Tengo un gato que ha aprendido a abrir puertas. Toda vez que el picaporte es horizontal, sólo tiene que saltar y colgarse con ambas patas de la manija para que su propio peso gire el mecanismo.
No tengo idea de cómo aprendió. Ya sabemos que no fue deducción abstracta. Más bien parece haber observado e imitado un comportamiento humano. Los gatos definitivamente detestan las puertas cerradas.
Sin embargo, una vez que aprendió este procedimiento, no siguió mejorándolo. Por ejemplo, hace poco, dejé una silla justo delante de la puerta, de tal modo que no tuviera que saltar, sólo para ver qué hacía.
Sí, tal como usted se lo imagina, la presencia de la silla canceló su programa simplemente porque le impedía saltar. No se le ocurrió subirse y jalar de la manija. Entre otras cosas porque para él no hay tal concepto como jalar y destrabar pestillos.
Dicho más simple, este industrioso gato mío no entiende cómo funciona una puerta. Sólo sabe que se interpone entre él y el sillón donde le gusta dormir. De algún modo detectó que la clave estaba en esa pequeña pieza de metal allá arriba y, por imitación, ensayo y error, un día consiguió su objetivo. Desde entonces, la puerta dejó de ser un problema para él, lo mismo que sus secretos mecanismos.
No es un caso excepcional, lo sé; muchos gatos y perros aprenden estas y otras piruetas útiles. Lo que me asusta es que se trata de un calco de la forma en que nos proponen aprender a usar la tecnología.
Sé que hay en el mundo digital conceptos y procedimientos realmente complejos. Nada que una persona normal no esté en condiciones de comprender, si se lo propone. Pero no hace falta manejar punteros de C para usar el PowerPoint , ni recordar de memoria la estructura de un paquete de datos para chatear con un pariente. De modo semejante, no es menester comprender el ciclo de Otto para conducir un auto.
Pero nos fuimos al otro extremo y ahora se hace un culto del no saber, del no entender, del no pensar. Hay, aparte de los motivos obvios, razones prácticas para resistirse a esta actitud. Observe.
En las casas viejas, las puertas internas suelen tener pasadores. Ignoro por qué. Mi mascota parece habilidosa, maneja su interfaz gato-puerta a la perfección. Pero basta que corra el pasador para que todo su logro se desmorone.
¿Cuántas veces nos hemos sentido así, gracias a la idea de que es mejor no entender nada de tecnología?
Estamos para más que eso. .
Por Eduardo Dahl