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Cumbres borrascosas

Por Alberto Benegas Lynch (h.) Para LA NACION

Jueves 10 de noviembre de 2005

Siempre me ha parecido un tanto pastoso lo de “cumbres” cuando se hace referencia a reuniones de gobernantes, puesto que se trata de mandatarios, no de mandantes. En rigor, son nuestros empleados. Que se dejen aludir como parte de una cumbre y que difundan comunicados que apuntan a una familia de superlativos no parece apropiado y, mucho menos, pudoroso.

De todos modos, en esta reunión de presidentes en Mar del Plata se observa un inquietante arco que, en principio, va de Chávez a Bush, aunque en la práctica deberíamos decir de Chávez a Lagos, debido a la moderación de este último con relación a sus pares del continente.

El presidente de Venezuela constituye el ejemplo más claro de la caricatura y la degradación de la democracia. Ha demolido la división horizontal de poderes, ha decapitado todo vestigio de contralor republicano al aparato estatal y se burla de los derechos de las minorías (ante las valientes marchas opositoras, el oficialismo coloca francotiradores para dispersarlas). Podemos informarnos merced a la tenaz y corajuda conducta de periodistas independientes, que ahora sufren un nuevo embate por parte del Consejo Nacional de Telecomunicaciones.

Estuvo parco en el estadio marplatense –custodiado por agentes de los servicios de inteligencia cubano y venezolano–, ya que sólo habló dos horas, puesto que estaba apurado para llegar a tiempo a la inauguración oficial con los presidentes (y dos vicepresidentes). Dijo que podría haber seguir hablando unas tres horas más, que es a lo que tiene acostumbrado al sufrido pueblo de su país (su incontinencia verbal hizo que en una oportunidad hablara siete horas seguidas).

El discurso estuvo plagado de contradicciones, lugares comunes, imprecisiones históricas y geográficas, errores conceptuales y figuras retóricas de cierta comicidad. A los alaridos dijo: “No a la muerte”, y a continuación alabó al Che Guevara, quien sostenía que los hombres y mujeres que quieren el socialismo “deben ser máquinas de matar”. Gritó en tres oportunidades “socialismo o muerte”, recurrió a la metáfora del enterrador e invitó a la audiencia a hacerse de palas para meter bajo tierra al capitalismo.

Reclamó la necesidad de “unir a los pueblos”, pero simultáneamente denostó el libre comercio y glorificó a Mao, a Marx y a la Cuba de Castro. Dados los gulags y las purgas horrendas del régimen comunista, se deduce que la “unidad” del gobernante venezolano significa un enorme campo de concentración. En este mismo hilo argumental, saludó la presencia en el acto del “ministro de Cultura” cubano, un título del todo improcedente para un sicario del sistema totalitario.

En medio de referencias históricas trasnochadas, como que Jefferson y Madison eran imperialistas, y de su insistencia en presentar lo que resultó un galimatías de confrontaciones Sur-Norte-Este-Oeste, sostuvo que la idea socialista “está en el vientre de América y todos tenemos que ayudar a pujar para el parto”. En este contexto, al mencionar el Muro de Berlín, subrayó que “el socialismo no estaba muerto; estaba de parranda, y aquí levantamos sus banderas”. Pavada de parranda el asesinato de 80 millones de seres indefensos a manos de distintas bandas, desde Stalin hasta Pol Pot.

Más adelante, sugirió la tremenda originalidad de una “alianza contra el hambre”, sobre la base de obsequios que haría el gobierno venezolano, claro que con los recursos coactivamente detraídos de la ya muy expoliada gente de aquel país y sobre la base de los estragos de empobrecedoras políticas estatizantes. En diversas oportunidades, utilizó lenguaje de grueso calibre con un énfasis que pone al descubierto sus ímpetus de macho-militar latinoamericano.

Por otra parte, Bush ha sentado un pésimo precedente con la, a todas luces, injustificada invasión a Irak a través de la patética figura de la “guerra preventiva” y las escandalosas patrañas de las armas de destrucción masiva, en un contexto orwelliano de cercenamiento de las libertades que, en nombre de la seguridad, conduce a la mayor inseguridad. Las notables reservas morales en los EE.UU. con razón insisten en la imperiosa necesidad de retomar los principios establecidos por los padres fundadores de aquella nación. Parlamentarios que van del republicano Ron Paul al demócrata Robert Byrd han denunciado estos atropellos, inadmisibles en cualquier lugar, pero inaceptables de modo muy especial allí donde las tradiciones tejieron y dieron luz al baluarte del mundo libre.

