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A cuarenta años de Nostra Aetate

Opinión

Por Abraham Skorka
Para LA NACION

El 28 de octubre de 1965 en el marco del Concilio Vaticano II se aprobó por 2221 votos a favor, 88 en contra y tres nulos la declaración Nostra Aetate, con la cual la Iglesia Católica Apostólica Romana puso un punto final formal a la nefasta acusación de deicida contra el pueblo judío, que era, por lo tanto, merecedor de los calificativos más aborrecibles y de las denigraciones más execrables.

La declaración señala: "Aunque las autoridades de los judíos, con sus seguidores, reclamaron la muerte de Cristo, sin embargo, lo que en su Pasión se hizo no puede ser imputado indistintamente a todos los judíos que entonces vivían, ni a los judíos de hoy. Y si bien la Iglesia es el nuevo pueblo de Dios, no se ha de señalar a los judíos como réprobos de Dios y malditos, como si esto se dedujera de las Sagradas Escrituras. Por consiguiente, procuren todos no enseñar cosa que no esté conforme con la verdad evangélica y con el espíritu de Cristo, tanto en la catequesis como en la predicación de la palabra de Dios".

Luego enfatiza: "Además, la Iglesia, que reprueba cualquier persecución contra los hombres, deplora los odios, persecuciones y manifestaciones de antisemitismo de cualquier tiempo y persona contra los judíos".

Siglos en los que muchos católicos entendían que el judío debía ser perseguido y ultrajado por haber matado a la encarnación de Dios que había venido a redimir al hombre recibieron una respuesta contundente.

El Concilio Vaticano II, al igual que Nostra Aetate, tuvo sus cimientos en la fe de aquel simple hijo de campesinos que, en los aciagos momentos en los que el oscurantismo nazi cubría toda luz de espiritualidad en Europa, supo encender el fuego que alumbra la dignidad del hombre.

Angelo Giuseppe Roncalli, luego Juan XXIII, siendo delegado apostólico en Turquía y Grecia, dispuso los medios para salvar a miles de judíos de Hungría, al igual que a muchos otros perseguidos por el régimen infame.

Comprendió, durante la Segunda Guerra Mundial y después de ella, que algo muy aborrecible yacía en el seno de la cultura europea. Entendió que miles de años de civilización y de cristianismo habían sufrido en aquella contienda una bancarrota espiritual. Que tanto la fe de aquellos que no reconocían a su hermano Jesús como la de aquellos que veían en él la manifestación de Dios había sido mancillada millones de veces en Auschwitz. El hombre había denigrado el hálito de lo divino que lleva en su condición de tal.

Al ser nombrado papa, Roncalli decidió hacer algo para torcer el rumbo de aquella historia.

Si bien Nostra Aetate lleva la firma de Pablo VI, no cabe duda de que el espíritu de su antecesor, que el 25 de enero de 1959 manifestó a los cardenales reunidos en San Pablo Extramuros su decisión de convocar a un concilio, se encuentra en ella.

Del mismo modo, se halla reflejada en ella la fe y el compromiso del rabino Abraham Joshua Heschel respecto de la esperanza de la construcción de un mundo espiritual nuevo mediante el esfuerzo y el aporte de todos los que con la justicia y la misericordia manifiestan su credo (Thomas Merton's Correspondence: Bea, Augustine, Cardinal, 1881-1968, 1964/07/14; Reuven Kimelman, The Edah Journal 4:2, Kislev 5765, 2-21).

Desde entonces, aquellos curas y rabinos que deseaban comenzar a superar las antinomias del pasado tenían en sus manos un documento papal en el que apoyarse.

Si bien el tema del silencio de Pío XII durante la Shoah fue y seguirá siendo materia de controversia, esta declaración le mostró al pueblo judío en aquel entonces que en el Vaticano todavía había quien clamaba por las barbaries cometidas contra ellos. Alguien que tenía presente la común prosapia de ambos credos: "Por lo cual, la Iglesia no puede olvidar que ha recibido la revelación del Antiguo Testamento por medio de aquel pueblo con el que Dios, por su inefable misericordia, se dignó establecer la Antigua Alianza, ni puede olvidar que se nutre de la raíz del buen olivo, en que se han injertado las ramas del olivo silvestre que son los gentiles".

Aquellos católicos que propalaban ideas y manifiestos antisemitas trasgredían, de ahí en más, las normas y los conceptos de su propio credo.

El llamado al diálogo judeocatólico que se halla en la declaración sirvió de fuente inspiradora a muchos que lo impulsaron. Desde entonces, múltiples barreras de incomprensión, ignorancia y odio fueron horadadas por doquier.

El trabajo de Juan Pablo II por la profundización del diálogo judeocristiano tiene, sin lugar a dudas, su base y sustento ideológico en esta declaración.

En el número 1 de la calle Novy Svët, que significa "mundo nuevo", de Praga, se halla la casa donde vivió el famoso astrónomo danés Tycho Brahe. Con muy buen tino se denominó a la calle con ese nombre, pues los estudios de Brahe -que se transformaron en leyes naturales en la mente de Kepler, y éstas en la mecánica celeste en la genialidad de Newton- permitieron describir una nueva cosmovisión natural del universo.

La ciencia, a diferencia del comportamiento y las creencias humanas, comprueba sus verdades mediante cálculos y experimentos. La ciencia no admite retrocesos.

No actúa del mismo modo el espíritu humano. Sus verdades pertenecen al ámbito de la fe y saben de avances y penosos retrocesos. Sin embargo, hubo hitos, como el que se rememora en estas líneas, que permiten abrigar la esperanza de que una nueva senda, a la postre, será cursada por la humanidad. Esa senda, al igual que la de la ciencia, pasará indefectiblemente por la morada de sus constructores. .

El autor es rector del Seminario Rabínico Latinoamericano M. T. Meyer y rabino de la comunidad Benei Tikva.
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