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Opinión

 
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Domingo 06 de noviembre de 2005 | Publicado en edición impresa

Los contratos de los presidentes con sus pueblos

Por Mariano Grondona | LA NACION

 
 
 

Latinobarómetro, la encuestadora latinoamericana que preside Marta Lagos, hace notar en su informe de 2005 que en casi todos los países de nuestra región la gente otorga a los presidentes un porcentaje de aprobación sensiblemente más alto que al Congreso o los partidos políticos. Es que la base de la vida política latinoamericana no es el Congreso ni los partidos políticos, sino el contrato que firman los presidentes con sus pueblos. Fueron treinta y dos mandatarios ligados por otros tantos contratos con sus pueblos quienes se congregaron el último viernes en la convulsa Mar del Plata.

Que la idea de un "contrato" entre un presidente y su pueblo marca el rumbo de nuestras democracias pude comprobarlo esta semana en Santiago de Chile, donde asistí a una reunión del Foro Internacional de Liderazgo de las Américas, que brindó un significativo homenaje a Patricio Aylwin, el presidente-fundador de la nueva democracia chilena entre 1990 y 1994.

Con sus 86 años bien llevados, Aylwin aceptó con sencillez el homenaje. Pero ¿qué lo hizo merecerlo? El hecho de haber exhibido una virtud infrecuente en nuestra región: la virtud de saber irse a tiempo. En 1994, una corriente mayoritaria lo instó a quedarse en el cargo mediante la reforma de la Constitución chilena, que prohíbe la reelección. Aylwin les respondió a sus admiradores con una frase que quedó grabada en la memoria del país hermano y que repitió esta semana: "Mi palabra es mi contrato". Cuando a un mandatario el pueblo lo elige por un plazo constitucionalmente no renovable, celebra con él un contrato que el mandatario no debe violar. Esta fue la lección de Patricio Aylwin a sus contemporáneos.

Las instituciones se fundan cuando sus fundadores se van. En 1797, George Washington no quiso ser reelegido por un tercer período pese a que, en su caso, la Constitución lo permitía. Sobre este gesto de renunciamiento se basó la institución presidencial norteamericana porque nadie a partir de entonces, con la única excepción de Franklin Roosevelt durante la emergencia de la Segunda Guerra Mundial, osó reducir la majestad de la institución presidencial al impulso de una ambición personal. Lo contrario logró, en cambio, Menem en 1995, previa reforma constitucional. ¿No preferiría Menem, hoy, la gloria de Aylwin?

Y si tuvimos casi un siglo de extraordinario progreso entre 1853 y 1930, fue porque ninguno de los presidentes de entonces, del porte de Urquiza, Mitre, Sarmiento, Avellaneda y Roca, precipitó la reforma de la Constitución para obtener la reelección inmediata que ella prohibía. Sin pretenderlo, Aylwin se ha convertido en el Washington chileno y latinoamericano de nuestros días.

Demagogos y pedagogos

¿Qué debe hacer un presidente cuando el pueblo se equivoca, como estuvo tentado de hacerlo el pueblo chileno en 1994 en el momento en que casi apostó al éxito de una persona en vez de apostar a la supremacía de la Constitución? Aylwin mostró un camino: educarlo, haciéndole ver que el personalismo debe ceder ante las instituciones. El otro camino, el más trillado, es el que han seguido los demagogos de todos los tiempos: adular al pueblo a cambio de su propia exaltación personal.

Los presidentes que se encontraron anteayer en Mar del Plata, ¿a cuál de estas dos categorías pertenecen? ¿Son pedagogos o demagogos?

El máximo ejemplo de demagogia lo dio el presidente venezolano Hugo Chávez. La suya es una demagogia de izquierda porque reitera la falsa promesa del populismo según la cual todo lo que queda por hacer es repartir lo mucho que se supone que hay y en realidad no hay, en vez de educar al pueblo en dirección de las políticas que le abrirían el acceso a los frutos reales del crecimiento de largo plazo, guiándolo como un nuevo Moisés a la tierra prometida del desarrollo.

A cambio de su promesa populista y con la ayuda de una dosis creciente de autoritarismo, Chávez espera quedarse en el poder mientras tenga vida en medio de un pueblo cada vez más pobre y engañado, como lo ha hecho su admirado Fidel Castro.

Pero ¿no había en Mar del Plata, también, presidentes portadores de una demagogia de derecha? Así como la distribución de lo inexistente a un pueblo empobrecido es lo que vende el demagogo de izquierda, la seguridad a un pueblo asustado por el terrorismo es lo que vende el demagogo de derecha. Después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, el pueblo norteamericano está asustado. ¿Esto quiere decir que no queda otro criterio de gobierno que la obsesión por la seguridad? No, pero es fácil hacer creer que sí, obteniendo a cambio el apoyo de la mayoría. Cuando obtuvo su reelección, ¿no acudió el presidente Bush a una demagogia de derecha?

Al perseguir una reelección que no estaba contemplada en la Constitución colombiana en nombre del progreso indudable de su país de la inseguridad a la seguridad, ¿no recorre el presidente Alvaro Uribe un camino comparable? A la inversa de Aylwin en Chile, ¿hay que creer en Colombia en la presunta infalibilidad de un líder antes que en la primacía de las instituciones?

Una tercera categoría de los presidentes latinoamericanos -entre ellos, el brasileño Lula, el chileno Lagos y el mexicano Fox- no son ni pedagogos ni demagogos. Son, diríamos, presidentes institucionales porque siguen el camino de progreso marcado por sus predecesores. Resistiendo la tentación de la demagogia que estaba a la mano, Lula ha continuado y profundizado la política económica responsable de Fernando Henrique Cardoso, asegurando así la continuidad económica que podría instalar definitivamente a Brasil en la vía del desarrollo.

Lagos termina su mandato, por su parte, no sólo sin intentar siquiera la reelección pese a su prestigio, sino también en la línea de continuo crecimiento económico que Chile persigue desde 1985, ya en camino al desarrollo.

A estos ejemplos de presidentes "institucionales" habría que sumar al presidente mexicano Vicente Fox, porque tanto él desde la derecha como sus rivales del ex PRI desde la izquierda quieren mantener a México en la integración con los Estados Unidos y Canadá, inaugurada por el presidente Salinas de Gortari con el tratado del Nafta en 1994; aseguran de este modo el acceso de su país al inmenso mercado que le promete el desarrollo de aquí a pocos años.

La demagogia "gestual"

¿Dónde ubicar al presidente argentino en esta clasificación? Su preocupación por quedar más cerca de Maradona que de Bush en Mar del Plata, ¿obliga a ponerlo junto a los demagogos de izquierda? Pero el hecho de que su política real, aunque más callada, no sea romper con el capitalismo, ¿lo colocaría en cambio al lado de los pedagogos?

Al parecer, ni una cosa ni la otra, porque, al no traducirse su demagogia en las medidas concretas que lo conducirían por la ruta de Chávez, el presidente argentino se convierte en el portador de una demagogia únicamente gestual, de palabras y actitudes que parecen coincidir sólo en apariencia con el populismo de izquierda. Pero, al no animarse a intentar la pedagogía que exige la ruta al desarrollo, tampoco el Presidente está conduciendo enérgicamente a los argentinos en dirección del desarrollo a largo plazo hacia donde apuntan, cada cual desde su circunstancia, Lula, Fox y Lagos. .

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