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Patrimonio urbano: exterior e interior de una de las moles más famosas de la ciudad

El Kavanagh y sus 70 años de historias

Información general

Lo construyeron en sólo 14 meses y fue el más alto de América latina; hoy no tiene portero eléctrico y conserva mayordomo

Parece demasiado lindo para haber sido obra de un ataque de ira. Pero, según cuenta la leyenda, el Kavanagh, el edificio de hormigón que supo ser el rascacielos más alto de América latina y que hoy festeja sus 70 años, tuvo un origen tormentoso, con una historia de amor nunca consumada.

Las malas lenguas dicen que Corina Kavanagh, mujer que pertenecía a una familia adinerada pero no patricia, lo hizo construir para vengar un romance no aceptado entre una de sus hijas y un joven de la familia Anchorena, uno de los apellidos más ilustres de la Argentina.

Contrariada por la oposición de los Anchorena, Corina, algo resentida, quiso ensombrecer una hermosa obra arquitectónica que también hoy deleita a los turistas y transeúntes que pasean por Retiro: la iglesia del Santísimo Sacramento, que los Anchorena habían construido hacia 1920 para utilizarla como sepulcro familiar.

El único pedido que les hizo a los arquitectos Gregorio Sánchez, Ernesto Lagos y Luis María De la Torre fue que el edificio, cuya entrada principal se encuentra en Florida 1065, tapara la basílica. Hoy, para mirar de frente a la iglesia, la única alternativa es pararse en el pasaje Corina Kavanagh, que también pertenece al edificio. Venganza consumada.

En la actualidad, los 105 departamentos, que tienen la particularidad de ser todos distintos y de tener su palier privado, están habitados por personalidades de la cultura, la historia y la política nacional. Muchos de los vecinos pertenecen a opuestas banderas políticas, diferencias que suelen trasladarse a las reuniones de consorcio. Para darse una idea, los departamentos más chicos tienen 140 metros cuadrados.

Entre los habitantes del Kavanagh se encuentran el ex ministro de Economía durante el último gobierno militar José Alfredo Martínez de Hoz; la ex diputada y gremialista Alicia Castro; Roberto Devorik, el hombre fuerte de Polo Ralph Laurent en la Argentina, quien fue visitado en su casa por Madonna cuando vino a filmar a la Argentina, y el periodista y columnista de LA NACION Joaquín Morales Solá.

También residen allí importantes empresarios nacionales, como los Rocca, del Grupo Techint, y de miembros de la familia Perez Companc, y reconocidos arquitectos, como Ignacio Lopatin, director de Planeamiento Interpretativo de la ciudad de Buenos Aires.

El piso 14

Corina Kavanagh se reservó para ella el piso 14, de 700 metros cuadrados. Sólo tuvo que esperar 14 meses para habitarlo, ya que ése fue el tiempo que demoraron los constructores para finalizar el rascacielos, todo un récord para la época. En 1948, Corina le vendió su propiedad al banquero Henry Roberts.

El mismo año de su construcción, que terminó en 1936, el Kavanagh obtuvo el Premio Municipal de Casa Colectiva y de Fachada y, en 1939, recibió similar distinción del American Institute of Architects. Por sus características técnicas, compartió un galardón con la Torre Eiffel, con la Represa de Assuan y con el Canal de Panamá, otorgado por la Sociedad de Ingenieros de los Estados Unidos.

César Pelli, el arquitecto de las torres Petronas de Kuala Lumpur, calificó el Kavanagh como el "único" rascacielos de Buenos Aires, comparándolo sólo con el Chrysler de Nueva York.

Con sus 120 metros de altura máxima (posee cinco alas yuxtapuestas, con un total de 31 pisos) superó los 90 metros del Palacio Barolo, su antecedente en cuanto a mayor porte, y fue el primero que contó con aire acondicionado central.

Hoy, a 70 años de su inauguración, en el edificio trabajan en forma permanente más de veinte personas, entre personal de seguridad, limpieza y mantenimiento. Además, siguiendo una vieja tradición, hay un mayordomo, que tiene la función de coordinar las tareas de los siete encargados del edificio.

Una curiosidad: el Kavanagh no tiene portero eléctrico. Como si se tratara de un hotel, todas las personas ajenas al edificio deben anunciarse en recepción, e inmediatamente se les avisa, vía telefónica, a los copropietarios. Tampoco tiene cocheras. Es que cuando se construyó, en 1936, todavía se estacionaban los carruajes sobre las aceras.

A pesar de la cantidad de personal fijo (ninguno es tercerizado, incluso los de seguridad), las expensas son accesibles: van desde los 550 hasta los 750 pesos, según los metros cuadrados de cada departamento. Es que al ser tantos, los gastos se reparten más, explican vecinos del edificio.

Otra ventaja es que no tienen que pagar impuestos municipales, ya que el edificio fue declarado por la Unesco, en 1999, Patrimonio Mundial de la Arquitectura de la Modernidad. Así que los habitantes están exentos de tasas como el alumbrado, barrido y limpieza.

A cambio, deben comprometerse a hacer todo lo necesario para conservarlo en buen estado, tanto por dentro como por fuera.

Este compromiso es muy estricto: ni bien una persona se muda al edificio, debe firmar un documento en el que da su palabra de conservar el departamento tal como era originalmente. Cualquier modificación interna deberá ser puesta en consideración del consorcio, aunque es muy extraño que la apruebe.

Una anécdota lo ilustra claramente: "Una señora que recién se mudaba no se tomó muy en serio esto y amplió una ventana que daba a un patio interno. El consorcio, que no había sido notificado, le hizo juicio, se lo ganó y la Justicia la obligó a volver la ventana a su estado original", contó uno de los vecinos.

Por fuera, el compromiso de mantener impecable este monumento histórico también se cumple a rajatabla. Desde hace un tiempo un estudio de arquitectura trabaja para blanquear el exterior del Kavanagh. Además, según contó uno de los empleados, hace poco se incorporó una tecnología "antipintadas".

"Como hubo varias manifestaciones contra algunas personas del edificio, todas las paredes de granito se trataron con una película transparente que permite remover la pintura sin dejar rastros. Estábamos esperando que hubiera una pintada para ver si funcionaba. Y efectivamente funciona", dijo el informante, que, como todos los consultados, prefirió mantenerse en el anonimato. .

Por Laura ReinaDe la Redacción de LA NACION
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