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El último matriarcado

Los mosuos integran una comunidad que vive en Loshui, China. El autor de esta crónica acaba de publicar el libro El reino de las mujeres, en el que narra asombrosas costumbres de este pueblo

Domingo 09 de octubre de 2005

En la sociedad mosuo se ve a las claras qué pasa cuando las mujeres mandan. Así de simple. Entender sus costumbres puso en jaque lo que hasta ese momento había sido para mí lo lógico, lo deseable, y el orden natural de las cosas.

¿Pensar que el hombre subyuga? No en esta aldea. ¿Que es propio de la condición de mujer querer casarse? Menos todavía. ¿Que el padre debe ser respetado? ¿Cuál padre? Esta vez regreso preparado para convivir con ellos, entrevistar a cuantos pueda y volver sobre lo que me conmovió la primera vez y no alcancé a indagar en detalle.

Los mosuos forman una comunidad de unos veinticinco mil habitantes que habitan el poblado de Loshui, a orillas del lago Lugu, en el sudoeste de China, cerca del Tíbet. Allí, ellas están claramente al mando. Algo así como el paraíso del movimiento feminista. Un ejemplo de cómo puede ser la realidad sin la supuesta supremacía del hombre y sin la opresión que esa supremacía puede ejercer.

Aquí, sobre el tablero, las piezas están colocadas de otra manera. Hombres y mujeres se ubican en posiciones distintas de aquellas a las que estamos habituados. Ellas tienen todas y cada una de las prerrogativas, mientras que ellos carecen de la más mínima. Es una variante de juego, un guión diferente para el drama-comedia-tragedia de los sexos.

Quiero ver cuáles son esas variantes. Quiero ver cómo se mueven, cómo se relacionan, qué es lo que pasa cuando la sociedad no está manejada por hombres y son hombres los principales beneficiarios. Aquí es impensable que una mujer esté condicionada por la educación machista. Aquí es imposible que un caballero abandone a una mujer dejándola sin recursos. En Loshui, el sexo nunca es débil.

Desde mi ventana veo una de esas habitaciones donde una joven cepilla su pelo frente a un espejo. El pelo es negro y el mango del cepillo es de plata. Se me ocurre que, mientras se peina, repite el gesto de su madre y el de la madre de su madre. Parecería que en secreta asociación con el »espejo, la mujer queda en paz mientras insiste en el heredado ritual de embellecerse. Sobre una de las sillas hay un tocado. La muchacha lo toma y acomoda las tres hileras de perlas que lo decoran. Lo levanta apenas, lo sostiene con ambas manos e inclina la cabeza para colocárselo. Los hilos negros del postizo le espesan todavía más el pelo negro. Recién entonces divide su cabello en tres partes y comienza a trenzarlo. Pero, antes de empezar, deja el cepillo sobre su falda y mira el lago por la ventana. Cierra los ojos y afloja los hombros. En pocos días más sabré su nombre, Lie Jien, y sabré que tiene veinte años y una expectativa. Se la ve tranquila, pero después, cuando decida que no volverá a mirarse en el espejo, comenzará a esperar. Entonces el tiempo ya no estará en sus manos. Sólo le quedará mirar las sombras por la ventana y preguntarse si su enamorado vendrá o no. Estará a merced de un hombre, aunque ese hombre no lo sepa.

Por eso vuelve a tomar el cepillo que dejó sobre su falda. Por eso se desprende del tocado y lo regresa a la silla. Está construyendo un retraso. Volver a arreglarse, demorar un poco más, demorar.

Sin maridos

Los mosuos denominan "familia" a los que tienen entre sí un lazo de sangre directo y conviven en la misma propiedad, la vivienda del clan. La figura principal es la matriarca. Con ella viven sus hijos, su madre y sus hermanos, tanto varones como mujeres. También forman parte del grupo los hijos de las hermanas y todos los nietos. No hay maridos. Los hombres sin lazo sanguíneo directo con la matriarca pertenecen a otra casa y duermen bajo otro techo. Esto implica total ausencia de padres y abuelos, a quienes se desconoce o, en el mejor de los casos, se considera de otra familia. Los varones que habitan en la propiedad son solamente hermanos, tíos e hijos. Es muy diferente de una familia occidental, pero se lo toman tan en serio y son tan conservadores que la idea oficial de que una familia es la formada por padre, madre e hijos se ve seriamente cuestionada.

–¿Cómo se dividen las tareas de la casa? –le pregunto a Ma La Tsu.

–Las mujeres tenemos a nuestro cargo toda la labor –responde la matriarca–. De esa manera se hacen mejor y más rápido.

Sospecho que no es sólo una cuestión de orden práctico. Cuando se acercan con alguna fuente y me sirven, cuando cuidan que mi copa esté llena, siento que me están atendiendo. Es una actitud diferente de las que mantienen en los lugares de trabajo, donde imparten órdenes. A la hora de comer, la mujer sirve al hombre. Y no es sólo conmigo porque soy un invitado; hacen lo mismo con el resto de los hombres de la casa. Ellas, jefas y propietarias, se reservan esta tarea para sí y nada hace sospechar que ese almuerzo se desarrolla en una comunidad matriarcal. Por lo menos como yo me había imaginado.

