
Dinero del cielo y una fábula encantadora
Por Fernando López | LA NACION
"Millones" ("Millions", Gran Bretaña/2004, color; hablada en inglés). Dirección: Danny Boyle. Con Alex Etel, Lewis McGibbon, James Nesbitt, Daisy Donovan, Christopher Fulford, Pearce Quigley. Guión: Frank Cottrell Boyce. Fotografía: Anthony Dod Mantle. Música: John Murphy. Edición: Chris Gill. Presentada por Distribution Company. Duración: 97 minutos. Calificación: apta para todo público.
Nuestra opinión: Muy buena
Cuentito moral, fantasía infantil, comedia familiar, fábula sobre el dinero o ligera sátira sobre los valores que imperan en una sociedad embriagada de consumo, "Millones" rehúye el encasillamiento. Casi tanto como su propio director, Danny Boyle, que ha estado esquivando la repetición según parece demostrarlo una (irregular) filmografía que pasó de "Trainspotting" a "La isla" y de "Tumba al ras de la tierra" a "Exterminio".
En su nuevo film -que muestra rasgos bien reconocibles, como su imaginativo uso de la tecnología digital, su destreza visual y narrativa, su sentido del humor y cierta ironía indulgente- cuenta una fábula entre chicos de hoy, risueña y sentimental, encantadora e ingeniosa, de la que todos, adultos y menores, podrán sacar buen jugo. Quizás esta inesperada incursión en un terreno nuevo para él sea otra muestra más de la audacia que suele caracterizarlo cuando trabaja en su país.
Lluvia de libras
Antes de que se produzca el hecho que pone en marcha la entretenida historia, ya se conocen datos importantes sobre los hermanitos protagonistas. El menor, Damian, de 7 años, es todo un experto en materia de santos y ese fervor inocente tiene su recompensa: cuando está en la ermita de cartón que ha levantado cerca de las vías del tren suele tener apariciones celestiales, que seguramente lo reconfortan ante la reciente pérdida de su madre. Su hermano Anthony, dos años mayor, es bastante más terrenal y realista, como se verá a partir del momento decisivo en que, durante una visita de Santa Clara de Asís, el techo de la ermita se venga abajo por el peso de un bolso que cae literalmente del cielo con más de 200.000 libras esterlinas.
Para Damian, no quedan dudas de la procedencia divina del tesoro, así que, generoso como es y con el vivo ejemplo de San Francisco de Asís, se propone distribuirlo entre los más pobres, aunque no sabe bien cómo distinguirlos. Anthony es más precavido: lo convence de no hacer público el hallazgo para evitar el saqueo impositivo: ya verán cómo invertir el dinero. El problema principal reside en que en pocos días más Gran Bretaña cambiará su moneda por el euro del Mercado Común y los billetes dejarán de tener valor, salvo que se los cambie y deposite en un banco.
Pero por mucho que ayuden las alcancías de una bella señorita que recauda fondos para auxiliar a pueblos africanos (y que de paso abre una posibilidad de compañía para el papá viudo), y por más que compren todo tipo de juegos, hagan aportes a una comunidad mormona e inviten a toda la escuela al local de fast-food más próximo, no hay cómo gastar y repartir tanto dinero. Y encima llega alguien, y no precisamente del cielo, dispuesto a reclamar el botín.
A pesar de que los episodios que se suceden en torno del tema central son a veces excesivos, los aciertos de Boyle (y de su libretista, Frank Cottrell Boyce) son muchos. "Millones" proporciona abundante placer visual, vuelca buen humor en los gags y los diálogos y expone la suficiente discreción como para mostrar la avidez de consumo y la mezquindad promovidas por la riqueza repentina sin ánimo de juzgarlas, así como la suficiente inteligencia para que los chicos actúen como chicos y no que asuman conductas de adultos, según el típico modelo del cine o la publicidad. El costado sentimental no se esquiva, pero tampoco se recarga, y abundan las ocurrencias en los diálogos de Damian con sus sagradas visitas. Que se evite, por fin, cualquier moraleja, indica que Boyle confía tanto en la agudeza socarrona de sus observaciones como en la inteligencia del espectador.
En medio de un elenco que da pruebas de un ejemplar trabajo de casting, Alex Etel, el notable actorcito que da vida a Damian, es un verdadero hallazgo. Su frescura y su transparente ingenuidad son en gran medida responsables de que el film se siga de punta a punta con una sonrisa en los labios y una sensación de ligera y saludable ternura en el corazón. .
