Desafío para la diplomacia
Por Juan Archibaldo Lanús
Para LA NACION
PARIS
El proceso de integración en Europa que se inicia después de la Segunda Guerra Mundial ha sobrellevado numerosas crisis, sólo superadas por una infatigable diplomacia. El rechazo del proyecto de Constitución por el doble No de los referéndum en Francia y Holanda la coloca frente a una nueva y compleja encrucijada.
A más de medio siglo de haber comenzado la más innovadora y original experiencia entre Estados-nación que se conozca, Europa debe reencontrar el camino hacia su futuro, tironeada por visiones contrapuestas entre sus 25 Estados miembros y urgida por una globalización que amenaza su identidad. Fueron cincuenta años de prodigiosas realizaciones, jalonadas por crisis de confianza y ásperas disidencias entre los gobiernos.
La Unión Europea logró establecer un mercado único entre sus miembros, contribuyó a exorcizar viejos fantasmas, como el nacionalismo y el colonialismo, ayudó a implantar la democracia en España, Grecia y Portugal. Hace veinte años, reunir a Europa del Este con Occidente parecía un sueño imposible.
Sin duda, no es la primera vez que una consulta popular demuestra que el pueblo no siempre piensa como los gobiernos, frecuentemente tentados por el conformismo de creer que lo que se repite hasta la insistencia termina siendo una verdad. Casi nadie recuerda el apenas convincente Sí francés y el No danés a Maastrich, en 1992, el rechazo irlandés al Tratado de Niza en 2001 y el no sueco al euro en 2003. En mayo último el No francés a la Constitución europea tiró abajo el castillo de cartas.
Francia y Gran Bretaña, que son por su cultura y por la visión que profesan sus elites dos arquetipos de la historia política, tienen concepciones estratégicas diferentes, tal como se volvió a reiterar en la Cumbre Europea del 15-16 de diciembre último. Estas disidencias recrudecieron durante la guerra de Irak; la política agrícola común vuelve a provocar una discordia dentro y fuera de la Unión Europea y ante los desafíos globales del siglo XXI sus respectivos modelos sociales son objeto de ácidas controversias.
Al asumir la presidencia de la Unión Europea, en junio de 2005, el primer ministro Tony Blair dijo: “El objetivo de nuestro modelo social debería ser reforzar nuestra competitividad y ayudar a la gente a enfrentar la globalización”. Blair planteó la necesidad de “modernizar el modelo social “ que deja “20 millones de desempleados en la calle.”. La India fabrica más “diplomados” que Europa.
El ataque a la Política Agrícola Común (PAC) ha sido la piedra angular de las críticas de Blair con posterioridad al triunfo del No en Francia. Para Blair, la PAC es retrógrada. Para Chirac, al contrario, “la política agrícola es un desafío estratégico para el futuro”. No quiere dejar solo a Estados Unidos con el green power.
Blair ha pedido un “debate fundamental” para restablecer el vínculo con la gente y “reencontrar el ideal europeo”. En su discurso inaugural, pidió invertir en la innovación y la formación, y no subvencionar cada vaca a dos dólares por día. “El dinero europeo para los empleos, no para las vacas.” Recordemos que en el planeta miles de millones de seres humanos viven con dos dólares por día.
En las ásperas discusiones presupuestarias que han tenido lugar en la cumbre de jefes de Estado europeos el 15 y 16 de diciembre se han confrontado dos visiones que la diplomacia logró conciliar: una que propugna la modernización económica y la reducción de los subsidios a la agricultura; otra que pretende mantener estos últimos a pesar de que absorben el 40% del presupuesto de la Unión para una población agrícola en declive.
En materia de defensa, desde que el general De Gaulle asumió la presidencia de Francia y puso en práctica el principio de independencia estratégica, creando la force de frappe, que hizo de este país una potencia atómica, la nación se negó a delegar al gobierno de Washington su defensa en el seno de la OTAN. Mientras Gran Bretaña se mantuvo como aliada privilegiada de Estados Unidos, aceptando su hegemonía, Francia preservó su independencia y seguridad nacional.
La implosión de la sociedad soviética y la desaparición de la confrontación ideológica y estratégica Este-Oeste, despojó a la Alianza Atlántica de gran parte de su significado, a pesar de que para Estados Unidos continúa siendo un instrumento vital para la paz en el mundo.
Si el atentado a las Torres Gemelas y sus repercusiones en la política exterior norteamericana –la enunciación del principio de la “guerra preventiva” y la designación de un “eje del mal”– ahonda las disidencias entre los países europeos, las respuestas a la guerra de Irak los enfrentó en el debate que la crisis suscitó en el Consejo de Seguridad.
Mientras que Francia es el país que más frontalmente se opuso a la versión neoconservadora de la política norteamericana, (en marzo de 2002), Gran Bretaña y los gobiernos de Berlusconi en Italia, Aznar en España, la República Checa, Polonia y Dinamarca adhirieron sin reparos a la intervención militar de la coalición.
Para el entonces canciller Dominique de Villepin no se trataba de dos respuestas al problema que planteaba Irak, sino de “dos visiones del mundo”. Joschka Fischer, ministro de Relaciones Exteriores de Alemania, había afirmado en un célebre discurso en la Universidad de Humboldt que el concepto medular de Europa era el rechazo al principio de equilibrio de poderes y de la “ambición hegemónica de Estados individuales”. La regla del derecho debe reemplazar el juego del poder y la moral; el principio del respeto de la soberanía es la pieza angular del sistema internacional.
Contrariando al grupo que lidera Tony Blair, el presidente Chirac afirmó que una crisis mundial no puede encararse por una nación porque concierne “a la comunidad internacional toda”.
Consolidar los cimientos de la construcción europea que imaginaron Adenauer, Schumann y De Gasperi no será fácil, porque, como ya constataba –no sin cierta amargura– Denis de Rougemont al final de su vida ,“Europa no es más una cuestión de vida o muerte”. “La Europa de hoy ya no provoca ilusión y sueños a la gente”, decía hace unos meses el primer ministro de Luxemburgo, Jean Claude Juncker.
A las disidencias sobre su modelo interior se suman el temor de perder la identidad frente a la globalización y la dificultad de unificar su política exterior, que es condición necesaria para lograr un protagonismo mundial, porque, como dice Umberto Eco, con exagerada ironía, “sin una política exterior común y un plan de defensa militar, Europa va a terminar contando tanto como Guatemala”.
Para el filósofo alemán Jürgen Habermas los objetivos originales de la Unión “han perdido mucho de su vigencia”, mientras que el cardenal Joseph Ratzinger observaba un “morir interno de las fuerzas del espíritu”. Según el entonces futuro papa, Europa debería “buscar su alma” para recuperar lo mejor de su herencia y servir así a toda la humanidad.
Quizás el problema más difícil va a ser conciliar las diferentes visiones estratégicas que, en definitiva, serán determinantes para evaluar si Europa quiere y puede tener un protagonismo mundial. Muchos pueblos esperan que su diplomacia lo logre. Algunos gobiernos usan su poder para impedirlo.
Entre ese ser y no ser, de esa disyuntiva para la voluntad política dependerá, en gran medida, la historia de este siglo XXI que recién empieza. .
El autor es embajador en Francia.