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Dante en el país de las águilas

Por Ismail Kadaré Corriere della Sera

Domingo 20 de noviembre de 2005

Dante Alighieri escribía la Divina Comedia en la soledad del exilio cuando la sombra del Imperio Otomano estaba por devorar la península balcánica junto con sus lenguas, memorias, costumbres, iglesias. También Albania estaba en la mira de los turcos que se preparaban para atacar Europa. En el asedio de la ciudad de Scutari, durante uno de los últimos encuentros armados, los soldados iban al asalto al grito de "Roma, Roma". El Imperio miraba lejos, listo para otras batallas, y la famosa frase del sultán Mohamed II, que prometía llevar su caballo hasta la mismísima puerta de la catedral de San Pedro, hizo estremecer a todo el continente. Fue entonces cuando los Balcanes dejaron de formar parte de Europa. Fortuna adversa también para los albaneses que, como las otras poblaciones, perdieron al mismo tiempo la libertad, a Europa y al primer poeta del continente: Dante.

Como cristiano y como poeta, Dante Alighieri fue doblemente marginado. Se ha hablado mucho, equivocadamente, de la tolerancia del Imperio Otomano. Se olvida que entre los sometidos pueblos balcánicos, el elemento más peligroso era la lengua escrita, que fue reprimida de las maneras más cruentas. En los Balcanes podía tolerarse el cristianismo de Alighieri, pero no su poesía. Con la caída de la dominación turca, comenzó la verdadera relación entre Dante y los pueblos de los Balcanes. El capítulo más sorprendente de la historia tendría que ver justamente con los albaneses que, en esos tiempos, supieron "aferrar" el espíritu del sublime poeta.

Albania fue la última en despegarse del Imperio Otomano (en 1913). Y ya libre, puso en el trono al príncipe alemán Wilhelm Wied. Al término de la Primera Guerra Mundial, el cetro pasó al albanés Zog I. El 7 de abril de 1939, viernes santo, los italianos ocuparon Albania. El mismo mes se produjo la unificación y Vittorio Emanuele III asumió con el título de rey de Italia y Albania, y emperador de Etiopía. Convertidos en súbditos de un país que está al otro lado del mar, grandes sorpresas les aguardaban a los albaneses. La primera, desagradable: encontrarse en el mismo Estado con los negros de Etiopía, una ofensa para su raza, exaltada como la más noble de los Balcanes. La segunda sería recibida de buen grado: bajo la misma corona, Italia aportó como dote a su más grande poeta: Dante Alighieri. La influencia de la pintura, de la música, de otras artes fue relativa; pero no así el signo indeleble del príncipe de los príncipes. De ese modo, el divino Alighieri, profético, que unifica, poeta oficial de Italia, se convirtió en el primer poeta de Albania. Dante, perdido desde tiempos inmemoriales por las naciones balcánicas, reaparecía de pronto. Albania lograba recuperarlo.

Así nació el mito albanés de Dante: decenas de traducciones, numerosas reediciones de la Divina Comedia, clubes, círculos de estudio, asociaciones, iniciativas, institutos de beneficencia, concursos y foros, noches de gala, plazas, calles. Todas con un nombre: Dante Alighieri. Toda Albania parecía impregnada del poeta. Jamás había sucedido que un Estado ocupante hubiera izado por sobre las armas la bandera del más bello poema de la humanidad.

Según Ernest Koliqi, el más famoso especialista en Dante albanés de los años treinta, escritor anticomunista que huyó del país después de la capitulación de Italia, las primeras traducciones al albanés de la obra de Alighieri (la Comedia, La Vita Nova, El Convivio) fueron publicadas en el siglo XIX por el italoalbanés Luigi Lorecchio. En 1900 fue traducido el Canto quinto del Infierno por Socol Baci di Mbishkodra. Poco después de la independencia albanesa, y durante el caos que le siguió, fue el padre Prenushi, poeta y ensayista muerto trágicamente en las cárceles comunistas, quien tradujo el Canto décimo del Paraíso.

Tanto fervor no produjo, sin embargo, un trabajo organizado. Famosos por sus descuidos, los albaneses, a pesar de sentirse seducidos por Dante, no lograron dar una versión integral de la Comedia. Las tres partes y los cientos de cantos del poema parecían hechos a medida para la inquieta índole de "los hijos del águila" albanesa. Los traductores "corrían" de uno a otro texto y, como si eso no fuera suficiente, tampoco encontraban la paz dentro de una misma parte. Tomemos el Infierno, los versos predilectos en el país de las águilas: inspirados de manera persuasiva por los tercetos dantescos, los traductores saltaban de un fragmento al otro según los estados de ánimo, los rencores, las enemistades del momento.

Mientras tanto, relegado en la quietud de Roma, Ernest Koliqi siguió el destino de su ídolo: Dante. Desde su exilio vigiló y se informó. Estaba convencido de que, junto con la lengua italiana, extirpada para dejar lugar al ruso en los días que siguieron a la capitulación de Italia, también el poeta sería arrollado por el vendaval.

Pero ante su gran estupor, eso no sucedió. No ocurriría tampoco luego cuando, después de la huida de los alemanes, los comunistas instauraron la dictadura. No. La tempestad no abatió a Dante. No sólo eso. Continuó siendo traducido, más que antes. En pleno comunismo albanés -poder feroz, impío y absolutamente incompatible con Dante-, la obra fue traducida íntegra y magistralmente. Puede parecer una paradoja. Sin embargo, no lo es. El fenómeno tiene una lógica: el infierno de la realidad albanesa indujo a traducir de manera más integral, conmovedora, devota, el infierno descripto por el poeta. Dante nació para todos. Existía una gran parte del mundo, el imperio comunista poblado de gente sometida, sin esperanzas, que tenía necesidad de él. En la soledad del exilio, Koliqi recibió una buena noticia: la mejor traducción de la Comedia había sido realizada por Pashko Gjeçi, católico de Scutari. Gjeçi había estado en las prisiones comunistas, luego realizó trabajos forzados antes de ser por fin liberado. Nadie sabía en cuál de esas tres condiciones había realizado su obra más meritoria. A Koliqi esto le pareció un sueño, una alucinación. El milagro había ocurrido allí donde la cruz había terminado en el polvo, donde no había habido piedad ni indulgencia para nadie.

Como ocurre con todos los sueños, se temía que el milagro de Dante Alighieri se desvaneciera. Existía el temor de que la magia se interrumpiera. Por esto Koliqi fue prudente, prefería no mencionarlo: una frase de más, la denuncia de alguien, el capricho del dictador Hoxha y Albania habría perdido a Dante por otro medio siglo. Y lo habría perdido justamente cuando más se lo necesitaba.

(Traducción: María Elena Rey)

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