tres siglos arriba citados, enormes avances, descubrimientos espectaculares y generó en la sociedad la creencia de haber hallado el camino del progreso ilimitado. Además, el éxito en física del mecanicismo influenció en forma notoria otras áreas de la ciencia, tales como la economía, la biología y la sociología.

Todo cambió en el siglo XX. A principios de siglo se formularon dos teorías revolucionarias, la teoría de la relatividad, de Albert Einstein, y la mecánica cuántica; y, durante su transcurso, hubo un formidable desarrollo teórico y experimental de la física de las partículas elementales, un avance sin precedentes de la cosmología y la formulación de la teoría del caos, esta última, en las antípodas del mecanicismo.

En particular, en el marco de la teoría cuántica, W. Heisenberg enunció, en 1927, el principio de incertidumbre, en virtud del cual toda magnitud física medible está sometida a fluctuaciones aleatorias, y la característica esencial de dichas fluctuaciones es que no son consecuencia de limitaciones humanas, sino que son inherentes a la naturaleza de los fenómenos físicos en la escala atómica. Ingresaron así en la ciencia la aleatoriedad, el indeterminismo y el manejo probabilístico de las magnitudes físicas subatómicas. El impacto fue rápido y considerable y provocó la célebre reacción de Einstein: "Dios no juega a los dados".

En la teoría del caos se demuestra que, en muchos y frecuentes casos, los sistemas en su evolución alcanzan situaciones de inestabilidad caracterizados por cambios aleatorios totalmente impredecibles. Bajo esas circunstancias, el mecanismo de relojería del universo newtoniano es impensable y el futuro del mundo queda abierto.

Según el premio Nobel Ilya Prigogine, es perfectamente concebible que se den situaciones imprevisibles, durante cuyo transcurso, del caos surja el orden. En otras palabras, el universo manifiesta creatividad, virtud imposible de concebir en el mecanicismo clásico, en cuyo marco el presente está rígidamente determinado desde el pasado y el futuro está contenido en el presente.

Ilya Prigogine ha expresado con elocuencia la rigidez y las limitaciones de la ciencia clásica diciendo que, en el mecanicismo newtoniano, Dios es un mero archivista cuya simple función es ir pasando las páginas del libro de historia del cosmos, escrito en el comienzo del tiempo.

En síntesis, los tres siglos de vigencia plena del paradigma mecanicista presenciaron un gigantesco avance de los conocimientos científicos, sin igual en toda la historia precedente de la humanidad. En el siglo XX, y sin desmedro del crecimiento vertiginoso de los conocimientos científicos específicos, la ciencia generó nuevas ideas y paradigmas que tienen poco que ver con los clásicos, creando una nueva perspectiva del universo y de su relación con el hombre. Ideas sobre evoluciones aleatorias, respuestas no lineales de los sistemas excitados por perturbaciones pequeñísimas, fenómenos de autoorganización y creatividad, todas ellas inexistentes en el mecanicismo clásico, provocaron un vuelco copernicano en las concepciones de la ciencia. Sin embargo, no debe pensarse que las nuevas ideas sean necesariamente definitivas. El futuro siempre aporta sorpresas. .

El autor es integrante de la Academia Nacional de Ingeniería.
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