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Koestler, el lobo solitario

El escritor húngaro sigue suscitando polémicas. Este año, se publicaron varios libros sobre el autor de El cero y el infinito, la célebre narración sobre los juicios en el Moscú de los años 30

Sábado 24 de diciembre de 2005

La obra de Arthur Koestler, nacido en Budapest hace un siglo, no ha tenido ni remotamente la suerte de la de Sartre, de cuyo nacimiento también se cumplió este año el centenario. No hubo largos programas conmemorativos por televisión. La plaza principal de Saint Germain-des-Prés hoy lleva los nombres de Sartre y Simone de Beauvoir, pero ninguna calle o plaza de París, Londres o Budapest lleva el de Koestler. Cuando murió, ningún jefe de Estado vino a rendirle un último homenaje y a su funeral no asistieron, ni con mucho, 50.000 personas, como al del filósofo francés.

Podrían aducirse varias razones. Orwell, que en general estaba bien dispuesto hacia él, se declaró insatisfecho con Espartaco y Arrival and Departure (Llegada y partida) no bien aparecieron. Estas y otras novelas suyas no han resistido el paso del tiempo. Lo mismo podría decirse de algunos escritos de Sartre y Beauvoir, pero ellos tenían una "familia", una escuela, muchos discípulos, todavía más admiradores y, por supuesto, una revista literaria influyente. Además, Sartre tiene asegurado un lugar en el repertorio teatral francés y Beauvoir, el apoyo constante, o casi, de las feministas, salvo las más radicales. Los tanteos de Koestler en la dramaturgia fueron pocos y débiles, y por sobrados motivos, no tuvo la menor posibilidad de transformarse en un ícono del feminismo. A diferencia de Sartre, él nunca leyó a Husserl ni a Heidegger. Fue un lobo solitario, más ducho en irritar y ofender a la gente que en ganar y conservar amistades.

También hay razones políticas. Aun en vida de Sartre, sus opiniones políticas causaron cierta perplejidad y vergüenza hasta en sus admiradores más fervientes. Pero, en general, a los intelectuales franceses les fue fácil perdonarle sus numerosos errores, a menudo garrafales. En cambio, el anticomunismo de Koestler provocó un encono considerable que perduró aun después de terminada la Guerra Fría, precisamente por su acierto prematuro.

Foto: Corbis

Hoy se menosprecia la obra de Koestler posterior a los años 50, cuando abandonó la política. Pocos logran comprender sus "conceptos holónicos" o sus trabajos sobre parapsicología. Creyó que podría convertirse en el Darwin del siglo XX, pero no lo fue. Allí donde más se lo aprecia -en la historia de la ciencia y en su campaña por la abolición de la pena de muerte- su aporte fue menos original y notable que en sus escritos anteriores.

No obstante, no ha sido olvidado. Su centenario ha dado pie a la reedición de algunas de sus obras en Gran Bretaña, Francia, Alemania y otros países. Por sobre todo, de Flecha en el azul y La escritura invisible que, por cierto, se cuentan entre lo mejor del género autobiográfico del siglo XX. Lo mismo cabe decir de El cero y el infinito (Darkness At Noon), que hoy es un clásico.

Este año han aparecido nuevos estudios biográficos sobre Koestler. El más destacado es L´homme sans concessions, de Michel Laval, un voluminoso fruto de largos años de trabajo. Su autor conoce a fondo -quizá, mejor que todos los biógrafos anteriores- la izquierda europea de los años 30 y 40. Presenta un excelente panorama del ambiente cultural y político en que se arraiga la obra de Koestler. Pero, como lo indica el subtítulo, Arthur Koestler y su siglo, se ocupa más de sus amigos y enemigos, del trasfondo en general, que del escritor y su obra.

Hasta ahora, Koestler no ha tenido suerte con sus biógrafos. El libro de Michael Scammell, de inminente salida, tal vez sea la excepción. Los de Ian Hamilton y Debray Ritzen, pese a sus muchos e indudables valores, son ensayos extensos, más que biografías de gran envergadura. David Cesarini pudo acceder a los papeles de Koestler. Sin embargo, de su The Homeless Mind (1998) emerge un retrato desigual. Su autor se explaya sobre la vida sexual de Koestler y su deplorable actitud hacia las mujeres en general.

