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Vocación de ser madre

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Tiene doce hijos. Para ella, cada uno trajo a su vida alegría y esperanza. Todas las noches, cuando termina la jornada, se dice a sí misma "¡misión cumplida!" y se prepara para un nuevo día, en el que una vez más reafirmará los valores de su elección como mamá: "una familia numerosa, alegre y para servir"

 
 

Luego de ocho años y medio de novios, Mercedes de la Vega y Carlos Luque Colombres concretaron el anhelo de formar una familia numerosa; se casaron y tuvieron doce hijos, siete mujeres y cinco varones. Ella, es mamá con atención 24 horas, una "cuatro x cuatro, todoterreno", como bromean en la casa.

Las exigencias de una vida completa obligan a Mercedes a ser una mujer ordenada y bien organizada, para que así el tiempo rinda para todos por igual y de la mejor manera. "Es un desafío apasionante -asegura-, porque al finalizar la jornada, con todas las sorpresas que conlleva, me digo a mi misma: 'Por hoy, misión cumplida, ¡gracias Dios mío!'."

Cada minuto del día, ella lo entrega al cuidado y a las necesidades de sus hijos. Y para que cada uno se sienta único, se preocupa por no convertirse en una mamá de masa. "Me quedaría cómodo ser una madre permisiva, pero como me encanta educar y hacerlos crecer, no dejo pasar lo importante para el desarrollo integral de cada chico, ya sea en el estudio, en el trato social o en su servicio a los demás. En todas las áreas estoy atenta para que se enriquezcan como personas; quiero que cada uno se sienta importante e irrepetible."

Aunque la organización resulta fundamental para la familia Luque Colombres, Mercedes asegura que jamás impuso reglas. "Si tenés la norma rígida, tenés la madre bruja", bromea. Así, las tareas surgen de acuerdo a las necesidades. "El que lava los platos a la noche, no lava al otro día", detalla.

De igual manera, ocurre con el cuidado de los niños. La responsabilidad, según cuenta, es siempre de los padres. "Nunca he cargado a un hermano con otro. Sí, pedirles una mano en situaciones determinadas. Creemos que para que un hijo tenga la sensación de que el mejor regalo es otro hermano, no hay que hartarlo con mucha carga."

Gracias a su estilo, Mercedes recuerda un sinfín de momentos que la enorgullecen. "Josefina, la cuarta, quien es monjita y madrina de Pedro, cuando él nació, no sabía como expresar su alegría, un día me preguntó: 'cómo hemos podido vivir sin él'. De igual manera, Tomás, el penúltimo, me dijo cuando tenía 10 años: 'mamá, gracias por darme la vida. Si vos y papá no hubieran querido tener muchos hijos, yo nunca hubiera existido y Pedro tampoco. Soy tan feliz'. Esto se me grabó en el corazón y confirmó una vez más mi vocación de madre."

Así, como rememora expresiones que llenan su alma, también trae a su mente aquellos recuerdos que, hoy, los divierten en las mesas familiares. "Cuando Pedro, el más chiquito, era bebe, siempre lo hacía dormir de mi mano. Me acuerdo que cuando me surgían otras cosas, contrataba a otro hijo y le pedía que pusiera su dedo para que Pedro lo agarrara. Un día los pesqué charlando. Decían de ponerle una salchicha como dedo, para poder salir a jugar."

Asimismo, ella y su marido debían buscar la forma de tener sus momentos de privacidad. "Cuando eran chicos y teníamos que salir, oscurecíamos todo temprano, para que pareciera un ambiente de noche y los hacíamos dormir temprano". Así, lograban salir a tomar un café o a dar una caminata los dos solos, sin que los niños sintieran la ausencia. "Eso era suficiente -explica-, porque somos concientes de que nuestro tiempo es para y por la familia, sin descuidar nuestro matrimonio. No hay nada que me interese que no sea interés de ellos. Si los intereses de ellos cambian, cambiarán los míos. Esa es mi elección y mi felicidad. Yo me desarrollo y me enriquezco a partir y a través de mis hijos."

Mientras relata su historia, se ríe y asegura que su familia no es como la de los Ingalls, que tiene también sus cosas. "La vida, como a tantos otros, no nos fue fácil en estos últimos diez años, pero acá nunca nadie se lamentó. Como somos muchos, podemos pasar todo con mucha facilidad, porque compartimos, dividimos. Tenemos una casa muy alegre, donde nadie dice malas palabras. Y, esas pequeñas pautas de convivencia, hace que las peleas sean más suaves", comparte.

Actualmente, viven siete hijos con sus padres, en una casa amplia, con espacios para todos, en Córdoba Capital. Cada uno pone su granito de arena para una convivencia amena y divertida. Organizan guitarreadas, salen todos juntos, realizan salidas en contacto con la naturaleza, andan en bicicleta. "todas situaciones lindas de familia", dice Mercedes. Y agrega: "mi suegro, el papá de Carlos, era fabricante de buenos recuerdos. Nosotros queremos lograr eso mismo."

Así, esta familia numerosa, que también sumó una docena de nietos, se basa en el respeto al otro, en los valores permanentes y en una convivencia en armonía. "Una familia numerosa y alegre es posible cuando uno vuela y sueña alto. Es lo mejor que podés soñar", concluye Mercedes.

Algunos secretitos de la mamá todoterreno:

  • Tener presencia de madre
  • Tomarse el trabajo para que cada uno sienta que tiene una mamá personal
  • Anotar en un papel las necesidades, actividades o deseos de cada hijo
  • Buscar momentos recreativos para toda la familia
  • Ser creativos
  • Pasear en bicicleta
  • Aprender a organizarse en los momentos de mucha carga doméstica
  • Lograr una convivencia basada en el respeto y la armonía
  • Que cada hijo tenga su espacio
  • Desarrollar en ellos la libertad y el criterio para que elijan lo que es bueno en la vida

Común denominador

Según cuenta Mercedes, el común denominador de la familia es el estar al servicio de los otros. "Siempre hay 4 o 5 disponibles en la casa para ir a dar una mano".

El valor familiar y la creencia en Dios son pilares fundamentales para los Luque Colombres. Así, buscan diariamente el buen trato y el cariño expresado en gestos de delicadeza hacia el otro. A la mamá, por ejemplo, le gusta dejar notitas debajo de la almohada de sus hijos; al papá, organizar paseos con ellos, para que sientan que tienen un padre cercano.

La casa tiene mucha actividad apostólica, "vivimos al servicio de los demás", asegura. "Yo voy a misa con los chicos. Los doce son piadosos, porque se han empapado de nosotros. Ellos han visto como natural este estilo. Es un orgullo y una gracia de Dios que una de mis hijas sea monjita", concluye. .

Soledad Avaca De la Redacción de LA NACION LINE
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