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Saramago: "Ya no hay ideas de izquierda"

El premio Nobel elogió a Kirchner

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LA NACION
Lunes 21 de noviembre de 2005

LISBOA.– ¿Qué pasaría si la muerte se jubilase? “Sería un desastre”, sintetiza el escritor portugués José Saramago, cuyo último libro, “Las intermitencias de la muerte”, toma como punto de partida esa idea para explorar de qué forma se alteraría el ciclo normal de las vidas humanas al dejar la muerte de hacer su trabajo.

LA NACION entrevista al premio Nobel de Literatura en una sala de su editorial portuguesa, donde sólo hay una mesa rectangular pelada y una biblioteca de fondo. Ni un florero, ni un café, ni un almohadoncito para las sillas duras. Acorde con ese ámbito despojado, Saramago se mantiene ascético y erguido. Sin que su cara refleje emoción alguna, habla de la vida y la muerte, del paso de los años, la vejez inevitable y la ilusión de la inmortalidad.

También habla de política: tiene palabras de elogio para el presidente Néstor Kirchner y dice que en el mundo “hoy no hay ideas de izquierda”.

"A nadie se le puede quitar el miedo a la muerte, pero escribir o leer sobre ella es un buen ejercicio de simulación", dice el autor portugués
"A nadie se le puede quitar el miedo a la muerte, pero escribir o leer sobre ella es un buen ejercicio de simulación", dice el autor portugués. Foto: AP

–Después de su reciente visita a Buenos Aires, ¿cómo juzga la realidad argentina de estos días?

–Bueno, que Kirchner sea de centroizquierda es algo que no significa nada, pero me parece que está haciendo un buen trabajo. Puede no gustar a todos, no estar dando tanta atención al tema social como debería, por ejemplo, pero en general me parece que la Argentina va en una buena dirección. Quizá no sea la única dirección pero después de todo lo que ha pasado... No sólo la dictadura sino la democracia mal orientada y la crisis económica, y Menem. Ah, ese sí que era para mí un ángel de la muerte, que espero que no vuelva, aunque ya lo tenemos en el Senado.

-¿Por qué la centroizquierda no significa nada?

-Hoy ya no hay ideas de izquierda. Estamos en una situación en la que se combina el dominio del sistema capitalista en su cara neoliberal con una izquierda que no supo reorientarse después del colapso de la Unión Soviética. Y hasta China hoy es uno de los países capitalistas más duros que se pueda encontrar bajo la fachada de partido único. El momento no está para que puedan nacer ideas nuevas capaces de movilizar a la gente. Por eso lo que la izquierda ha hecho, o al menos los partidos socialistas han hecho, es acercarse al centro, olvidando que cuando la izquierda se acerca al centro se acerca a la derecha. Y la derecha ahora dice: "Nosotros no somos derecha, somos centroderecha", con lo cual el centro se vuelve una ficción que no existe.

-Pero que todos los partidos apunten al centro, ¿no es un signo de moderación?

-No lo es por una sencilla razón: cuando la izquierda se acerca al centro, empieza con políticas de derecha. Pero cuando la derecha se acerca al centro, no empieza con políticas de izquierda, sino que continúa con políticas de derecha. O sea que todo se mueve a la derecha, y cualquier otra cosa es retórica, son canciones para hacer dormir a los niños? y a lo pueblos.

-¿Qué opina de lo que está pasando en París?

-Que no es algo exclusivo de París. Los barrios de las grandes ciudades de Europa están llenos de gente excluida que un día se harta. Hay que tomar medidas para que la vida humana tenga sentido.

Volviendo al tema que plantea "Las intermitencias de la muerte", los problemas -afirma el escritor nacido en 1922- no vienen sólo del orden práctico, del estilo "¿cómo pagará el Estado las pensiones?" o "¿qué vida eterna prometerá la Iglesia?", sino que tocan en lo personal: "Vivir eternamente en la Tierra sería un castigo; cada vez seríamos más viejos", subrayó. "No temo a la muerte ni paso los días con esa preocupación, pero sí soy consciente de ella; tengo la edad suficiente para decir que soy viejo, 83 años. Pero vivo como si tuviera 75, que es una edad estupenda. Incluso, a veces, como si tuviera 62. Y, en algunas raras ocasiones, como si tuviera 18? ¡lo que ya es la hostia!, como dicen los españoles", bromea el autor.