Pero ¿fue Koestler un monstruo? Una vez más, la comparación con Sartre y Beauvoir resulta instructiva. Algunas publicaciones recientes, como Tête à tête: Simone de Beauvoir and Jean-Paul Sartre, de Hazel Rowley, y un poco más atrás, Memorias de una joven informal, de Bianca Lamblin, han arrojado una nueva luz sobre la pareja. Comparado con ellos, Koestler parece casi un paradigma de franqueza y honestidad. Es bien sabido que Koestler era un pendenciero sin la menor pizca de autodisciplina. Aun así, y pese a todas sus riñas de borracho y sus agresiones desagradables, no era mendaz con sus parejas sexuales. No despreciaba a aquellos a quienes decía amar, como lo hacían Sartre y Beauvoir. Tampoco se especializaba en atraer a muchachas perturbadas. Fue un hombre perturbado a quien los antidepresivos y el psicoanálisis no ayudaron mucho, pero en él no hubo más maldad que en la mayoría del género humano. Fue capaz de amar, a menudo con un amor romántico. Quizá no pueda decirse otro tanto de Sartre y Beauvoir.

Cuando hoy se menciona a Koestler, suele ser en relación con El cero y el infinito, la novela sobre los juicios en el Moscú de los años 30. Las confesiones de los viejos bolcheviques de crímenes atroces que, además, nunca habrían podido cometer fueron un enigma psicológico para el mundo de entonces. Hoy sabemos que Koestler erró en su conjetura básica pero, aun así, El cero y el infinito sigue siendo una de las más grandes novelas políticas del siglo XX. Quienes instigaron los juicios no obtuvieron las confesiones apelando a la férrea disciplina partidaria de los viejos bolcheviques, a su convicción de que el Partido nunca se equivocaba y exigía su sacrificio. Los interrogadores fueron mucho menos sutiles y refinados: arrancaron las confesiones torturando, golpeando y chantajeando a sus víctimas. Con todo, si bien la teoría de Koestler era errónea respecto a aquellos que comparecieron en juicio, en gran medida todavía es válida para muchos otros comunistas que, tanto en la Unión Soviética como en Occidente, continuaron justificando por largos años aquellos juicios fingidos.

Otro libro nuevo, Arthur Koestler: Ein extremes Leben, de Christian Buckard, no es una biografía, en un sentido cabal, ni una evaluación literaria. Se centra en la actitud de Koestler hacia el judaísmo, el sionismo, Palestina e Israel. Es mucho más minucioso que los estudios anteriores sobre su infancia y juventud. Escudriña al chico de Budapest, al estudiante de Viena y, por sobre todo, su vida en Palestina: primero, holgazaneando en Haifa y Tel Aviv, sin un centavo, y luego, en los años 20, trabajando como periodista. Buckard desenterró los artículos de Koestler de esa época. Escritos en diversos idiomas, nos atrapan y a veces nos fascinan. En vano buscaríamos una coherencia ideológica en las opiniones políticas de este joven. Pese a su adhesión a Vladimir Jabotinsky, el talentoso líder sionista de derecha, decidió ingresar en un kibbutz izquierdista de Palestina. Pese a su sionismo ferviente, se interesó muy poco por la tradición, la historia y la cultura judías (lo mismo había ocurrido con Theodor Herzl, el fundador del sionismo político). Su transición al comunismo, a principios de los años 30, tal vez no haya sido una sorpresa absoluta.

Su estadía en el kibbutz duró apenas unas pocas semanas. Era demasiado individualista para encajar allí y, como labrador, era torpe. Le pidieron que se marchara. Pasó el año siguiente incursionando en los oficios más insólitos: buscó publicidad para un nuevo diario en hebreo (idioma que nunca llegó a dominar), fue agrimensor y escribió cuentos de hadas. Padeció hambre y, con frecuencia, durmió en las oficinas de sus amigos, tendido sobre el piso. Luego, le cayó una oferta: escribir para diarios importantes de Alemania y Austria. En un par de años, se convirtió en lo que quería ser: un periodista famoso. Escribía bien y se desvivía por cubrir temas poco frecuentes, ya fuese un monasterio en el desierto de Sinaí o un burdel en Beirut.

