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Martes 14.10.2008 (actualizado hace 985 días)

Emigración y destierro

Por Fernando Diez
Para LA NACION
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Jueves 2 de febrero de 2006 | Publicado en edición impresa 

¿Se puede salir sin entrar? Esa fue, precisamente, la condición del destierro. Algo quizá todavía posible hace sesenta o setenta años, cuando las fronteras eran imprecisas y existían lejanías llamadas confines. Cuando el mundo era geográficamente más elástico, con áreas poco vinculadas y exploradas. Hoy, el mundo ha empequeñecido por las comunicaciones y por una tecnología que escruta desde el cielo hasta el último rincón de la Tierra.

Un espacio con finitud que ha empezado a percibirse pequeño. Y, cada vez más, las naciones que lo componen contabilizan sus recursos en años que les resta para agotarlos. Con el territorio vuelto escaso, ya no fue más posible salir a esa antigua inmensidad sin entrar en la celosa propiedad de otros.

Ya no es posible el destierro en el sentido de los antiguos: la condena a vagar por ninguna parte. Ahora todo es alguna parte. Pero ¿de quién, del que llegó primero? ¿Del que fue más fuerte? ¿Del que lo es ahora? ¿Existe un derecho a salir, a emigrar? ¿Un derecho como lo ejercieron nuestros abuelos europeos que huyeron del hambre y la persecución? Quizás exista, aunque a los que se les reconoce el derecho de salir, no necesariamente se les reconoce el derecho de entrar.

Pero ¿se puede ejercer el derecho de salir sin tener adónde entrar? Los propios europeos, que otorgaron a sus ciudadanos el derecho de salir un siglo atrás, niegan ahora a otros el derecho de entrar. Melilla, el enclave español en Africa, es sólo la más amarga de las puertas cerradas. Algunos recorren todo el inmenso continente africano, para salir de él entrando en la pequeña Melilla; haciendo del encierro de la pequeña ciudad el afuera al cual se sale, y del inmenso continente el adentro del que se intenta escapar.

Las migraciones que caracterizaron el fin del siglo XIX y la formación de nuestro país ya no son bien vistas. Cuando Monroe proclamó "América para los americanos", rechazaba el dominio de los europeos. Pero no rechazaba la inmigración europea. Las naciones americanas inauguraron una nueva visión del mundo, donde la adhesión fue posible y la inmigración no era un crimen. Por primera vez, no era el pasado lo que unía a los hombres, sino el futuro. Ya no serían una nación porque descendían de la misma sangre, sino porque se reconocían como iguales. En esa visión, hacerse argentino significaba aceptar compartir una declaración de valores y principios de convivencia: la carta fundadora de la Constitución Nacional. Las nociones de igualdad y libertad estaban allí como incondicional promesa para inmigrantes que huían del hambre y las desigualdades.

Estados Unidos planea levantar un muro de miles de kilómetros para evitar la entrada de miles de mexicanos. La característica casi insular de Europa le venía ahorrando ese trabajo, pero en cada vez mayor número de naciones, está clara la disposición a cerrarse. Precisamente las más ricas y avanzadas tecnológicamente. Apenas dieciséis años después de la caída del Muro de Berlín y la de la Cortina de Hierro, que impedían salir del paraíso forzoso del comunismo, ya se están construyendo los muros para impedir la entrada en los paraísos del consumo. Cuando todavía no se puede salir libremente de Cuba, ya no se puede entrar libremente en Estados Unidos.

¿Pero es esto justo? ¿Se puede tener el derecho de salir, sin tener, al mismo tiempo, el derecho de entrar? En el reconocimiento de esta limitación se funda el viejo concepto del refugiado. En su negación, la práctica que manda que los inmigrantes indeseados serán deportados. Pero ¿hacia dónde? ¿Por qué contra su voluntad? ¿No pueden renunciar a la nacionalidad; es ésta obligatoria?

En otras palabras, ¿tienen los Estados nacionales, en su conjunto, derecho absoluto sobre el globo y sobre los hombres? Frente al conjunto de las naciones, ¿no sería suficiente razón ser humano para tener derecho a habitar la Tierra?

La nueva finitud del mundo, estrechado por una población que se triplicó en menos de cien años, abre un nuevo dilema moral. Un mundo que ha sido completamente reclamado por las soberanías nacionales no deja lugar a hombres completamente libres. Los hombres que no acepten la fuerza con la que las naciones se apropiaron del territorio en detrimento de otros ¿deberían acaso vivir en alta mar?

Si el monopolio del territorio que ejercen las soberanías nacionales no fuese absoluto, si tal soberanía tuviese un límite, entonces el derecho a habitar el globo debería primar sobre las obligaciones y los derechos de la nacionalidad. En otras palabras: ¿es más importante la condición nacional que la condición humana? Si la respuesta fuese negativa, otorgar asilo al refugiado o al expatriado no sería una libre concesión de las naciones, sino una obligación, como contrapartida de la soberanía de que son depositarias.

Por audaz que esto parezca, ya estaba en espíritu y en letra en la Constitución argentina de 1853, que acepta a "todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino". ¿Sería posible que esto fuese verdad, no sólo para algunas, sino para todas las naciones? ¿No basta con ser humano para tener derecho a habitar el mundo?

Estas son las preguntas que el siglo XXI nos está formulando y las primeras respuestas no son alentadoras.

El autor es arquitecto, especialista en desarrollo urbano y medio ambiente.

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