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Morales asume hoy el poder en Bolivia

Se trata del primer presidente indígena

Domingo 22 de enero de 2006
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LA NACION

TIWANAKU.– Dijo en un momento: “La lucha que dejó Che Guevara vamos a cumplirla nosotros”. Dijo en otro momento: “El triunfo del 18 de diciembre no es de Evo Morales, sino de todos los bolivianos, de la democracia como expresión de una revolución democrática y cultural”.

Como correlato de ello, o de la ambigüedad entre la revolución socialista y la democracia liberal, Evo Morales, de 46 años, será desde hoy, después de la ceremonia de asunción en el Congreso, el primer presidente de Bolivia de origen indígena después de más de cinco siglos de la conquista española y de casi dos siglos de vida republicana.

Desde ese momento, Morales habrá dejado atrás un ciclo de crisis recurrentes de las que fue promotor y partícipe como dirigente cocalero y diputado del Movimiento al Socialismo (MAS). En apenas dos años, entre 2003 y 2005, el presidente original, Gonzalo Sánchez de Lozada, huyó a los Estados Unidos; el siguiente, Carlos Mesa, hasta entonces vicepresidente, debió renunciar, y el tercero, Eduardo Rodríguez, presidente de la Corte Suprema, debió administrar una transición dramática con elecciones adelantadas, en las que su sucesor, coronado ayer con los ritos indígenas en las ruinas del templo de sus mayores, arrasó con casi el 54% de los votos.

Hasta ayer, en medio del Altiplano, a 3780 metros sobre el nivel del mar y a 71 kilómetros de La Paz, el pueblo de Tiwanaku, de apenas 6000 habitantes, nunca había vivido algo parecido. Sus tres hospedajes estaban repletos. Y en las calles angostas no había más que tumultos: gente de todas las etnias (36 nacionalidades, como gustan diferenciarse) confluían mezcladas en una suerte de tributo a la esperanza, reflejo de un país de 8,5 millones de habitantes con un 60% de población indígena y un porcentaje aún mayor de pobreza. "Esperamos que este año llegue la felicidad a todos los indígenas", dijo a LA NACION un aymara como Morales, Eusebio Condorí, que había arribado desde el Chaco después de cinco horas de ómnibus.

"Acompaño a un hermano aymara como yo", dijo otro indígena, Carlos Ticuano. Ayer eran todos hermanos. Hasta los mapuches chilenos y argentinos, con banderas de sus países, así como los que arribaron desde México hasta de los confines de la Patagonia.

Morales vistió una túnica ceremonial que no fue usada durante generaciones y, descalzo, recibió los poderes espirituales que, en principio, guiarán su gestión como presidente "de todos los bolivianos", según dijo a la multitud que hacía flamear bajo un cielo encapotado banderas de Bolivia y la wiphala (bandera cuadriculada que representa la resistencia de los pueblos indígenas). A lo alto, sobre la pirámide de Akapana, Morales recibió de los sacerdotes, vestidos con túnicas blancas, el bastón que simboliza el poder indígena. Después, solo, avanzó hacia el templo Kalasasaya. Desde la puerta de piedra saludó con el brazo en alto. Estalló el gentío.

Era el día con el cual había soñado. "Hoy día empieza el nuevo año para los pueblos originarios del mundo -dijo Morales-. Buscamos igualdad, justicia, una nueva era, un nuevo milenio para todos los pueblos del mundo." Y en un discurso de tono conciliador convocó a los industriales, la clase media y los intelectuales a sumarse y prometió desde ese "lugar sagrado" un gobierno "con honestidad, con responsabilidad".

Frente a él no había sólo indígenas. Había un mundo acaso movido por la euforia y la curiosidad. En ese mundo "gobiernan los ricos", dijo, pero "los pobres también tenemos derecho" a gobernar. "Esta lucha no se para, no termina -continuó-.Tenemos la obligación y la tarea de crear conciencia en el mundo entero para que las mayoría nacionales, los pobres del mundo, conduzcan su país para cambiar la situación económica de su país, y desde acá impulsaremos que los pobres también tenemos derecho a gobernarnos, y en Bolivia los pueblos indígenas también tenemos derecho a ser presidentes." Morales, respetuoso de las tradiciones de sus ancestros, recibió los poderes de la cultura de Tiwanacu. Lo acompañó su hermana mayor, Esther, con traje ceremonial: un manto de alpaca rosa intenso, decorado verticalmente con dos bandas que representaban anacondas y cóndores en amarillo y color café. Como último detalle, el chullo (gorro de cuatro puntas, emblemas de las cuatro regiones del país).

Por las calles desfilaban mineros y cocaleros. La mayoría mascaba hoja de coca. Algunos llevaban réplicas de ellas de grandes dimensiones, cual resistencia a los planes de erradicación de los cultivos que promovieron los Estados Unidos por ser la base de la cocaína. En su campaña electoral, Morales prometió preservarla por su valor cultural, medicinal y nutritivo.

Dura realidad por delante

Más allá del fenómeno en sí en el cual se ha convertido Morales hasta por los elogios y críticas que mereció la chompa (sweater) a rayas que usó en su reciente gira por el exterior, el reto será preservar la unidad de los bolivianos, divididos tanto por etnias y regiones como por la brecha entre ricos y pobres.

En la ceremonia de hoy en el Congreso, ante 157 parlamentarios y 11 mandatarios extranjeros (nueve de América latina), Morales será investido con la banda y el bastón de mando, así como con el título de capitán general de las fuerzas armadas. Luego saludará desde el balcón del Palacio Quemado y seguramente será ovacionado. Pero, en vísperas de nombrar un gabinete de 16 ministros y de asistir en Sucre a la jura de los prefectos (gobernadores), elegidos por primera por el voto popular, enfrentará una dura realidad.

La realidad de un país con una aguda crisis económica, con un producto bruto que creció menos que la inflación en 2005 (4% y 4,9%, respectivamente), con un déficit fiscal del 1,6% después de haber sido del 8,5% en 2003, con un desempleo del 12%, con un sueldo promedio de 24 dólares (72 pesos de los nuestros) y una pobreza angustiante, reflejada en El Alto, el cinturón que bordea y jaquea a La Paz. Una realidad que, más allá de las riquezas gasíferas y petrolíferas del subsuelo, no da para cumplir con eslóganes proselitistas de confiscaciones de compañías extranjeras, sino, como dijo después de la gira, con una nacionalización que no espante capitales.

Detrás de él subsiste la duda sobre la injerencia del presidente bolivariano Hugo Chávez y del dictador cubano Fidel Castro, así como sobre la influencia del presidente brasileño Luiz Inacio Lula da Silva, atado a la provisión de gas boliviano. Detrás de él subsiste la duda sobre el tono conciliador que empleó en las últimas semanas con los Estados Unidos. Y subsiste la duda, también, sobre la lucha del Che y la gobernabilidad democrática en medio de presiones internas sobre las cuales, al parecer, poco piadosos y pacientes son hasta los dioses andinos.

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