"Los escritores ingleses son ante todo caballeros. Después, eventualmente, pueden resultar extraordinarios escritores", opinó alguna vez el gran narrador norteamericano Raymond Chandler, despotricando quizás contra sí mismo, o a lo mejor mandando al diablo, vaso de whisky en mano, todo lo que le habían enseñado sobre literatura en las aulas de un correcto college victoriano. Acto seguido, consagró su talento al género, por entonces poco prestigioso pero de generosas regalías, de la novela policial negra.
Si bien gustaba de jugar al flemático caballero de Oxford o Nottingham donde, de hecho, residió durante algunos años dedicado a la enseñanza de la literatura hispanoamericana, C. E. Feiling no fue, definitivamente, un escritor inglés. A pesar de su anglomanía confesa, a pesar de su sintaxis correctísima y lapidaria, sus lecturas intensivas del London Review of Books y el Times Literary Supplement, Carlos Eduardo Feiling -que solía firmar C. E. Feiling, a la manera de T. S. Eliot o G. K. Chesterton por ejemplo- nació en Rosario en 1961 y falleció en Buenos Aires, prematuramente, a la edad de treinta y siete años.
Paradigma de amistad e inteligencia literaria entre algunos escritores surgidos en torno a la revista Babel (Luis Chitarroni, Guillermo Saavedra o Daniel Guebel), Feiling publicó tres libros en los que abordó, con cierta originalidad y mucha destreza formal, distintos subgéneros narrativos como el policial (El agua electrizada, 1992), la novela de aventuras (Un poeta nacional, 1993) o el relato de terror (El mal menor, 1995), además de un libro de poemas, Amor a Roma, escrito en una argamasa bastante difícil de discernir entre el lunfardo -o digamos mejor: el slang de un pícaro de salón- y una suerte de latinismo, más o menos imbuido de Catulo y Propercio.
Con toda intención viene a ampliar esta bibliografía con un compendio de las numerosas intervenciones de C. E. Feiling en el campo del periodismo cultural. Se trata de recensiones de libros, notas sobre cine y pintura, artículos misceláneos escritos en su mayoría para las rotativas locales. Estos textos tienen, por consiguiente, un aire muchas veces perentorio, propio de la urgencia y los requisitos de actualidad con que se maneja la prensa, lo cual no equivale a decir que estén forzosamente mal escritos o privados de estilo.
Muy por el contrario, si algo se destaca en estas páginas recopiladas por Gabriela Esquivada y Alfredo Greco y Bavio, no es tanto la "intencionalidad", el tinte irónico o la alta belicosidad de algunos juicios críticos proferidos por Feiling, como la cuidada elaboración de su estilo, ya que aun cuando lanza ataques frontales -contra un libro de poemas de Emeterio Cerro y Arturo Carrera, a los que acusa de escribir en una glosolalia neodadá que sólo ellos entienden, o también contra Una sombra ya pronto serás, de Osvaldo Soriano, novela que condena por "populista" y "sentimental"- Feiling lo hace como un caballero inglés, tirando prolijas estocadas, sin perder jamás los estribos ni mancillar el honor de sus víctimas. Inclusive se permite -impostando un tono pendenciero y burlón que recuerda al Borges de la revista El Hogar- unos cuantos y osados guiños a la literatura, amén de un vistoso flirteo con la retórica argumentativa.
No obstante, a diferencia del autor de Ficciones, cuya crítica se atenía estrictamente al campo de la literatura y la filosofía, Feiling aborda temas que van desde la política internacional hasta las últimas novedades en materia de cine, libros o pintura, del mismo modo que puede explayarse sobre una versión de "In my way" cantada por Sid Vicious -el bajista de "Sex Pistols"-, comentar una función de magia de David Copperfield o hacer la crónica de un viaje en taxi por una calle que alguna vez se llamó Cangallo con un chofer que era, por supuesto, peronista.
Dejando al margen las gentilezas de la hora, excusando algunas abusivas detracciones, Feiling fue un lector siempre hedonista e ingenioso que pudo reírse, en su momento, de "los que toman cortado leyendo a Paul Auster", así como rescatar del olvido una nouvelle de Martínez Estrada (Marta Riquelme) o advertir la proyección en el tiempo de la obra poética de Hugo Padeletti. Ya sea en el elogio o en la diatriba, lo cierto es que no perseguía tanto demostraciones categóricas como esbozar un sano y honesto disenso en torno a algunas ideas fosilizadas sobre el lenguaje y la cultura.
Walter Cassara