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En Villa Fiorito ya funciona la sucursal de una galería de arte

Grandes y chicos exponen sus obras

Lunes 24 de octubre de 2005

La primera vez que tuvo un lápiz entre sus dedos tenía seis años. Fue hace unos meses, antes de cumplir los siete. Desde ese día, todos los sábados tiene algún marcador en la mano. Así, por lo menos por un rato, cambia la gomera con la que juega diariamente por un lápiz y un papel en blanco.

Nico es uno de los casi 30 chicos de 3 a 12 años que asisten todos los fines de semana al centro cultural que funciona en Villa Fiorito, un barrio de calles de tierra y casas de material a medio terminar en el que viven, entre la pobreza y la carencia, cerca de 20.000 personas.

Dos tablones, cuatro caballetes y un par de frascos de mayonesa con lápices y marcadores de colores gastados por el uso bastan para transformar el comedor Pequeños Traviesos en un centro cultural, con exposiciones y muestras de los artistas que viven en el lugar.

El centro cultural de Villa Fiorito nació hace dos años por iniciativa de Fernanda Laguna, una artista que fundó, en 2000, la galería de arte alternativo Belleza y Felicidad ( www.bellezayfelicidad.com.ar ), en Almagro.

"En 2003, empezamos a colaborar con el comedor. Y después surgió la idea del centro cultural. Le alquilamos el lugar a Isolina, la señora que dirige el comedor, y además de muestras los sábados damos clases de dibujo a los chicos", explica Laguna.

Ahora, una de las paredes de la sucursal Fiorito (como la llaman en la galería) está adornada con los trabajos de los alumnos. Antes, Cintia Pacheco y Roxana Verón, dos artistas lugareñas, habían colgado allí sus obras. En la otra pared, hay muñecos hechos con lanas de colores.

Pero no sólo de muestras vive el pintor. Algunos lograron "ubicar" sus obras. Por ejemplo, una de las artistas le vendió un retrato de Kurt Cobain, el líder fallecido de Nirvana, al cantante Leo García cuando fue a dar un recital al barrio, gracias a la gestión y amistad de Laguna.

Ramona viaja todos los sábados desde San Martín hasta Villa Fiorito para enseñar dibujo y pintura en los pagos de Diego Maradona. A eso de la una de la una de la tarde, saca al patio los tablones y arma las mesas de trabajo. Después, se sienta y espera pacientemente la llegada de sus chicos. De a poco, van llegando y se sientan. De a poco, también, Ramona les cuenta lo que van a hacer.

Nadie la llama por su nombre. Para todos es "la profe". Ella parece contenta. "Hoy vamos a hacer un juego. Escriban su nombre y, después, pónganlo en esta bolsa. Cuando estén todos, de a uno, saquen un papelito y háganle un dibujo al amiguito que les tocó. Más tarde, hay un regalo."

Enseguida, los chicos empiezan a dibujar. La mayoría elige algún motivo primaveral. Flores, pájaros y muchos colores. Alguna que otra casa, pocas personas. Nico está quieto. No sabe escribir su nombre. Ramona lo hace por él. "Al principio, era terrible, no quería que le enseñara nada. Yo le decía que viniera, que estuviera. Fue duro, pero ahora él y su hermanita vienen siempre", cuenta.

"Es que el padre de Nico está en la cárcel y la madre no se ocupa de él", explica Isolina, más conocida como «Negra», la dueña del comedor donde funciona el centro cultural. Isolina llegó hace 20 años desde el Chaco y se instaló en Fiorito. Tres veces por semana cocina para los chicos del barrio. Su mayor orgullo es tener las enormes ollas siempre relucientes. "Se llevan la comida a su casa; no comen acá porque no hay lugar. Pero la semana pasada, por ejemplo, no pude hacer nada porque no hubo donaciones. Entonces, no había qué cocinar. A medida que se acerca fin de mes es siempre complicado".

Mientras tanto, en los tablones, los chicos van terminando. "Profe, ¿qué nos va a regalar?", preguntan ansiosos. Ramona abre un caja con ropa y empieza a repartir. A las nenas, shorts y musculosas rosa; a los nenes, remeras verdes. "Buenísimo", dice Dani. "¿No lo puedo cambiar?", pide otro. Ramona accede. A todos se les dibuja una sonrisa en la cara.

Por Laura Reina De la Redacción de LA NACION

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