Ese tono jocoso -poco común para un pesimista tan conocido como el premio Nobel de Literatura portugués- se mantiene a lo largo de su nueva novela. Pero Saramago dice que no entiende por qué el tema de su libro causa tanta sorpresa. "Sobre la muerte ya se ha escrito en todos los tonos en el pasado, incluso con humor, aunque fuese un humor trágico, como el de los textos medievales. Lo único que quizá sea raro es que yo lo haga en un tiempo como el de hoy, en el que se intenta hacer de cuenta que la muerte no existe, y que explícitamente la ponga delante de las narices del lector", explica.

-¿Tomándole el pelo a la muerte, aunque sea en forma literaria, se va el miedo que da?

-A nadie se le puede quitar el miedo a la muerte, pero escribir o leer sobre ella es un buen ejercicio de simulación, como ya no anda por ahí? O sea, antes teníamos aunque sea los cortejos fúnebres que marchaban por la calle, hoy ni siquiera se sabe dónde están los muertos. Se los entierra rapidito en algún lugar de las afueras y a otra cosa. Pero en el libro también hablo de otra forma de muerte, que es la que representan los ancianos, respecto de quienes también pretendemos hacer como que no existen, como si sólo valiese ser joven o adulto, pero lo que viniera después no contara. Los ancianos son estorbos que impiden disfrutar de la vida porque hay que cuidarlos, eso es algo que nos caracteriza hoy. Muerte, enfermedad y decrepitud son cosas para quitar de la vista. Lo que yo digo es simplemente que están allí y que no tenemos más remedio que aceptarlo, aunque lo digo de manera divertida.

-¿Uno puede abordar con humor todo en la vida?

-Yo creo que sí. Sin embargo, en mi obra lo normal es la ironía, y ésta es la primera novela en la que el humor está claramente puesto, es más franco. Y con la ironía sí, yo trazo una distinción que no aplico para nada más: se puede ser irónico contra las instituciones en la vida, pero no contra las personas. Al menos yo sería incapaz, es una ofensa, puede ser humillante, porque es ponerse en una posición de superioridad. Se trata de un sentimiento que no tengo como persona, sí como escritor, entonces es un recurso que uso en la literatura pero no en las relaciones humanas.

-¿Por qué es tan malo ser inmortal? ¿No es acaso el sueño eterno del hombre?

-Sí, pero es un sueño equivocado. Cuando uno piensa en ser inmortal se imagina eternamente joven y sano. ¡Muéstreme una persona muy vieja o enferma que quiera ser inmortal! Lo que pasa es que no nos damos cuenta de que para ser inmortales deberíamos ser niños, jóvenes, adultos y luego viejos, viejos, viejos y viejos para siempre. No es Saramago pesimista, sino Saramago que no tiene más alternativa que rendirse ante la evidencia. No soy un anciano ni un señor mayor. Soy un viejo. Lo que ocurre es que tengo la suerte de que soy un viejo que, por el momento, se vale por sí mismo. Por algo la vejez es, y debería ser, el punto final.

-¿Y qué viene después?

-Nadie sabe, creo que la Iglesia tampoco sabe. ¿Por qué no aceptamos las cosas como son? Que nacemos, vivimos y morimos. No hay que pensar en tonterías de la vida eterna. El más allá, ¿dónde? ¿En otra galaxia? ¿En el cielo? ¿Y si no hay cielo? Mejor hacer las cosas bien en esta vida. Que esto sea un valle de lágrimas porque después hay un premio son puros cuentos. Aunque yo haya escrito un libro al respecto, ni siquiera vale la pena hablar tanto de la muerte. No sabemos qué es y nunca vamos a saberlo.

-Salvo los que tienen esas experiencias como un túnel oscuro con luz en el fondo?

-Hace unos años me operaron de un ojo. Yo también vi el túnel y todas esas cosas, pero sólo significa que estaba pasando a la inconsciencia por la anestesia. No era que estuviese entrando en el reino de las tinieblas.

