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Valioso programa ofreció la Sinfónica

Domingo 02 de octubre de 2005
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Concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional. Director: Pedro Ignacio Calderón. Programa: obertura de "La novia vendida", de Bedrich Smetana, Sinfonía Nº 104, en Re Mayor "Londres", de Franz Joseph Haydn; obertura de "Colas Breugnon", de Dmitri Kabalevski, y Sinfonía Nº 9, Op. 70, de Dmitri Shostakovich. Auditorio de Belgrano. Nuestra opinión: muy bueno

Hemos dicho en un comentario anterior que la música académica y, por lo tanto, arte musical no requiere que sus intérpretes vistan con un uniforme o con trajes de etiqueta. Sin embargo, en esta presentación de la Orquesta Sinfónica Nacional quedó en claro que un conjunto instrumental que se muestra en su totalidad de negro, con camisas blancas y moñitos, además de un comportamiento natural, serio, respetuoso y concentrado en su labor artística, crea una sensación de disciplina, orden y responsabilidad adecuada para el mejor goce y apreciación de las obras. Si a ello se agrega un desempeño eficiente y el programa es valioso por su calidad y originalidad, se produce un momento enriquecedor que aunque fugaz como el tiempo de la música, queda en la memoria y, por la tanto, se incorpora como un saludable avance de la vida espiritual.

Así ocurrió con la labor de Pedro Ignacio Calderón y el rendimiento técnico del conjunto. El director, por elegir obras y autores interesantes ofreciéndolas con su habitual sobriedad, conocimiento y categoría de excelente director; el conjunto, por un desempeño colectivo poco menos que impecable, donde además se destacaron individualidades brillantes, como el caso de los solistas de flauta, oboe, fagote y violín, con pasajes de mucho compromiso.

El director de la Sinfónica, Pedro Ignacio Calderón
El director de la Sinfónica, Pedro Ignacio Calderón. Foto: Archivo

Después de una colorida y ajustada versión de la obertura de la encantadora opera "La novia vendida", de Smetana, plena del sabor y las dinámicas identificatorias de la música checa, se escuchó un monumento de la creación sinfónica de Haydn, la sinfonía que lleva el apelativo "Londres", una elección que suponemos no haya sido casual, sino perspicaz por el hecho de que el último movimiento de la obra presenta una melodía de origen croata que se escucha también en una danza checa para piano. ¡Oh, admirable coincidencia, del mismo Smetana, cuyo clima había sido recordado minutos antes!

Y ni que decir de la trascendencia y belleza de la creación completa del gran austríaco, de su aporte incuestionable al mundo sinfónico, con esa introducción tan solemne que otorga peso y dignidad a toda la composición, y el juego admirable que continúa con los primoroso episodios de contrapunto a tres partes a cargo de la flauta y los oboes, y ese andante maravilloso que provoca una sensación de calma poética o acaso una mirada de despedida conmovedora y el vibrante minueto elegante pero distintivo con un crescendo de timbales, y por fin ese final ya comentado que alcanza en su apoteosis los rasgos del Beethoven tan cercano.

Dando cátedra

Calderón y la orquesta dictaron con Haydn una clase superior de interpretación, seguramente con un orgánico más numeroso que el disponible en la época del autor, pero nada caprichoso, sino en sintonía con los ideales del creador, justa en sus dinámicas, rica en la variedad de matices logrados, y una expresión sobria y verdaderamente clásica por su apolínea proporción. Fue llamativo el alto rendimiento de la nacional en todos sus sectores.

Cuando la primera parte parecía haber concluido y, en medio del gran aplauso, un músico improvisó palabras de agradecimiento para el público y para las autoridades que habían comprendido los reclamos de los músicos, no obstante lo cual quisieron recordar una vez más el modo de su protesta: agregando una obra sin director aparente, aunque el gesto del tempi fue marcado por el joven concertino Roberto Rutkauskas y la elegida fue el malambo de "Estancia", de Alberto Ginastera, y todo terminó en una atmósfera de júbilo.

La segunda parte tuvo el mismo esquema, una obertura de ópera y una sinfonía, sólo que de autores del siglo pasado. Muy bien la composición de Dmitri Kabalevski, que en realidad forma parte de una suite sobre momentos de la ópera "Colas Breugun", acaso lo más conocido de un artista que debió convivir con el período soviético y todas sus limitaciones, y la novena sinfonía de Dmitri Shostakovich, la más corta, ligera y menos popular del género, aportado por el músico ruso con sus quince sinfonías.

La versión fue muy buena y tanto Calderón como su orquesta recibieron un sostenido aplauso, aunque la obra de limitado alcance estético y no a la altura del genio de su autor es desconcertante como lo fue para Stalin, quien con soberbia esperaba una apoteosis con motivo del fin de la guerra y sólo escuchó una burla. ¿Fue otra ironía del compositor? Acaso sí, pero hoy ya no tiene gracia.

Juan Carlos Montero

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