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Pícara solución

Boca estaba nervioso y no le podía ganar a Newell´s, pero ingresó Barros Schelotto y con su sagacidad para ejecutar un tiro libre propició el éxito por 2 a 1

La ficha del partido

Domingo 30 de octubre de 2005
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LA NACION

En estos tiempos, Guillermo Barros Schelotto es el único capaz de provocar en la Bombonera una alegría y explosión semejantes a la que produce un gol. Consigue eso sin necesidad de jugar. Es el trato exclusivo y preferencial que se la da a un ídolo. Los hinchas de Boca lo veneran por su pasado, por ser el símbolo de una época gloriosa, pero el mellizo, como muy buen profesional que es, se resiste a vivir de los recuerdos. Sabe que, por no tener un lugar en este equipo de juego ágil y rápido, sus oportunidades de jugar son pocas. Hasta le cuesta hacerse un hueco en el banco de los suplentes. Depende de las circunstancias, de que falte alguien del elenco estable, como ocurrió ayer con los ausentes Bilos y Palermo.

Su papel complementario en el plantel parece reservarle sólo minutos de homenaje a su estupenda trayectoria. Los simpatizantes ya se darían por satisfechos con ese acto de presencia, pero Barros Schelotto demostró, en el triunfo ante Newell´s, que todavía pueden contar con él para sacar las papas del fuego. No es que haya corrido o jugado más que alguno de sus compañeros, pero cuando ingresó corrigió los defectos de un equipo que estaba muy confundido y con un principio de ansiedad por el triunfo que demoraba en concretar.

Había pasado el primer cuarto de hora del segundo tiempo y Boca estaba muy apurado; Guillermo le dio serenidad. Daba muestras de inmadurez; el mellizo aportó experiencia. No acertaba pases; Guillermo fue preciso. A Boca se le quemaban los papeles ante un rival que se animaba a ponerlo en apuros con un par de llegadas de Belluschi; el mellizo apareció para dejar constancia de que no acumula en vano tantos años en primera división: mientras medio Newell´s estaba distraído y la otra mitad se demoró en tomar las marcas, ejecutó con rapidez un tiro libre pasado para encontrar en soledad a Palacio, que definió a un par de metros del arco.

Era el gol de la picardía y el triunfo de la sagacidad. Barros Schelotto se dio cuenta de que el encuentro podía tener su sello y se tuvo confianza para dar un par de asistencias de gol. En síntesis, ésa fue la manera que encontró Boca para digerir un encuentro que se le había empezado a atragantar.

Un cotejo en el que el puntero cargó con el pecado de no saber definirlo con la holgura que se desprendía de la superioridad que ejerció sobre su adversario. En el primer tiempo dominó a voluntad, se asoció en el medio e intentó ser prolijo, pero no fue profundo en la misma proporción. Le faltaba picante en los últimos 25 metros y no estaban las cabezas de Palermo y Bilos para inquietar en los centros.

Boca le imponía condiciones a este Newell´s de presente deplorable, un remedo del equipo que hace menos de un año fue campeón. Salió con un planteo puramente destructivo, por actitud y por la tendencia a excederse en los foules, ante la complacencia del árbitro Favale. Newell´s desperdició la ocasión de hacerle más daño a un rival que se iba muy arriba y dejaba amplios espacios para el contraataque. Pero claro, este Ortega que no se está tomando en serio su profesión no marca diferencias como antaño. Mucho menos cuando se empeña en la maniobra individual. A un toque fue más útil, como lo demostró en el golazo de Belluschi. Y el uruguayo Silva es un mueble de delantero.

Boca se había puesto en ventaja con un zurdazo de Insúa, mucho más valioso en los últimos 25 metros que cuando conduce la jugada desde atrás. Era una primera etapa relativamente tranquila y satisfactoria para Boca, pero se fue al descanso bufando porque Newell´s había acertado en su único remate al arco, luego de que Husain cortara un pase de Battaglia en la salida.

Bajo presión, a Boca le costó hacer valer el panorama de Gago, la velocidad de Palacio, el empuje de Battaglia, la zurda de Insúa, el afán participativo de Marino. Como primer intento de solución, Basile apeló al electrizante Cardozo. Pero los nervios ya habían empezado a obnubilar a todos. Menos a uno. Ese era Guillermo Barros Schelotto, el hombre que no se olvida cómo se saca a un equipo de una situación apremiante.

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