Poco a poco, Non Chi está tomando las riendas de la casa. Es la mayor de las hijas y su madre le está delegando el manejo de la finca. Mantiene una actitud de mando, mira muy fijo y cuando habla, levanta la voz. También lo hace conmigo. Cuando me dice algo lo hace de manera imperativa, a pesar de lo distendido de la situación, y sabiendo que nunca va a tener que darme una orden. Por lo menos es lo que yo espero, preocupado, porque sé que nunca y siempre son dos palabras inestables.

Cuando estoy cerca, Non Chi cambia de actitud, adopta una posición más erguida. Aunque no sea lo mismo, me recuerda a un hombre que saca pecho. Levanta el mentón, achica la mirada y se le escucha un tono de voz más seco. Intuyo que como soy un extranjero pretende cuidarse de dar buena imagen, porque sabe que lo que está ocurriendo en esa habitación será relatado, difundido y comentado.

Cuando está en actividad, entre tarea y tarea controla lo que hacen los demás. En la plantación, revisa la profundidad del surco y antes de volver a casa les deja a sus hermanos, que se ocupan de la siembra, instrucciones precisas. Después vuelve para organizar la comida del día. Distribuye la labor de la cocina, donde trabajan sus primas menores mientras sus primos se sientan en el patio central a esperar a que ella llegue. La palabra de Non Chi, aunque amable, no deja lugar a réplica.

Aquí no hace falta averiguar, cuando hablan de la abuela, a qué rama de la familia se están refiriendo, si a la del padre o a la de la madre. Abuela, como madre, hay sólo una: la madre de la madre. Aquí, este parentesco ha corrido mejor suerte que el representado por los abuelos, figuras rutilantes de la cultura china y sin embargo ausentes para la mosuo.

El anciano erudito, funcionario de una cultura milenaria, personaje que el cine ha estereotipado como alguien capaz de dar respuestas enigmáticas a preguntas sin sentido, prócer familiar, instructor de artes marciales, experto en una medicina indigerible para la ciencia occidental, versado en metáforas sobre la vida, maestro amado, lugar de la sabiduría, garantía del conocimiento y de la transmisión del conocimiento, punto de referencia, pilar insoslayable para la civilización, aquí no existe. Esta figura, tan familiar, se ha tomado una licencia entre los mosuos.

Sólo madres

Sin embargo, la ley funciona, las familias se mantienen, los jóvenes crecen, la cultura se desarrolla y el título de pilar insoslayable termina por quedarles a los patriarcas como una prenda demasiado grande que, por lo desmedida, puede incomodarlos y hasta hacerlos tropezar.

Uno de los aspectos que más me interesaban cuando preparaba las entrevistas era poder entender cómo funcionan las familias sin la presencia del padre y sin que la paternidad sea una función en la comunidad. El matriarcado entre los mosuos es considerado uno de los más puros porque la figura del padre es poco relevante, la mayor parte de las veces desconocida y siempre carente de rango social. Ni siquiera se preocupan por averiguar, cuando una mujer queda embarazada, quién es el verdadero padre de la criatura.

¿Qué es un padre? Alguien que tiene la posibilidad de reconocer a sus hijos, de mantenerlos y de amarlos. También es el que tiene derecho a ser querido y a establecer un orden en la familia. Es al que rápidamente se asocia la palabra respeto. Un padre tiene la posibilidad de infundir miedo, de aterrorizar, pero a su vez también puede brindar protección y reparo. Alguien a quien recurrir o alguien de quien es mejor alejarse. Un padre puede ser el modelo de quien sus hijas tomen algún rasgo para después enamorarse de ese rasgo en otro hombre. Se espera de él que actúe de sostén, aunque bien puede convertirse en alguien a quien sostener. A veces resulta una figura terrible, por lo irascible o lo violento, pero ese mismo padre, en forma inesperada, puede sorprender y rescatar a su hijo. Existe el padre que, manteniéndose al margen, como si nada lo afectara y nada necesitara, logra exasperar a quienes lo rodean. Están los que intentan revindicarse a través de sus hijos. Un padre puede ser el gran ausente y con eso dejar en claro lo importante de su presencia, pero, si se excede en estar allí, su figura puede resultar persecutoria y angustiante. La palabra de un padre, a cualquier edad, puede resultar irritante. El propio padre es un punto frecuente de comparación cuando nosotros nos convertimos en padres. Alguien que empuja para que de una buena vez empecemos, pero también alguien de quien es preferible evitar los empujones. Un padre mudo o un padre con frases que nos retumban en silencio por los años de los años. Un padre que ama a la madre, o uno incapaz de hacerlo. Un padre punto de apoyo, el límite que en el momento menos pensado nos ayuda a decir basta. Alguien que puede avergonzarnos o enorgullecernos hasta el punto de aplastarnos. También, aquel que puede ayudar a mantener saludable la relación de un hijo con su madre. Un padre puede ser muchas cosas diferentes, pero siempre es una figura capital, para imitar o para cuidarse de imitar. Una referencia.