-¿No le dio ni un poco de miedo?

-Yo no creo que nadie hoy le tenga miedo al infierno. ¿Tiene acaso sentido que por un error cometido aquí estemos condenados al infierno por toda la eternidad? En la sociedad humana, por la justicia criminal se va a la cárcel, se cumple la condena y luego se empieza una vida nueva. Si Dios es misericordioso, ¿dónde esta la misericordia si nos castiga para siempre? El cielo y el infierno son fábulas que estaban aquí desde que nacimos, pero que no tenemos por qué creer. Hasta el Papa (no éste, sino el anterior) declaró con toda sencillez que el paraíso no existe, que es estar bien con Dios, que el infierno es estar mal con Dios, y eso es todo. Pero igual, la Iglesia necesita de la muerte. Toda la base sobre la que asienta su edificio administrativo, teológico, ideológico y represor se derrumbaría si la muerte dejara de existir. Por eso los obispos en la novela convocan a una campaña de oración para que vuelva la muerte. Sin la muerte y la resurrección, la religión no podría seguir diciendo que nos portemos bien para vivir la vida eterna en el más allá. Pero eso es un cuento para niños, y un mal cuento para niños, porque hay que enseñarles la verdad, no introducirles mentiras.

-¿Por qué no cree en Dios?

-En nuestra galaxia hay miles de millones de estrellas y nosotros somos una de ellas. Es demasiada arrogancia de nuestra parte pensar que hay un Dios infinito que piensa en todos nosotros. La realidad es que el universo no sabe que existimos, le da igual que haya una estrella más o una menos. Ni siquiera entiendo cómo se puede creer en Dios con lo que ha avanzado la ciencia. Antes, si llegaba un chorro de luz a través de las nubes, bueno, se podía considerar una señal divina, pero no ahora, ¿qué sentido tiene? Por lo pronto sé que yo, cuando llegue mi hora, entraré en la nada, me disolveré en átomos. Y así, un día, se terminará todo lo demás, la Tierra, la galaxia, el sistema solar, y no habrá ningún Dios que diga: "¿Pero dónde están todos esos seres que había creado con tanto amor?".

-Su obra ha sido leída como una defensa de la eutanasia, sino del suicidio. ¿Cuál es su punto de vista, más allá de la literatura?

-El suicidio nació con la conciencia del hombre y en la antigüedad era aceptado. Es un derecho, porque uno debe disponer de su propio cuerpo, sobre el que nadie más tiene derecho a decidir. No creo que alguien que se suicide sea necesariamente un cobarde, creo que cuando la vida mental o cívica ha terminado ya no vives, y se puede llegar a esta situación por desesperación. El Estado, en caso de guerra, puede disponer de mi vida, enviándome al frente, ¿y no voy a tener yo el derecho de interrumpirla? Seguramente hay otra solución para los problemas, pero es la decisión de cada persona.

-¿Y qué opina de los que se congelan, como se dice de Walt Disney, para volver a la vida más adelante?

-Si los ricos quieren congelarse, allá ellos. No me conmueve en absoluto, es sólo negarse a ver que no hay nada de definitivo en nosotros, que venimos al mundo por turnos.

-¿Usted escribe para intentar cambiar el mundo?

-La literatura es una forma de estar comprometido con lo que pasa. En lo personal, me mantiene despierto y me revitaliza, pero no tengo ninguna esperanza de que nada de lo que escriba yo o ningún otro escritor pueda remediar los males del mundo.

-¿Y cuánto de autobiográfico tienen su personajes?

-Yo no estoy escondido en ninguno de los personajes de mis novelas. La vida que les doy es mucho más interesante que la mía, y hasta ahora no me ha faltado la imaginación.

-¿Escribir lo hace feliz?

-Piense que a cada instante en la cantidad de niños que mueren de enfermedades, de hambre y de sed. Quien se dice feliz en el Primer Mundo no piensa que su felicidad depende de la infelicidad de los demás. Vivimos muy bien sin parar a pensar que, tantas veces, se lo debemos la acción de una moral que dista de ser intachable.

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