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Entrevista para pensar

¿Para qué sirve la tecnología?

Revista

Ricardo Ferraro es miembro del Consejo Directivo del Instituto Nacional de Tecnología Industrial. Seguro de que la tecnología por sí misma no puede resolverlo todo, en esta nota explica por qué

 
 

Hombre de ciencia, el ingeniero Ricardo Ferraro sabe que las simplificaciones tienen patas cortas. Observador de la realidad, tampoco se le escapa que en la Argentina muchos son seducidos por ese canto de sirenas monocorde. En su libro ¿Para qué sirve la tecnología? Un desafío para crecer (Ed. Capital Intelectual), lo pone en estos términos: "Los argentinos tenemos la mala costumbre de creer que la solución a situaciones complejas depende de una sola variable. Durante los últimos veinte años, escuchamos repetir que esa variable crítica se llamaba, unas veces, democracia; otras, inflación, déficit fiscal o deuda externa. La realidad se ocupó de mostrarnos que la cuestión es bastante más complicada y que si bien se debe resolver cada uno de esos temas, ni la felicidad ni siquiera la alimentación de nuestros compatriotas depende sólo de uno de ellos".

Y agrega: "Aunque estemos convencidos de la importancia de las investigaciones científicas y de los desarrollos tecnológicos, no debemos cometer el error de creer que lo resolverán todo". Pero entre el todo y la nada hay un trecho considerable, y ése es el terreno donde busca sembrar su prédica en favor de la democratización del conocimiento.

Puesto a explicar su objetivo al escribir ese libro, Ferraro traza una prudente línea divisoria: "Pretender que todo el mundo sea especialista en tecnología es tan descabellado como querer que todos sean escultores o bailarines -dice-. Pero es grave que quienes tienen poder de decisión en el país no sepan claramente para qué sirven las tecnologías". Y en seguida subraya que sí, que ha dicho "tecnologías", en plural, porque, "a diferencia de lo que suponemos, el saber tecnológico no se agota en las computadoras, las palmtops y los teléfonos celulares". "También hay tecnologías en el ámbito agropecuario, por ejemplo; o las hay para saber cómo se construye un escritorio o un puente. Las tecnologías son herramientas poderosísimas para generar crecimiento. Y son fundamentales en la lucha contra la pobreza."

Didáctico, Ferraro acota: "A una persona se le puede conceder la limosna de darle una receta para cocinar pan, pero si uno le explica seriamente cuál es la tecnología adecuada para hacerlo, le está abriendo un terreno enorme, le está ofreciendo la posibilidad, además de cocinar el pan que comerán él y su familia, de preparar cantidades suficientes como para venderlo o trocarlo con sus vecinos".

Con una metodología creada en Dinamarca y probada en otros países, en 2000, en el marco de la Secretaría de Modernización del Estado, uno de cuyos objetivos fue el de acercar la problemática científica a la población, Ferraro realizó dos experiencias de Diálogos Ciudadanos. La primera, "La genética en debate", tuvo lugar en Avellaneda. La segunda, "Semillas y alimentos transgénicos", en Pergamino. Si se lee con detenimiento la descripción que ofrece en su libro sobre el funcionamiento de los Diálogos Ciudadanos, la palabra democracia resuena como un eco, pleno de contenido: "Durante una semana se convoca por los medios locales y afiches en escuelas y supermercados a los ciudadanos mayores de 18 años de una localidad a inscribirse para formar parte de un «jurado popular» que opinará sobre un tema científico y su influencia en la vida de los ciudadanos. Los interesados deben presentarse en un determinado local en donde se les entregan algunas páginas en las que se describe la forma de trabajo, el significado del tema en debate y un corto formulario de inscripción en el que se debe consignar la edad y la ocupación. Después, entre todos los inscriptos se seleccionan alrededor de 30 o 40 personas que, en la medida de lo posible, reproduzcan la composición de la población de esa localidad".

En el caso de Pergamino, puntualiza, el jurado se reunió cuatro sábados seguidos. En los dos primeros encuentros, cinco especialistas explicaron en qué consistían las semillas transgénicas y los alimentos genéticamente modificados, y se abordó el tema de las consecuencias presentes y futuras de dichos desarrollos. Los dos últimos sábados se utilizaron para discutir el asunto en grupos y plenarios, y para redactar el informe que luego fue presentado a las autoridades municipales en un acto público.

Apropiarse de la tecnología

Con igual método se trabajó en Avellaneda respecto del genoma humano. Uno de los especialistas invitados fue Alberto Kornblihtt, prestigioso biólogo molecular. Ferraro aún tiene presente cómo se fue indignando la encargada de un vivero a medida que lo escuchaba. Llegado un punto, evoca, la mujer estalló: "Esto no puede ser -se quejó-. Durante años me han engañado haciéndome creer que estos temas no eran para mí. Y fíjense lo que está ocurriendo aquí: el doctor habla, y yo le entiendo". En su carácter de coordinador, Ferraro le respondió con un desafío estimulante: "Nuestra idea es que ustedes se apropien de esta tecnología. La única forma de que sea útil es que la gente se la apropie y la multiplique de modo tal que nadie tenga el monopolio de los Diálogos".

Cuando el informe estuvo redactado, los propios participantes designaron a la persona que habría de leerlo en el acto público: un ama de casa que apenas comenzada su tarea la emoción le enturbió la voz. "Al final, fui yo quien terminó la lectura del documento, aunque luchando contra el terrible nudo que me oprimía la garganta".

Suena a utopía, pero fue real: científicos y ciudadanos de a pie, juntos y debatiendo en Avellaneda o en Pergamino, como en los tiempos de la polis griega. "En la Argentina, nos han mentido tanto que cuando uno va con juego limpio, lo primero que hace la gente es medirnos durante largo tiempo, pero cuando comprueba que no hay trampa, se entrega­ -concluye Ferraro-. Y hay algo de lo que estoy seguro: la gente es mucho mejor de lo que nos quieren hacer creer." .

Por Adriana Schettini
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