Siempre no. Entre los mosuos no.

Este es un pueblo donde sólo es posible ser huérfano de madre.

Hanfei nunca fue su esposo y para ella hubiera sido impensable que lo fuera. Una matriarca jamás pretende un marido. Tsunami Ana ha tenido una buena vida y ahora pasa holgadamente los setenta. Hanfei, su enamorado, no tuvo la misma suerte, ni la templanza, ni las tierras cerca del lago, ni una familia numerosa con miembros jóvenes y bien dispuestos, ni la fortaleza que ella aún conserva.

Hacía bastante que no se visitaban con frecuencia, pero cuando Hanfei comenzó a toser y luego de toser a ahogarse, fue ella quien lo iba a buscar para saber de su estado de salud.

El hombre ya no puede mantenerse sobre la cama, duerme sentado y abrazado a dos almohadas. Aunque es de pecho amplio y piel rosada, respirar se ha convertido en un esfuerzo. La llegada del invierno sólo puede empeorarlo y la mujer que acostumbra referirse a los hombres como poco prácticos, a reírse y amenazar a sus hijos con el matrimonio, la que nunca los necesitó ni les pidió consejo, dinero o cuidado, esa misma mujer ha tomado la decisión de que el hombre con el que compartió sus encuentros nocturnos muera a su lado.

Lo cuidará hasta el último momento. Es mejor traerlo a casa, al menos para evitar salir a cada instante, atenta a lo que necesita o a si la necesita. La enfermedad la convirtió en dependiente de la carencia de él.

Termino de escuchar y vuelvo a sentir que tras esas figuras que dan órdenes, autoritarias y enérgicas –Tsunami Ana, Sanshie, Tsie u otras matriarcas que voy conociendo– no se oculta una mujer, sino que una mujer está allí sin ocultarse. Y me pregunto: ¿un hombre, en las mismas circunstancias y con ese temperamento, haría lo mismo?

El patriarcado no le es esencial al ser humano, y la experiencia mosuo marca que hay otras formas posibles y que ellas no significan el fin de la sociedad, la ausencia de ley o la de­sintegración de lo que en el interior de esa sociedad significa una familia. Por cierto, en el matriarcado, la institución familiar parecería más sólida y vital que la occidental. Es lo que impresiona, al comprobar que no les hacen falta discursos morales para sostenerla.

En el matriarcado, el desdén por la violencia y por la acumulación tonta de dinero hace parecer la vida más amable y llevadera. ¿Pudo la humanidad, en un pasado remoto, haber vivido mayoritariamente bajo sistemas con fuerte impronta femenina? Evidentemente que sí. ¿Puede ocurrir lo mismo en el futuro?

El sistema mosuo me resulta a veces hasta difícil de concebir. Las mujeres a cargo, la distribución de las responsabilidades en la familia, el manejo de la economía, el apellido de los hijos...

–¿En tu país es diferente? –pregunta una de ellas.

–Por supuesto –respondo–. Un hombre se casa con una mujer y procrean. Marido y esposa viven bajo un mismo techo, los hijos viven con sus padres y se considera que el hombre es el jefe de la familia.

Termino de decirlo y me siento ridículo.

Las relaciones furtivas son las habituales en la aldea. Una mujer de alrededor de treinta pudo haber superado los cincuenta "partenaires" y en algunos casos, si es atractiva, es probable que haya tenido relaciones con todo el grupo de su edad. Ese es el estilo predominante y con el que pueden sostenerse toda la vida. Sea lo que sea lo que los liga, lo hace por apenas unas horas.

A eso de las seis de la mañana es una verdadera experiencia pararse en la calle principal. Es una hora de movimiento. Los hombres abandonan apurados el lecho de sus amantes para regresar a donde en verdad pertenecen, la casa de sus madres.

Es posible entonces ver a los señores, como en una extendida comedia de enredos, saludar, ponerse el sombrero y salir presurosos para evitar llegar tarde. Deben levantarse temprano: la matriarca los está esperando para iniciar las actividades del día.

Los mosuos no tienen la menor intención de hacer coincidir en la misma persona afecto, familia y hogar. La familia, para que perdure, nunca debe estar basada en una pareja. El sistema de visitas, como modalidad de vida sexual, mantiene a los integrantes de una familia consanguínea unidos y a salvo de cohabitar con un extraño. Esa es una de las razones fundamentales por las que la figura del padre es desconocida. Al quedar embarazada, la mujer no puede definir a ciencia cierta con quién concibió. Si lo supiera, también podría abstenerse de contárselo a su hijo pues es tabú hacer referencia a lo sexual frente a familiares. La prohibición de cualquier mención de la sexualidad delante de un pariente, en especial del sexo opuesto, es una de las razones del sigilo. Un secreto por todos conocido, como son en general este tipo de secretos.

Texto y fotos: Ricardo Coler

Ricardo Coler es médico, fotógrafo y periodista. Sus notas, fotografías y ensayos sobre sus experiencias con sociedades matriarcales, poliándricas y poligámicas han sido publicadas en diversos medios. Fundó y dirige la revista La mujer de mi vida.

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