A la asamblea que tuvo lugar en la costa atlántica y a la autodenominada “contracumbre” a que hemos hecho referencia se acoplaron muy diversas manifestaciones, marchas, carpas, cortes de tránsito, paros y caravanas antinorteamericanas. Algunos admiradores del totalitarismo castrista viajaron al lugar del cónclave en cinco vagones de lujo, seguidos por una ruidosa murga de acólitos. Critican la globalización al tiempo que globalizan manifestaciones contrarias a que la gente pueda expresar libremente sus preferencias para elegir bienes y servicios. Pretenden imponer por la fuerza una cultura alambrada y xenófoba. Declaman airadamente contra el desempleo, pero no dejan de sugerir la implantación de impuestos adicionales al trabajo, que aumentan la desocupación y las tareas en negro.

Vociferan en favor de los derechos humanos, pero son admiradores de los desmanes y atropellos castristas. Muchos energúmenos rompieron, incendiaron e insultaron a diestra y siniestra en nombre de la paz social. Braman contra la miseria, pero insisten en la aplicación de recetas retrógradas y perimidas que han exhibido fracasos estrepitosos que generan hambrunas espeluznantes. Sugieren pesadas cargas tributarias que, al corroer las tasas de capitalización, disminuyen salarios e ingresos reales. Proponen a los cuatro vientos que se deben estatizar empresas para politizar actividades comerciales, con lo que se liquidan los incentivos y la auditoría que proporciona la competencia.

La reunión de mandatarios en Mar del Plata no ofreció un panorama alentador. Gran parte de las declaraciones individuales fueron altisonantes, pero más bien anodinas. Los sucesivos borradores contenían elementos de pura decoración y algunos ingredientes tragicómicos. Condenar la pobreza extrema es tan poco conducente como condenar la viruela o los ciclones. De lo que se trata es de aplicar medidas tendientes a paliar situaciones que, en la mayor parte de los casos, han sido creadas por las propias políticas estatales. Algunos presidentes, como Tabaré Vázquez, pudieron concretar acuerdos bilaterales de inversión con los EE.UU., pero la mayoría se volvió con las manos vacías y la mente llena de dudas.

En las escaramuzas y forcejeos sobre el documento final –muy lavado, por cierto– hubo coincidencias en cuanto a textos intrascendentes que no conducen a nada y, por otro lado, en teoría, discrepancias sobre el libre cambio. Decimos “en teoría” porque el bando que dice defenderlo revela gran hipocresía y doble discurso, ya que dista de practicar el comercio libre, mientras que los objetores insisten abiertamente en mantener telarañas mentales y, por tanto, adhieren con fervor al infantilismo de “vivir con lo nuestro”. De todos modos, en lo poco que ha podido abrirse paso el comercio, la parte disidente lo intenta bloquear, según queda reflejado en el documento, alegando diferencias en las economías entre países. Ellas son, precisamente, el motor de las transacciones internacionales, ya que entre iguales no tiene sentido la actividad comercial. Desplegar un aparato de seguridad de tamañas proporciones e incurrir en costos gigantescos de transporte y hotelería para este resultado es, para decir lo menos, frustrante. La movilización de la policía, los hombres rana, buques de gran porte, helicópteros, lanchas que patrullaban el mar, asueto administrativo en una ciudad vallada y demás parafernalia fueron para gobernantes que, en buena parte de los casos, no brindan a sus poblaciones los más elementales servicios de seguridad y justicia.

La borrasca de esta “cumbre” apareció más complicada y bastante más tortuosa que la esbozada por Emily Brontë. Según el diccionario, la expresión de marras significa, en sus tres acepciones, tormenta, contradicciones y festín en exceso. Nada parece más apropiado para describir la situación. Eduardo Mallea escribía que cuando uno pretende mirar lejos entrecierra los ojos en señal de esfuerzo, para cubrir grandes distancias, pero si uno realmente desea mirar en profundidad, hacia rincones muy apartados, “debe cerrar los ojos de la carne y abrir los del espíritu”. Si seguimos el consejo de Mallea, podemos imaginar un futuro venturoso para el continente americano, a condición de que se adopten con firmeza los principios éticos, jurídicos y económicos de una sociedad abierta. Esto fue, precisamente, lo que permitió la gran prosperidad de antaño en muchos países de la región. Si otros lo pudieron hacer –muchas veces atravesando situaciones más difíciles que las actuales–, podemos realizarlo también nosotros.

El autor es miembro de la Academia Nacional de Ciencias Económicas.

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