Su escaso conocimiento de la política de Medio Oriente no le impidió escribir con aplomo sobre Jordania, Egipto e Irak. Hasta pescó varias primicias. Señaló el fanatismo religioso de los wahabitas y el panarabismo nacionalista, y les predijo un gran futuro basándose en la tendencia generalizada a achacar todos los males de Medio Oriente al colonialismo occidental. Atacó la política de la cúpula sionista, a su juicio demasiado blanda y siempre dispuesta a transar. Pero todavía no se sentía cómodo. Jerusalén lo deprimía y los cafés de Tel Aviv no se parecían ni de lejos a los de Viena y Budapest. Así pues, en 1929, se marchó de Palestina. Sus tempranos éxitos periodísticos le valieron la corresponsalía en París de un importante diario alemán. Poco después, se unió a los comunistas.

Su carrera ulterior está bien documentada. Cierta vez, Auden le aconsejó que abandonara la novela y se dedicara exclusivamente a escribir su autobiografía pero, en cierto modo, casi siempre hizo eso. En una cárcel española, sentenciado a muerte, escribió Un testamento español (titulado, más tarde, Diálogo con la muerte) y, en un campo de refugiados francés, El cero y el infinito.

Su interés por Palestina se reavivó en los años que precedieron la creación del Estado de Israel: la visitó nuevamente en la década del 30 y en 1945-1949, a veces por largos períodos. Pero las viejas incoherencias persistieron. Simpatizó más con los terroristas de los 40 (el Irgún Tzvai Leumí y el Grupo Stern) que con sus viejos amigos del kibbutz, aunque otras veces declaraba que el sionismo era una tontería y que todos los judíos de la Diáspora deberían asimilarse. No bien se fundó el Estado de Israel, se apartó de él. La nueva nación era demasiado provinciana para un intelectual europeo como él. También le criticaba otras cosas, por ejemplo, el "levantinismo" cultural. Pero en 1973, cuando su existencia pareció peligrar, Koestler se inquietó mucho y si no volvió a visitar Israel, bien pudo haber sido por temor al impacto emocional. Era un hombre profundamente emotivo, pese a sus inclinaciones científicas.

Sólo veinte años después retomaría la cuestión del judaísmo en El Imperio Kázaro y su herencia, un libro breve y extraño en el que intentó demostrar que los judíos no eran de origen palestino, sino caucásico: provenían del Imperio Kázaro del siglo X. La obra fue recibida con escepticismo y cierta ira. Recuerdo que en un encuentro casual que tuvimos en la Biblioteca de Londres, Isaiah Berlin me dijo, perturbado, que Koestler se había propuesto irritar a sus correligionarios. Si bien es cierto que su versión de los orígenes del pueblo judío se ha incorporado al arsenal antisemita, ni siquiera ahora estoy seguro de cuáles fueron sus motivos. Lo absurdo de su tesis saltaba a la vista y, de todos modos, ¿qué importancia política tenía?

¿Qué quedará de su obra? Fue despareja, pero esto también se da en grandes escritores. Hasta sus mejores libros tienen sus raíces en una época hoy lejana: la Guerra Civil española, los juicios de Moscú, el Holocausto. Pero tratan cuestiones morales todavía vigentes, como la de los medios y los fines en la política. Según el renombrado crítico contemporáneo Harold Bloom, El cero y el infinito es una obra de su tiempo; probablemente, durará tres generaciones y luego desaparecerá para siempre. Tal vez sea así, pero entretanto Bloom editó un libro con interpretaciones críticas acerca de ella, dentro de una serie que incluye otros volúmenes sobre la Ilíada, Como gustéis y Grandes esperanzas. A Koestler le habría hecho gracia que su libro siguiera molestando a los poscolonialistas sesenta años después de haber sido escrito. En suma, algunas obras suyas todavía suscitan pasiones y esto es más de lo que podemos decir de ciertos clásicos venerables.

Por Walter Laqueur Londres, 2005

© TLS y LA NACION

(Trad.: Zoraida J. Valcárcel)

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