No es definitivamente el rey de "El conde Lucanor", ése que salió a cabalgar desnudo por su villa y al que, de cualquier manera, su pueblo aplaudía y vivaba, temerosos todos –el rey también– de que fuese cierto lo que unos burladores, haciéndose pasar por habilidosos sastres, habían dicho: que no verían las telas sólo aquellos que incurriesen en la secreta deshonra de no ser hijos de quienes creían serlo.
Diego Armando Maradona, por cierto, no está tan desnudo como aquel monarca. Es más: luce algunas "prendas" excepcionales, bien tangibles, apreciadas y para nada inventadas por ningún embaucador: su mágico paso por las canchas; su extraordinaria rehabilitación física actual; su amor incondicional por sus dos hijas reconocidas; sus repetidos "mea culpa" públicos hacia su ex esposa, a la que dice todavía amar; su impresionante influencia para hacer el bien (sólo con la subasta, el último miércoles, de diez obras realizadas por otros tantos reconocidos artistas plásticos, y rubricadas con su característica firma –"Diego (10)"–, recaudó 850.000 pesos para entidades de bien público); su indómita frescura para decir algunas cosas que hay que decir, y su empedernida y lúdica "incorrección" para hacerse notar.
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Mañana por la noche –ver aparte–, Maradona cerrará su primera muy comentada incursión como conductor de un programa de TV. Será la emisión N° 13 de una temporada que a partir de su irrupción, el 15 de agosto, dio vuelta el año televisivo y llevó a Maradona a una extenuante sobreexposición, para él y para todos.
Ni José de San Martín ni Jorge Luis Borges ni Federico Leloir pudieron gozar ni de la milésima parte del gigantesco e insalubre culto a la personalidad levantado en su honor en estos últimos tres meses. La publicidad que ahora mismo Canal 13 tiene en el aire ("el más grande de todos los tiempos") es apenas una muestra del escandaloso frenesí mediático del que fue imposible sustraerse y que LA NACION viene reflejando desde hace trece semanas.
Está claro que Maradona no es el rey desnudo de "El conde Lucanor", ya que viste algunas prendas valiosas que hemos mencionado. Pero también hay que decir que luce otras cuyo estado deplorable deja bastante que desear. Esto no sería grave en sí mismo, porque todos tenemos defectos. Lo que resulta dañino para él y para el entorno social que lo rodea es que se los celebre multitudinariamente del mismo modo que sus virtudes, sin casi cuestionamientos.
El autofestejo del gol que les hizo con la mano a los ingleses en el Mundial del 86; la patética explicación pública que dio para rechazar a un hijo extramatrimonial; jaranear con Charly García por su salto al vacío desde un noveno piso, y su saludo fraterno a los barrabravas de Boca en la Bombonera mostraron la parte más sombría de un ídolo, con chapa de tótem mediático, de quien la infalibilidad de sus dichos se da por descontada.
Su concesiva e ininteligible entrevista al dictador más longevo del mundo –Fidel Castro está en el poder desde hace casi 47 años–, cuya segunda parte se verá en la emisión de mañana, no mereció, siquiera, la más mínima contextualización informativa por parte del canal que emite "La noche del 10" (al menos, por respeto a la memoria del fundador de esa emisora, Goar Mestre, que tuvo que escapar de la isla en 1960, tras la intervención y posterior confiscación de todas sus empresas).
Más disparatada fue todavía la incursión de Maradona en el programa de Mirtha Legrand, el jueves último, cuando afirmó que a la doctora Hilda Molina no se la autorizó a visitar a sus nietos de la Argentina porque no daba garantías de volver a Cuba (¿y por qué debería haberlas dado?).
Los vaivenes ideológicos irreflexivos y contradictorios de Maradona –ahora simpatiza con Mauricio Macri al mismo tiempo que rinde pleitesía a Fidel Castro; ataca a los Estados Unidos mientras festeja Halloween en su programa– serían del todo irrelevantes si quien acepta como lo más natural del mundo ser llamado nada menos que "Dios" no tuviese tan mortífero poder de fuego mediático. Aunque es cierto que se le parece a Dios, al menos por su capacidad de estar al mismo tiempo en todos lados (en la TV, en las tapas de las revistas, en Italia, en los festivales de rock, en la RAI, en la AFA, en la "anticumbre" de Mar del Plata, en la fiesta de la Costanera, etcétera).
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También en "Almorzando con Mirtha Legrand", Maradona supeditó una eventual segunda temporada de "La noche del 10" a ser "plebiscitado" mañana con la presencia masiva de público en el Luna Park y por un rating tanto más elevado que los veinte y pocos puntos que tuvo durante la mitad de las doce emisiones vistas hasta ahora, que le bastaron para ganar su franja en once ocasiones (ya que el invicto se lo arrancó Marcelo Tinelli, la única vez que le ganó, el último 26 de septiembre).
Show deportivo con fuertes números musicales, una atractiva entrevista intimista y un living repleto de luminarias como lujoso relleno, el programa ganó en emoción (con la familia, en pleno, siempre presente) y en su excepcional poder de convocatoria nacional e internacional, y perdió en su aparatosidad coreográfica, por momentos grandilocuente, y en su duración extremadamente dilatada (poco más de dos horas y media por emisión). Gran trabajo de producción detrás de cámaras y una notable labor, delante de ellas, por parte de Sergio Goycochea, un coequiper fundamental.
Con "La noche del 10", Diego Armando Maradona demostró, una vez más, ser en sí mismo un formato afortunadamente irrepetible. .
