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"La justificación cultural de la monogamia está en vías de desaparecer"

Reflexiones del ex asesor de Mitterrand

Lunes 12 de diciembre de 2005

“La Argentina está en convalecencia”, dice el economista Jacques Attali, y enumera los problemas que, a su juicio, requieren inmediata atención: el desempleo, la inflación y los desencuentros en las relaciones internacionales. “El mundo necesita todo lo que la Argentina puede aportar”, subraya.

Ensayista, biógrafo de Marx y de Pascal, hombre de inquietudes múltiples que lo han llevado a publicar más de 30 libros y a interesarse en temas que van de la teoría política a la evolución de las costumbres, Attali fue asesor del presidente François Mitterrand (“siento un gran orgullo de haber trabajado con él”, dice) y máxima autoridad del Banco Europeo de Desarrollo.

Acaba de visitar Buenos Aires para apoyar el lanzamiento en la Argentina de PlanetFinance, la organización internacional que ha creado y preside para respaldar a las instituciones que brindan servicios financieros a los sectores más desfavorecidos de la población.

Lúcido y aficionado al apasionante ejercicio intelectual que supone prever qué cambios y tendencias regirán la vida de los individuos en los próximos años, Attali habló con LA NACION de la actualidad mundial y los desafíos de la globalización, y explicó uno de sus planteos más recientes y polémicos: por qué cree que se asiste al fin de la monogamia. En un hotel de Puerto Madero, durante una pausa en su intensa agenda porteña, Attali compartió su visión de la Argentina y del mundo.

-¿Qué impresión se lleva del país?

-La Argentina está en convalecencia, saliendo de una crisis difícil y tratando de retomar un camino de crecimiento. Con muchos problemas: el desempleo, la inflación, el nivel de pobreza, que sigue siendo considerable, las dificultades en las relaciones internacionales. Creo que es muy importante el control de la inflación y que se instale verdaderamente la voluntad de tener estabilidad política democrática, con alternancia. En la Argentina hay un deseo de trabajo y eso es muy importante. El mundo necesita de todo lo que la Argentina puede aportar.

-¿Qué papel cree que podría jugar, en esa recuperación de la Argentina, la microfinanza?

-La microfinanza corresponde completamente a las necesidades de la Argentina actual. El país hoy tiene que ayudar a una población formada, competente, caída en la pobreza por los errores de los gobiernos, y ponerla nuevamente en una situación de trabajo. Para eso, la microfinanza es un arma formidablemente eficaz, que no está reservada sólo a los países muy pobres: hay microfinanza en Francia y en los Estados Unidos.

-Durante la última reunión de jefes de Estado que tuvo lugar en la Argentina se debatió en los medios qué posición debería adoptar el país respecto del ALCA. ¿Cuál es su opinión?

-Pienso que todo proyecto de libre intercambio bien equilibrado es una oportunidad para un país como la Argentina. Al mismo tiempo, el país debe hacer todo para que sus fronteras se abran en su relación con sus vecinos. El ejemplo europeo muestra que la integración con los vecinos es prioritaria.

-Usted ha seguido la evolución del conflicto palestino-israelí. ¿Qué opina de la etapa actual y, en particular, de la trayectoria de Ariel Sharon, que fue desde una posición de extrema dureza hacia el reconocimiento de la necesidad de diálogo?

-Desde ese punto de vista Ariel Sharon se parece un poco a Charles de Gaulle, que vino de la derecha e hizo la paz con Argelia. Hoy se da la situación de que, al mismo tiempo, hay dirigentes palestinos e israelíes que valen la pena. Aun así hay y habrá cada vez más atentados de parte de aquellos que quieren sabotear la paz. Pero soy optimista porque creo que la situación es mejor que en otros momentos. Existe el reconocimiento de que es necesario crear un Estado palestino.

-Un muro separa en Medio Oriente a israelíes y palestinos; hace poco se hizo público un proyecto para construir un muro en la frontera de los Estados Unidos con México. ¿La globalización se está estrellando contra los muros?

-No tiene nada que ver, los israelíes no hacen un muro para frenar la inmigración palestina, sino para protegerse del terrorismo. Ese muro es provisorio. Guardando las proporciones, es como lo que se hace en la escuela cuando dos chicos se pelean: se empieza por separarlos. Hay otros muros mucho más peligrosos que se podrían levantar en las fronteras Norte-Sur: en la frontera entre México y Guatemala, entre España y Marruecos, entre Rusia y Polonia. Por otra parte, la globalización ya fracasó cuatro veces desde el siglo XVIII. Cada vez que se la intentó, encalló en el nacionalismo y en la guerra. Es posible que fracase todavía una vez más y que los ricos se encierren. Creo que encerrarse, por parte de los países ricos, sería suicida. Los países ricos deben comprender -y creo que lo están haciendo- que la violencia es provocada por la pobreza y la desigualdad, y que la única manera de que ellos estén tranquilos en sus casas es que los otros estén tranquilos en las suyas. El desarrollo no es sólo un asunto de generosidad, sino también de egoísmo.

-¿La reciente ola de violencia en Francia tuvo su raíz en la pobreza?

