
Encantadora comedia sentimental
Por Fernando López | LA NACION
"Las muñecas rusas" ("Les poupées russes", Francia-Gran Bretaña/2005, color; hablada en francés e inglés). Dirección: Cédric Klapisch. Con Romain Duris, Audrey Tautou, Cécile de France, Kelly Reilly, Kevin Bishop, Evguenya Obraztsova, Cristina Brondo. Guión: Cédric Klapisch. Fotografía: Dominique Colin. Música: Loïk Dury y Laurent Levesque. Edición: Francine Sandberg. Presentada por Alfa Films. 125 minutos. Sólo apta para mayores de 16 años.
Nuestra opinión: muy buena
"Piso compartido" celebraba la amistad juvenil en un medio tono agridulce, pero juguetón. En el reencuentro con los mismos personajes que propone "Las muñecas rusas", se impone un cambio: los tiempos estudiantiles han pasado, aquellos esperanzados preparativos para la vida han dejado paso a la vida misma y las experiencias de estos cinco años invitan a reflexionar. Un sutil clima de melancolía acompaña este momento en que hace falta recapitular para "ponerse en orden" y equiparse para ingresar en el mundo adulto: hay que sentar cabeza.
El entorno también ha cambiado. Aquella Europa en construcción en la que todo era novedoso y promovía la fraternidad acompañaba el entusiasmo y los sueños de la pequeña Babel instalada en un piso de Barcelona. Ahora, la inquietud de los treinta los sorprende distribuidos por el continente, asumiendo otras crisis personales, pero ajenos al efecto pos referéndum.
A los tumbos
Xavier -el otro yo de Cédric Klapisch y en este caso protagonista excluyente de la historia- está otra vez en Francia, siempre cerca de Martine (Audrey Tautou), su ex, que aún espera -como él- la llegada del gran amor definitivo, y de Isabelle, la atractiva lesbiana que encara su vida amorosa desde un punto de vista bastante más pragmático. El trabajo insatisfactorio y la inestabilidad afectiva han hecho poco por sacarlo de la confusión: sus días transcurren entre las aventuras pasajeras, la atención de compromisos familiares (incluido un abuelo que no descansará hasta verlo de novio) y el forzoso cumplimiento del deber. Por cierto, cuando en sus días estudiantiles se preparaba para ser escritor no se veía concibiendo novelitas rosas ni series para la TV y mucho menos redactando presuntas autobiografías de modelos, deportistas u otras celebridades de turno.
Quizá ni él ni la mayoría de sus ex compinches estén muy preparados para asumir las responsabilidades y afrontar las elecciones que les salen al paso. Pero también es posible que las peregrinaciones europeas de Xavier (el trabajo y los compromisos amistosos lo llevan a Londres, a San Petersburgo y a Moscú) favorezcan su crecimiento.
Para este personaje que anda un poco a los tumbos y es animado con inteligente mesura por el muy versátil Romain Duris, el tema central es el amor. Y el amor -un amor de proporciones ideales como las de la famosa calle del teatro de San Petersburgo, o como las de Wendy, su vieja conocida inglesa-, ocupa su tiempo, su energía y sus pensamientos. (La referencia a Truffaut -y en especial a las búsquedas románticas de su Antoine Doinel- parece, en este punto, inevitable.)
El momento decisivo del relato ocurrirá en San Petersburgo. William, el viejo amigo inglés del protagonista, se ha enamorado de una bailarina rusa por la cual ha debido superar la barrera idiomática (otra pequeña afirmación de la fe de Klapisch en el futuro de la unión europea) y lo ha invitado a su boda. Allí habrá otros reencuentros. Romanticismo, humor y el sentimiento del tiempo que pasa se combinan en ese momento rico en emociones verdaderas.
El talento narrativo de Klapisch y su fina sensibilidad convierten lo que podría ser otra crónica más de la generación de treintañeros en un relato delicado, divertido y tenuemente melancólico que toma con levedad los asuntos más serios y cautiva por su sinceridad. Los recursos para aligerar el cuento -el montaje a la MTV, los fugaces flashbacks, el comentario en off, los paralelismos, las propuestas alternativas para una misma escena- son los mismos de "Piso compartido" y quizás extiendan la duración algo más de lo necesario, pero la libertad del lenguaje, la afinidad entre director y actores y el tono gentil, homogéneo y bien humorado hacen de la visión de "Las muñecas rusas" una experiencia sin duda placentera. .
