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Miércoles 28 de diciembre de 2005 | Publicado en edición impresa

Opinión

La representación de una imagen poderosa

Por Graciela Peyrú
Para LA NACION

 
 
 

En algún momento de nuestra infancia descubrimos, con asombro, que el mundo no empezó con nuestros propios padres. Comenzamos a entender que ellos, a su vez, habían tenido padres y adivinamos el misterioso mundo de nuestros ancestros. Desde allí en adelante comenzamos a entrelazar relatos, fantasías y datos que recogemos de las más diversas fuentes para construir en nuestra mente la representación de una familia: la familia.

En todas las culturas que habitan nuestro planeta, el proceso de dar sentido a la familia de origen y con ello a todas las familias lleva años de construcción, conduce a la búsqueda de las raíces y al armado de la propia identidad. No es nunca un camino sencillo y directo, ya que la misma familia está a cargo de transmitir su propia imagen y los criadores son los que cuentan a las criaturas más de un relato, encendido de afectos y de distorsiones. Así, con razones rotundas, escenas recicladas y la argamasa de la repetición familiarizada se pasa de una serie de relatos singulares a un relato único y armamos una imagen que será guía y modelo: la familia normal y típica.

Nuevos vínculos

Esa familia, que como vemos en las estadísticas más recientes aparece fundada en el matrimonio (unión de un hombre y una mujer) que crían bien a sus hijos estando casados tiene pocos puntos de contacto con los grupos familiares con los cuales nos codeamos, sufrimos, reímos, amamos y odiamos en la vida cotidiana.

Claro que las nuevas tecnologías y los nuevos vínculos que se despliegan en nuestras sociedades entran en contradicción a cada rato con el mito de la familia universal válida.

Cada año, en la Argentina menos jóvenes parecen creer que tener hijos sea, en sí mismo, tan importante para fundar su familia. El divorcio está siendo más aceptado como una solución adecuada para los conflictos maritales graves y la violencia social como un problema que la familia sola no puede resolver ni enfrentar.

Pero estos cambios en nuestras creencias y nuestras imágenes no ocurrirán en un día ni en una semana. Nuestras ilusiones y nuestros afectos seguirán nutriendo aquellos retratos construidos por nuestros padres y los padres de los padres de nuestros padres, porque ellos deben seguir sosteniendo nuestra pertenencia a la familia más importante, a aquella que transmite el mito junto al cuidado mutuo y la crianza: a la familia humana. .

La autora es psiquiatra y escribió los libros "¿Papá, puedo ver la tele?" (Paidós) y "Violencia social" (Ariel)
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