-No hay que exagerar: no hay verdaderamente violencia en Francia. Lo que hay es frustración. La democracia, la transparencia mediática dan acceso a todo el mundo al conocimiento de la riqueza. Y hay una frustración general que aumenta y que es el resultado de constatar que los ricos son cada vez más ricos y que la clase media no se beneficia con la riqueza. La movilidad social no aumenta y tampoco aumenta la igualdad. Se puede aceptar la desigualdad cuando hay movilidad social porque, cuando hay movilidad, de alguna manera se accede a la riqueza. Pero cuando no hay justicia social ni movilidad social, la situación explota. Esa es hoy la situación en muchos países desarrollados. En Francia no hay un problema religioso; lo que ocurre, simplemente, es que los medios desfavorecidos sufren más que los otros el desempleo y la desigualdad.

-¿No hubo, entonces, en los últimos conflictos sociales que se vivieron en Francia ningún componente religioso?

-Para nada. Eso es falso. En ese conflicto hubo un componente que no tiene que ver con la religión sino con el origen, porque se trata de ciudadanos franceses venidos de Africa. La inmensa mayoría de los musulmanes franceses están muy bien integrados.

-¿Cuál es el gran desafío que plantea hoy la globalización?

-Siempre digo que la gran pesadilla que amenaza el mundo es ver que la mundialización se traduce en una victoria del mercado sobre la democracia. Una sociedad equilibrada es aquella en la que el mercado y la democracia funcionan juntos. Hoy el mercado es más fuerte que la democracia porque, por su naturaleza, no tiene fronteras, en tanto que la democracia sí las tiene. De allí la importancia de tener una democracia del mismo tamaño que el mercado, es decir, una democracia regional. Construcciones como la Unión Europea y el Mercosur son importantes para evitar verse obligados a elegir entre el mercado todopoderoso o el repliegue dentro de las propias fronteras.

-En más de una oportunidad usted ha dicho que el gran teórico de la política fue Shakespeare. ¿Por qué?

-La historia política se juega, en general, en un pequeño círculo humano. Shakespeare es el gran pensador de la acción política inmediata porque piensa en las pasiones de los hombres. Su obra es fundamental para comprender el siglo XX. La crisis que desencadena la Primera Guerra Mundial; la locura por el poder alemana, que subyace en la Segunda Guerra Mundial; lo que pasó en Moscú en 1985, con la llegada de Gorbachov al poder, que termina dando vuelta la historia del final del siglo XX, son episodios shakespereanos. Shakespeare es mucho más importante para comprender la historia política que Marx o que Weber.

-Hace algunos meses se conoció un polémico artículo en el que usted pronostica el fin de la monogamia. ¿En qué se basa para hacer ese pronóstico?

-Efectivamente, no es un deseo sino un pronóstico. Si uno mira lo que pasó al final del siglo XIX observará que los intelectuales hicieron entonces pronósticos acertados sobre muchos aspectos de lo que se viviría en el siglo XX. De alguna u otra manera anticiparon la aviación, la televisión, incluso la clonación. Todo eso fue visto. Lo que no se vislumbró fueron los cambios que se iban a producir en la estética, en la moral y en las ideas. Nadie pensó en el nazismo o en la legalización del divorcio y de las uniones homosexuales. Pienso que algo parecido ocurre respecto del siglo XXI. Parecería que son relativamente fáciles de prever los cambios geopolíticos y tecnológicos, muy difíciles de prever los cambios estéticos (qué es lo que va a ser considerado bello o no bello) y todavía más difíciles de vislumbrar los cambios en la concepción acerca de lo que está bien y lo que está mal. En ese sentido, creo que uno de los cambios importantes que se producirán en el terreno de la moral (le reitero, no es que lo desee, sino que lo pienso posible) es la reconsideración de la monogamia y de la fidelidad como una necesidad absoluta.

-¿Por qué?

-Porque la gran tendencia del mundo actual es hacia la libertad. Y si uno reflexiona bien, la libertad no es sólo "o", la libertad es también "y". Uno no quiere solamente la libertad de elegir el auto rojo o el auto verde; quiere la libertad de elegir el auto rojo y el auto verde. Por otra parte, en una época en que la esperanza de vida va en aumento, no creo que se encuentren fidelidades excesivas durante mucho tiempo. Esto no significa un retorno al harén, para nada. Es, más bien, el hecho de que la gente tiende a vivir en redes múltiples. Con el empleo ocurre algo parecido. Antes lo normal era que la gente trabajara como empleada de una sola empresa. Ahora, cada vez hay más gente que es empleada de sí misma y que, al mismo tiempo, trabaja para otra empresa. Pienso que esa multiplicidad se va a extender también a la vida sentimental. Claro que esto no ocurrirá mañana, pero sí creo que se producirá en el transcurso del siglo.

-En aquel artículo usted señalaba que la monogamia permite la transmisión ordenada de la propiedad. ¿Considera que la base de la monogamia es solamente económica, no ética?

-Es cultural. En las sociedades primitivas no se encuentra la monogamia; se encuentra la poligamia y la poliandria, por razones a la vez culturales y económicas. Hoy ya no hay una necesidad económica de la monogamia: la mujer trabaja; el mercado, que antes exigía la monogamia para organizar la acumulación y la transmisión de riqueza, se sirve ahora para eso del circuito financiero más que de la familia. La transmisión de la propiedad la hace cada uno por sí mismo y, por otra parte, cada vez más la gente vive la propiedad como algo inmediato, no como algo a transmitir. De modo que la justificación económica y cultural de la pareja monogámica dentro de la sociedad está en vías de desaparecer.

Por Verónica Chiaravalli De la Redacción de LA NACION

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